Guerreros en la sombra

  • Boinas verdes del XIX Grupo de Operaciones Especiales se entrenan en Andalucía para el rescate de rehenes, el asalto de inmuebles y el combate en un espacio urbano cerrado.

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"No hay a su duro pie, risco vedado/ sueño no ha menester, quejas no quiere/ donde le llevan va, jamás cansado". Los versos de Amós de Escalante reflejan el etos "guerrillero" de las fuerzas de operaciones especiales del Ejército de Tierra, al punto de figurar en su propio imaginario. Pero en este amanecer gélido de la comarca granadina del Marquesado del Zenete, cabe poca poesía. Restos de la nevada persisten aún en calles y arcenes mientras el termómetro marca dos grados bajo cero, a las ocho de la mañana. Una rasca que extermina cualquier lírica.

Los miembros del XIX Grupo de Operaciones Especiales desdeñan el frío. Su único afán radica en preparar al detalle, sus misiones misiones: reconocimiento ubano de exploración, asalto de un edificio para liberar a un rehén y rescate de un informador en peligro, dentro del caserio de una población hostil. Raras veces se asiste al entrenamiento táctico de una fuerza militar de élite. Son tropas bastante retraídas, salvo contadas exhibiciones públicas. Especialmente, porque el 80% de su trabajo se ejecuta de noche. Sólo respaldo del Cuartel General de la Fuerza Terrestre en Sevilla y del Mando de Operaciones Especiales en Alicante, hacen posible que los periodistas de este diario puedan testimoniarlo.

El término "adiestramiento" cobra un significado especial entre estas fuerzas. Supone el máximo desarrollo de eficacia en interacciones extremas de combate, una teoría del todobélica. Incluso en 1997, un integrante del GOE XIX fallecería durante el transcurso de uno, en Grazalema (Cádiz). Son fuerzas que entrenan sin reserva, a rendimiento pleno. Sus misiones implican alto riesgo y ellos lo saben. Su calendario para hoy implica cometidos complejos: las Operaciones Militares de Combate en Espacio Cerrado y Entorno Urbano; (CQB-MOUT, en jerga OTAN).

Durante una hora larga, los "boinas verdes" revisan concienzudamente métodos operativos y memorizan las características de cada desafío: datos de inteligencia, topografía viaria, acciones de respuesta a contingencias…) Nada de tiros y bombazos cinematográficos desde el momento uno. Nunca sucede así. El éxito de una fuerza de operaciones especiales en la gran mayoría de misiones, estriba en infiltrarse, ejecutar el cometido y retirarse sin ser detectados, ni intercambiar un sólo tiro.

Por lo que pueda acaecer, los quince hombres del Equipo de Movilidad en Vehículos, bajo mando del teniente P, repasan procedimientos de ruptura del contacto. Dicho a la llana: cómo hurtarse al fuego enemigo, deprisita y con el menor número de disparos posibles. Algo bastante complejo, pues existen varias formas de "romper" (hilera, cascada, a guante vuelto...).

En otro escenario distante, trece hombres del Equipo de Especialidad Acuática, mandados por el teniente A, preparan el asalto a un inmueble, con irrupción simultanea desde varios puntos.

Silenciar la filiación de los miembros del GOE XIX no es capricho. Sus nombres están oficialmente clasificados de confidenciales, dada la naturaleza de sus misiones. [Si se los revelara, tendría que matarle]. Por suerte, sus atuendos de combate alteran tanto la fisonomía de estos hombres que es imposible identificarles y pueden ser fotografiados. El Equipo de Movilidad inicia su reconocimiento en una calle perimetral del poblado, deslizandose junto a las fachadas de una hilera de casas, a su izquierda. A su diestra, una carretera de grava, más allá de la cual se alza un apeadero ferroviario.

En tres escuadras de a cinco hombres, progresan guardando varios metros de distancia entre cada una. De repente, un francotirador hace fuego sobre ellos, más allá de la vía férrea. La emboscada genera una respuesta bien entrenada. Pero el paco es fino y atina bien. [En realidad, se trata del cabo B, a quien sus colegas creen en la base logística y al que se ha encomendado secretamente este avieso papel]. El quitento a retaguardia se guarece de los disparos tras del terraplen ferroviario. Los otros dos se repliegan por la acera opuesta. Hay un herido y el paramédico debe atenderlo. Eso implica hacerse fuertes en las casas.

El teniente P. manda abrir fuego de cobertura contra el tirador rival. Eso permite a la escuadra junto a la vía, avanzar para cercarlo. Una tarea árdua. El francotirador cambia rápido de casa, de ventana y de altura. Al fin, el contratirador de la unidad (cuyo HK G36C, dispone de bípode de apoyo, mira telescópica y modulo de puntería láser), logra descubrirlo y envía hacia su posición tres balas marcadoras FX [proyectiles cuyo impacto deja una señal tintada]. Sus compañeros en las casas concentran el fuego en ese punto, mientras los otros cuatro de su escuadra envuelven la posición del enemigo, capturándolo.

Cae la tarde y el Equipo de Movilidad cambia de misión: deben extraer a un informante de una zona bajo amenaza. Su vehículo Uro-Vamtac artillado recorre las calles del pueblo, para recoger a ese espía. Al doblar una esquina, un lanzacohetes caza al todoterreno en su parte trasera. Se trata de un simulador que dispara un artificio pirotécnico, acompañado de una estruendosa granada aturdidora. El Uro lleva un blindaje medio; el impacto no lo destroza pero sí lo inmoviliza.

Su dotación salta a tierra y repela la agresión. Entonces, las cosas se complican. Un Mercedes Vito surge a toda velocidad al extremo opuesto dela calle desierta y un comando de tiradores baja disparando a granel. Como atacantes y atacados son todos curtidos boinas verdes, durante media hora se sucede un duro enfrentamiento, antes que los del Equipo de Movilidad envuelvan y neutralicen a sus atacantes, utilizando granadas de mano y bombas de humo para cubrirse.

La noche empieza a caer cuando las tres escuadras del Equipo Acuático ganan las calles, al otro extremo del pueblo, desde campo abierto. Uno de esos grupos acarrea una pértiga con un gancho en su extremo, del cual pende una escala de cordura. Con total sigilo, logran afianzarla sobre la barandilla de una terraza a unos cuatro metrosde altura y ese grupo escala en silencio. Mientras, sus compañeros avanzan silenciosos hacia la la fachada delantera.

Una orden convenida y el binomio de apertura abate la puerta de entrada. Usan una escopeta táctica, cargada con cartuchos polvo de aluminio y munición frangible, amén una almádena de asalto. Luego, las escuadras irrumpen, coordinadas, mientras las miras laser de los fusiles barren el suelo,para detectar disparadores de trampas explosivas. Quince minutos más tarde, el Equipo se retira. Llevan consigo al rehén liberado y dejan atrás seis adversarios muertos.

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