La polémica de los gitanos Jerez, un ejemplo de integración

Gitanería

  • Viaje a los orígenes de la sangre de los Malena, descendientes de muy antiguos rumanos, que viven desde hace cuatro generaciones en la integrada comunidad de gitanos de Jerez

"Los recuerdo envueltos en una bruma. Sería yo un chiquillo con no más de siete años cuando llegaron en un carromato tirado por una mula hablando ese idioma extraño. Acamparon a las afueras de Jerez, en mitad de la nada, y nosotros íbamos a verlos, a ver lo que hacían. No sé por qué aquello nos atraía tanto. Pedían pan por las casas y con ese pan, que era lo que tenían, hacían las sopas de tomate en las cazuelas de lata... creo que les dieron un piso en una barriada, pero ya no sé qué fue de ellos. Hace más de 30 años de aquellos visitantes".

Hablo con Antonio Malena en el bar la Gitanería, situado en el barrio de Santiago de Jerez, quizá uno de los mayores ejemplos de integración de la comunidad gitana de Europa. Es un templo del arte gitano en el que las imágenes, aparte de vírgenes y cristos, son momentos estelares de Terremoto, El Sordera, El Zambo. Antonio lleva indumentaria moderna, calza unas 'converse' verdes y el pelo se recoge con un pañuelo de lunares a modo de diadema, un look juvenil con un punto bohemio. Es un nómada del flamenco. Viaja con la compañía de la bailaora Mar Moreno llevando el espectáculo Jerez puro por Japón, Nueva York, Singapur...

De hecho, esta historia empieza en California. Tras un curso de cante en Los Ángeles, a Malena se le acerca una alumna a la que se le nota en la mirada que tiene mundo. "Soy Eva Ma. ¿Quién eres tú?". "¿Yo? ¿Quién soy yo?". Hablan durante mucho tiempo y nace un proyecto, una película que ahora mismo se encuentra en construcción, Pantalones de chocolate, que evoca terrazas y tendederos. Eva le propone a Malena que reconstruya su historia, que escarbe en su sangre y en su origen. Y el primer recuerdo que se le viene a Antonio, y sigue sin saber por qué, o sí lo sabe, es ese campamento de gitanos rumanos que espiaba en su infancia.

"Desciendo de gitanos rumanos. No es que lo fueran mis abuelos, ni mis bisabuelos. Provengo de una gran comunidad de gitanos rumanos que entraron por Barcelona en el siglo XV". "¿Y eso cómo se sabe?". "La reconstrucción de la historia, el tirar del hilo de mis ancestros; lo dice mi aspecto y mi piel, que no es exactamente como la del gitano de aquí, que no es tan negro; y lo dicen los apellidos Amaya y Cortés que llevaba mi madre y que están muy presentes en Barcelona".

Por tanto, Malena se siente heredero de aquellos nómadas rumanos, en el primer éxodo, que luego se fueron dispersando hacia el sur. "A los gitanos nos han perseguido siempre, pero hay cuatro momentos. El primero es cuando la Isabelita y el Fernandito ordenaron que o los gitanos tomaban casa fija y oficio o su destino sería la expulsión o la esclavitud; la segunda es cuando las Cortes de Castilla ordenan separar a gitanos de gitanas para extinguir la raza; la tercera es cuando el Marqués de la Ensenada monta la gran redada que ordena la detención de todos los gitanos; y la cuarta es cuando, al poco de acabar la guerra, se ordena la vigilancia a los gitanos en la ley de vagos y maleantes, la gandula. Así que Sarkozy no ha inventado nada".

Dice Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología y estudioso del fenómeno gitano de la Universidad de Salamanca, que "la minoría gitana sobrevivió a la orden de expulsión, probablemente, por dos motivos: primero, por su movilidad tardía, que hacía que tuvieran poco que dejar al partir y pudieran asentarse con la misma provisionalidad en cualquier otro lugar; y en segundo lugar por su falta de solidaridad interna más allá del clan y su no identificación con ningún poder extraterritorial, ningún Estado". Es por ello que colocar el gentilicio rumano después de gitano, pueblo originario de Egipto y la India, con genes que desprecian la frontera, sea discutible.

La sangre de los Malena desciende por la península durante los siglos XVII y XVIII y vuelven a aparecer en Ronda en el XIX. Son conocidos como los negros de Ronda. "Eran muy célebres allí. Se dedicaban al trapicheo de mulas y caballos y a comerciar con los cacharros de cobre. El gitano es comerciante, lo sigue siendo, como se ve en los mercadillos que van de pueblo en pueblo. Los negros lo eran, pero más adelante se produce otra escisión. Otro grupo sigue bajando y una parte llega hasta Arcos, de donde era mi abuela, y otra parte continúa camino hasta Lebrija".

Los descendientes de aquellos rumanos parecen encontrar, al final, asiento en su largo viaje, un viaje de siglos. La Malena, madre de Antonio cuyo nombre de pila se extiende por toda su estirpe, lo encuentra en la gañanía, "donde trabajan y duermen juntos gitanos y payos, hombres y mujeres. Era gente unida por la miseria. Cantaban y bailaban juntos, compartían el pan y el arroz. Ahí realmente nace la integración, en los campos. Qué más da la raza". Describe Blasco Ibáñez en su novela La bodega el menú de una gañanía: "La comida se componía de pan. Pan seco en la mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no existiera otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había que añadir ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo los daba por alimentados".

La Malena, gitana guapa donde las haya, conoce en un lugar muy parecido al descrito por Blasco Ibáñez al Morao de Picadueña, gitano de Jerez que pierde sus orígenes en este lugar al que llegaron otra rama de gitanos para instalarse en el exterior de la muralla a esperar trabajo. Justo en ese lugar es donde se encuentra el barrio de Santiago. Justo en ese lugar estamos, ante esa misma muralla en la que los gitanos esperaban un jornal. Gente de extramuros. Entran y salen gitanos del bar, donde sirve Mateo y se anuncian viandas de impresión para el fin de semana, porque nadie hace una berza como la hace una gitana. Es Mateo el que nos ha dicho que "eso del patriarca ya no es como era. Ya no hay patriarcas como la gente los entiende". Y es otro parroquiano el que nos ha dicho que "en Jerez gitano puro puro no hay ninguno". En otra mesa un guitarrista habla de un proyecto en la web. No hay gueto alguno aquí. Por cierto, otro gitano se ha cruzado en la conversación: "Qué, hablando de lo de los rumanos, ¿no? Pues sabes lo que te digo, que si roban, que los echen, me parece muy bien lo del francés".

Prosigue Malena: "Aquí, en Jerez, y en general en Andalucía, el gitano no está mal visto por el gachó, con las salvedades que se quieran, pero el gitano sí que puede ser más desconfiado con el payo. Y es normal. El gitano de aquí alegraba las juergas de los señoritos y es muy contada la historia de El Pantera, el señorito más señorito de Jerez, que tenía un león como mascota allá por los años 50 ó 60. En cierta ocasión, tras una noche entera cantando y bailando, el grupo de gitanos esperaba el pago de El Pantera. Él, con desprecio, cogió algo de comida, se acercó a ellos y dijo 'y esto, para el león'. Se fueron sin nada".

Retrasa el tiempo Malena en este retrato del hambre hasta la Guerra Civil. "Grabé a mis padres, cuando mi madre aún vivía, en una entrevista de una hora. Fue muy emotivo. Contaron la historia de mi tío Curro, al que vinieron a reclutar. Escapó, no quería ir al frente y, en su huida, fue arrollado por un tren en El Cuervo. Muchos otros gitanos fueron a la guerra. No volvió casi ninguno porque eran carne de cañón, los ponían en la vanguardia". Se detiene un momento, da un sorbo a su cerveza sin alcohol y aspira el humo de un cigarrillo ultralight. En esa hora de charla se desgranaron muchas fatiguitas, la casa que fue construyendo su padre ladrillo a ladrillo, sisando algo de cemento del sitio en el que trabajaba, las largas jornadas en el campo. Buscavidas, como no podía ser de otro modo. "Eramos seis hermanos, ya sabes que nosotros siempre somos muchos, y nosotros no éramos de Santiago, vivíamos en un barrio en el que no había un solo gitano. Nos criábamos en la calle y nos cuidaban los vecinos, todos payos. Mis padres estaban en el campo y nos dejaban en el barrio. Los gitanos maduramos pronto, adquirimos responsabilidades de chicos y el mayor es el que tiene que cuidar de sus hermanos. Me acuerdo de mi hermanita con la vela de mocos y el vecino de aquí o de allá limpiándoselo. Por eso no sé nada de racismo. A mí ningún payo en Jerez me ha mirado mal por ser gitano, te lo aseguro".

El pequeño Malena acude a la escuela de la plaza del Mercado, en el barrio de San Mateo, el barrio antiguo, el barrio árabe, el laberinto donde se mezclan antiguas casas señoriales con restos de infravivienda y abandono. Aquí se debería estar construyendo la Ciudad del Flamenco, diseñado por dos premios Pritzker, los suizos Herzgog y De Meuron, todo un monumento al arte gitano, a la contribución gitana a esta ciudad. De momento, es un solar y así parece que seguirá siendo mucho tiempo. El Ayuntamiento, que apenas puede pagar las nóminas, y Europa, que apenas puede conrolar a Sarkozy, lo pensaron para otros tiempos. El barrio, que finalizaba en una alegre calle de prostitución, fue laminado por la droga en los 80 y ahora sigue esperando que alguien lo rescate.

En esa escuela dos maestros de Cáceres, a los que él quiere mucho, enseñan a Malena lo que él no tiene interés por aprender y, sin tener 14 años, falsificando el libro de familia, deja el colegio para trabajar. Caso típico. Aún hoy, en la escuela pública, "cuando se desarrollan cuestiones de educación para extranjeros y emigrantes nos incluyen también a los gitanos", como se afirma en la Asociación Secretariado General Gitano, que sitúa como uno de los grandes problemas de este grupo de población el "alto absentismo y el fracaso escolar", aunque también se afirma que entre ellos ya no tiene la educación esa etiqueta de "desprestigio y apayamiento" que tenía años atrás.

Según sale de la escuela, su padre le manda al quiosquito de la barriada, pero Antonio no está cómodo allí, tiene hambre, pero de mundo. Deja preñada pronto a su novia, hoy su mujer, él con 18 añitos y ella con 16. Se casan, él muy enclenque con un traje que le queda inmenso y ella de celeste, mostrando ya su delatora barriga. Quizá por eso todo se celebró con unas cervecitas en la casa y algo de comida preparada por la madre, sin excesos, "que con eso de las bodas gitanas también hay mucho mito. Ya no es muy normal eso de rasgarse la camisa ni hacer la prueba de virginidad. Eso se hacía antes, y en Lebrija, por ejemplo, yo lo he visto, porque había mucha habladuría y la gente decía esa niña ya está cojía. Cuando salía el pañuelo manchado de sangre el padre lo enseñaba a los asistentes, era la demostración de la pureza de su hija. Se podría decir que esa niña había entregado la virginidad al honor de su familia y la familia se rasgaba la camisa de alegría. Pero esos códigos en una comunidad tan integrada como la de Jerez, donde las niñas gitanas navegan por internet igual que las demás y ven en televisión lo mismo que las demás, son muy relativos".

Antonio Malena, con 43 años, lleva casado ya 25 años, tiene cuatro hijos y dos nietos. Se le cae la baba hablando de ellos y de su hijo más pequeño, el de diez años; los dos siguientes, la de 20 y el de 26, que es compositor, se echaron novios pronto y se casaron, "y el de 29 no tiene una novia, sino cien, y no se casa con ninguna. A él lo que le interesa es su guitarra, progresar, aprender". El hijo mayor de Antonio forma parte de su compañía y, como casi todos los guitarristas flamencos de su generación, bebe de un mestizaje musical por el que escuchan con devoción a sus mayores, los grandes nombres del flamenco surgidos de Santiago, pero también habla con admiración de otro ídolo entre los jóvenes del barrio: Jimi Hendrix. Por aquello de que también se dejaba la vida en la guitarra, alma negra de mártir.

De camino al lugar donde el fotógrafo ha decidido retratar a la familia, el padre de Malena rememora grandes días de Feria en los que él oficiaba de cocinero y está explicando cómo hacía el venado en tomate cuando pega un respingo: señala una estatua ecuestre. "¿Ése es Álvaro Domecq?", dice con sorpresa y no se sabe muy bien si es por el tiempo que hace que no pasa por la avenida principal de la ciudad o porque se ha topado cara a cara con el hombre que en su juventud encarnaba el símbolo del poder en Jerez. El gran poder gachó.

Antonio, que domina el cante, le ha cogido gusto a la cámara. Ha filmado un corto y en él hay una escena de un niño jugando con su abuelo a la pelota. El niño tira la pelota y la pelota rebota, vuelve a tirar la pelota contra la lápida de su abuelo y la pelota rebota. Rebota. Antonio viaja a su pasado, al más lejano de sus pasados, Antonio está en busca de unos gitanos rumanos.

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