Kichi y la patología de izquierdas

  • Las tres primeras semanas del referente municipal de Podemos en Andalucía desconciertan a oposición, técnicos y trabajadores del Ayuntamiento de Cádiz.

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José Mujica, ex presidente de Uruguay, parafraseó a Lenin y dijo en una entrevista con Jordi Évole que "la patología de la izquierda es el infantilismo". Mujica es un ídolo de la izquierda porque es un hombre sencillo, vive en una cabaña. En su juventud militó en una guerrilla urbana y pasó años en la cárcel por ello. Y como es un hombre sencillo habla sencillo. Incluso a veces no piensa lo que dice y otras veces lo que dice es precioso: "Venimos al mundo para ser felices". Pero Mujica es un hombre realista, tan realista como para poner de vicepresidente al ex ministro de Economía de su rival en las elecciones, Danilo Astori. La economía de Uruguay creció con recetas nada revolucionarias que fomentaban la inversión y el consumo. Mujica puede ser cualquier cosa, menos infantil.

Mujica es un referente político de Podemos y del alcalde de Cádiz, José María González, Kichi. Podríamos hablar de Kichi, el apodo con el que ya toda España le conoce, como un Mujica en pequeñito cuando dice que el salón de la Alcaldía de Cádiz es más grande que su casa, que es una modesta vivienda en el barrio de La Viña. Quizá habría que analizar si, al contrario que en Mujica, en él se da la patología de la izquierda.

Él mismo confiesa el vértigo de los primeros días como alcalde cuando afirma que, caída la noche, se asomaba cada dos por tres al balcón de su casa y no se dormía tranquilo hasta que no pasaba el camión de la basura. Respiraba y se maravillaba de que la ciudad funcionaba sola, aunque la primera semana de mandato un barrio entero, La Laguna, sufrió un apagón nocturno y la gente gritaba por los balcones: "¡¡¡Kichi, encieeende!!!".

De los balbuceantes pasos como el principal referente municipal de Podemos en Andalucía quedan anécdotas muy difundidas en la prensa nacional como la retirada de una bandera española que no la retiró el alcalde, sino el levante, o el cambio de lugar de un cuadro del rey emérito para poner en su sitio estelar el retrato del alcalde cantonalista de la I República, Fermín Salvochea. Los otros fueron gestos propagandísticos, como decir que habían quitado la propaganda del PP de las pantallas led de la ciudad usando las pantallas led; recibir a Pablo Iglesias como si fuera una especie de jefe de Estado y dar un mitin sofocante a las cuatro de la tarde en las puertas del Ayuntamiento; o un extraño intento de detener un desahucio por parte de todo el grupo municipal de la formación que acabó, de igual manera, en desahucio ante la estupefacción de los trabajadores municipales de los servicios sociales, que ya conocían el caso y sabían qué hacer con él. Los propios desahuciados dijeron al día siguiente que a ellos no les gustaban los espectáculos.

Frente a la imagen que se quería dar de un alcalde radical por determinados medios, en las distancias cortas José María González, de 39 años, ex catequista, comparsista y trotskista, se muestra como un hombre afable, educado y moderado. Un ejemplo de esa moderación se dio cuando en una efusividad asamblearia, a la queKichi no asistió por su habitual conciliación familiar, se habló de parar las obras de un parking para darle el dinero a comedores infantiles. El alcalde tuvo que reconocer que gobernar a golpe de asambleas no era su objetivo y que el parking no se pararía.

Habló de sus primeras medidas y un nuevo organigrama en el que la delegación estrella sería Servicios Sociales, lo que se puede entender en una ciudad con los niveles de pobreza denunciados por Cáritas. Urbanismo, que es donde se juega el modelo de ciudad, pasaba a ser casi una maría y se la entregaba a sus socios minoritarios, Ganar Cádiz, que es donde se engloba Izquierda Unida. Se creaba una concejalía específica para ver qué se hacía con la deuda municipal, que asciende a 250 millones, y se hablaba de un plan de empleo del que no se conocen ni siquiera sus líneas maestras más allá de una apuesta, que parece bastante etérea, sobre las energías renovables.

Todo esto lo veían los 700 trabajadores municipales con expectación. Tres semanas después esa expectación es desconcierto. Futuros asesores que no tienen todavía contrato entran en delegaciones pidiendo toneladas de documentación; en otras delegaciones no entra nadie y los técnicos están de brazos cruzados y apenas si conocen al concejal; otros se quejan de que la amabilidad inicial ha dado paso a un trato rudo... Y hay técnicos que se asustan de la inacción, de la falta de ejecución de ayudas europeas que pueden perderse porque nadie dice qué hacer con ellas. En otras empresas municipales, como Cádiz Conecta, que controlaba todo el aparato propagandístico de la anterior alcaldesa, Teófila Martínez, además de cientos de cosas más, los directivos se enrocan y niegan la documentación en un tira y afloja que el alcalde no puede desanudar mientras no consiga los apoyos para dar una nueva estructura al Ayuntamiento.

"Es que yo creo que en estos años no han leído ni los periódicos. Su desconocimiento acerca del funcionamiento de un Ayuntamiento es absoluto y en asuntos de contratación creen que pueden hacer cosas que son manifiestamente irregulares", dice un técnico. Se pregunte a quien se pregunte en el Ayuntamiento y todos sus tentáculos, tejidos durante veinte años por la alcaldesa popular, se habla de caos. Incluso lo hacen quienes son firmes defensores del cambio, que se alegraron de que llegara aire fresco a un Ayuntamiento cuyo ambiente estaba enrarecido por tantos años de gestión monocolor: "Es que parece que no saben lo que se traen entre manos", dice un cargo intermedio que reconoce que les votó.

La falta de química entre los técnicos y los nuevos regidores se queda pequeña si de lo que hablamos es de la abierta antipatía que siente por el alcalde la persona que decidió que fuera alcalde, el portavoz del PSOE, Fran González. A la hora de plantear un pleno básico como es aquél en el que se crea la estructura de gobierno municipal, incluidos asesores y sueldos, el hombre que le dio la Alcaldía esperaba algo de información y coordinación. La respuesta que recibió el alcalde a su llamada fue que tenía trabajo y que ya se verían.

Por entonces el acalde ya tenía sus propios problemas con las retribuciones a sus propios concejales, ya que él se había fijado el sueldo de profesor (1.800 y pico euros) como referente, que, además, cobraría a través de Diputación, donde ha decidido ser diputado provincial para arreglar algunos problemas de la ciudad que, por cierto, no dependen de Diputación, como el obsoleto centro de salud de su barrio, El Olivillo. Pero hay gente de su equipo, como David Navarro, responsable de las cuentas, que ganaba más de funcionario municipal y no estaba dispuesto a llevar menos dinero a casa. Al final, siempre se acaba hablando de dinero. Mientras el alcalde intentaba cuadrar estos desajustes, el resto de la oposición también quería saber qué había de lo suyo. Fue entonces cuando el alcalde sufrió la patología de la izquierda y dijo que todas esas cosas -básicamente dinero- se debatirían a cuerpo, en el pleno, nada de despachos. El pleno duró nueve minutos y el hombre que le aupó a la Alcaldía fue el primero en levantar la mano para decir no. Socialistas y populares, la 'casta', en el lenguaje de Podemos, no paran de recordarle al alcalde que no gobierna con mayoría absoluta, que su capa no es un sayo. Es el primer aviso de lo que le espera si quiere imponer una nueva política que en el PSOE y PP entienden que es como si uno salta a una cancha a jugar al fútbol y el rival se pone a jugar al balonmano.

En los últimos días, en los whatsapps de grupo de algunos trabajadores municipales se está comentando mucho un incidente ocurrido en los primeros días de julio. En pleno forcejeo entre Grecia y Alemania por el problema de la deuda, el cónsul alemán se presentó en el Ayuntamiento para una cita con la Alcaldía que tenía fijada en los tiempos de Teófila Martínez. El motivo de la cita: traer a Cádiz el buque escuela de la Armada alemana. Estuvo esperando hora y media en la antesala hasta que le pidió a la secretaria que le recordara al alcalde su presencia. La puerta se quedó entreabierta y el cónsul, cuentan, escuchó en el interior una frase que le hizo marcharse por donde había venido. Las versiones difieren según las fuentes consultadas, pero en todas ellas se incluye la palabra nazi y Merkel. Quizá su referente Mujica se hubiera sorprendido con semejante metedura de pata diplomática, pero ni él hubiera caído en ella. Porque de lo que se habla en el Ayuntamiento es de que la diplomacia no es el fuerte de Kichi y su gente.

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