Desde Honduras con amor

El día de noviembre de 2001 en el que Antonio Porta, albañil, se coloca el casco en el antebrazo en vez de en la cabeza y arranca su motillo en la carretera que une Chipiona con Jerez el millonario empresario Roberto Micheletti y el acaudalado Manuel Zelaya empiezan a pensar que quizá no sea tan malo que el candidato que apoyaban, Rafael Pineda, del Partido Liberal, hubiera perdido las elecciones ante Roberto Maduro, del Partido Nacional. Maduro tiene que gestionar la tercera economía más pobre de América, la de Honduras, golpeada sólo tres años antes por el huracán Mitch. Es posible que Antonio Porta viera en las sucursales bancarias peticiones de ayuda para los damnificados del Mitch, pero es seguro que Porta no podía situar geográficamente el lugar destrozado.

Los momentos decisivos en la vida son hijos del destino y su capricho. Un hombre está en la cuneta de la carretera entre Chipiona y Jerez en 2001 con el coche detenido. Sale a ver lo que le ha pasado al vehículo, abre la puerta delantera. En ese momento, Porta pasa a su lado, el conductor gira la cabeza y ve al oficial de albañilería haciendo un triple mortal sobre el asfalto y la puerta delantera del coche desarmarse. Porta acaba de dejarse una parte de su masa cerebral y de su entendimiento en el camino.

Durante el tiempo que Porta es alimentado por su madre como si fuera un bebé, Maduro se estrella con la economía y con su ley antipandillas, Zelaya maniobra, abraza a Hugo Chávez y su alianza bolivariana y deja en la cuneta a Micheletti. Porta regresa meses después de la noche de su cabeza con una minusvalía psíquica reconocida y sigue sin saber quiénes son Maduro, Zelaya, ni Micheletti. La historia de Porta es lo más parecido a la del Chaplin de Tiempos modernos, el que agita una bandera roja de peligro que se le ha caído a un camión y es detenido como líder sindical. Se lo creerán o no, pero el hombre de 41 años con las facultades mentales mermadas que arrastra un colchón por los pasillos del penal Tamara de Tegucigalpa, donde se apiñan centenares de presos sin celda, es Antonio Porta. Es un privilegiado, tiene el colchón que le ha traído la cónsul de España. Los demás duermen en cartones.

Porta forma parte de la legión de hombres solitarios que buscan compañía en la red. Miles de españoles vuelan cada año por el mundo para conocer a su pareja, la mujer de su vida, y traerla a casa. Lo hacen, como Antonio, con un anillo de boda en el bolsillo. María Antolina, su chica cibernética, es de las mujeres que buscan un hombre para huir al primer mundo. Se conocieron hace un año por internet. Antonio Porta lo cuenta desde la cárcel, donde no parecen muy estrictas las medidas de incomunicación. Habla a través del celular del padre Peter Rivera, español, encarcelado por una injusticia, según él, y que se ha convertido en su portavoz en la prisión. Todo el mundo usa su celular a cambio de que le recarguen el saldo. Todo eso se hace en esa cárcel donde dan de comer de vez en cuando frijoles y arroz. Antonio, al otro lado: "Volveré a España con Antolina en cuanto me saquen. Ella me ha dicho que sí".

Lo que no se sabe es cuándo saldrá Porta. Ha sido condenado por vulnerar el toque de queda y lanzar una piedra contra el cristal de un coche policial. Su versión es que pasaba por allí con todo el cortejo familiar de Antolina en una expedición a la busca de comida cuando los seguidores de Zelaya protestaban contra las medidas de Micheletti, que empezó a darse cuenta hace unas semanas, casi dos meses después de haber depuesto al presidente, de que había dado un golpe de estado. A Porta le pueden caer de diez a veinte años porque en el juicio de esta comedia bufa que es hoy Honduras se le consideró uno de los líderes de la revuelta. Antonio, desde la cárcel, asume que está viviendo la gran aventura de su vida, un protagonismo insospechado: "Soy respetado porque los presos creen que soy un héroe de la resistencia". Está acompañado de su improvisado cuñado, Reynaldo, considerado culpable, al igual que él, de los disturbios del pasado 22 de septiembre ante el palacio presidencial. Su abogado, Marco Tulio Amaya, asegura que el relato policial es contradictorio, que Antonio es un cabeza de turco. Pero hablar de verdades y mentiras en Honduras no ya ahora, sino en toda su historia reciente, es como escupir hacia arriba. Tulio, miembro del frente de letrados contra el golpe de estado, confía en un bonito final.

Para Antonio, cuya vida en Chipiona se reducía prácticamente a la habitación del ordenador, este absurdo parece despertarle del letargo en el que se abandonó cuando volaba sobre la portezuela del coche en 2001. Su madre Josefa no entiende nada: "Pero si mi hijo no sabe nada de política". En las comunicaciones que han tenido con él, Antonio siempre ha defendido su inocencia... sobre un hecho como tirar una piedra en Tegucigalpa. "Nosotros le creemos", dicen sus hermanas.

Es imposible no creerle. Cuando Antonio compró en junio los billetes para su viaje de amor a Honduras seguía sin saber quién era Zelaya, quién Micheletti y por dónde pasó el huracán Mitch. Su capacidad de agitación consistía en montar fiestas en casa de su madre con sus sobrinas, en hacer chapus por el pueblo, llevar a los niños de la familia un Kinder los domingos y hablar de la novia que se había echado por internet. Antonio quería desesperadamente una novia, desesperadamente compañía. ¿Zelaya, Micheletti?

La diplomacia española, muy crítica con el golpe de mano de Micheletti, ha hecho lo posible con Antonio Porta, le han dicho que le van a sacar de la cárcel y que, en cuanto lo hagan, que se vaya pitando para España. Antonio dice que se irá, pero si se va con él Antolina. Antolina espera a su hombre y el momento de su huida, huir de los zelayas, los michelettis y los huracanes Mitch. Antolina espera al príncipe azul que llegó a ella desde una voltereta triple en la carretera de Chipiona a Jerez.

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