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Málaga, el espíritu de una urbe preñada de futuro

  • La ciudad ha conseguido por su cuenta lo que se propuso con su candidatura a la Capitalidad Cultural de Europa, de la que fue apeada: una metamorfosis radical.

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UNA señora de permanente altiva, adidas calzadas para largas caminatas y cámara fotográfica al cuello se detiene junto a dos graffiteros que reproducen algunas obras del Museo Carmen Thyssen en un panel instalado frente al mismo. Toma a su marido del hombro, y le dice en catalán: "Josep, si llego a saber que Málaga iba a tener tanta actividad cultural, te habría dicho que viniéramos mucho antes". Sin embargo, para ser justos, si la pareja hubiese venido mucho antes habría encontrado un panorama bien distinto. Málaga ha cambiado mucho en relativamente poco tiempo, y para bien. Y lo ha hecho, esencialmente, a través de la cultura. La inauguración del Museo Picasso y el Centro de Arte Contemporáneo hace poco más de diez años tuvo mucho de revelación decisiva: la ciudad, lastrada por su débil tejido industrial, su incapacidad de buscar alternativas a medios de producción más que agotados y, sobre todo, su manifiesta dificultad para reinventarse, comprendió que ahí estaba la clave. El paso inmediato fue la candidatura a la Capitalidad Cultural de Europa en 2016: Málaga fue apeada a la primera de cambio, pero ya había quedado claro que la metamorfosis sería de esta manera o no sería. El tiempo ha dado la razón a aquel envite; la metamorfosis se da, se está dando, sin capitalidades culturales pero con episodios esenciales: este marzo se inaugurarán los dos equipamientos más importantes en materia cultural promovidos por el Ayuntamiento en muchos años, la primera sede fuera de Francia del Centro Pompidou y la primera sede fuera de Rusia del Museo de Arte Ruso de San Petersburgo. Ambos museos franquiciados, de carácter transitorio (especialmente el Pompidou, cuya esperanza de vida se limita a cinco años, hipotéticamente prorrogable a otros cinco; el acuerdo con el Museo Ruso es por diez años) y lo suficientemente caros como para pensárselo dos veces (los dos equipamientos costarán a los malagueños más de ocho millones de euros, sólo en el primer año), pero definitivos para que esa metamorfosis quede señalada en el mapa. Además, la ciudad aguarda la apertura de su museo, el Museo de Málaga, que custodiará a su vez dos, el de Bellas Artes y el Arqueológico, en el Palacio de la Aduana (junto al Teatro Romano, la Alcazaba y a un paso del Museo Picasso) en virtud de una reclamación histórica. Si nada se tuerce, una vez culminada la ejecución museográfica por parte del Gobierno y transferida la gestión a la Junta de Andalucía, el legado podrá verse antes de fin de año.

La apuesta, en consecuencia, va recabando frutos. En la presentación del Centro Pompidou en ARCO, el pasado miércoles en Madrid, el alcalde, Francisco de la Torre, apuntó que la afluencia turística ha crecido en los últimos años un 127%. Recientemente, la capital llegó a superar en sus registros a la próxima Torremolinos, con lo que quedaron de una vez espantados los complejos arrastrados desde que la gran meca del turismo desde los años 50 se escindiera en 1988; y lo cierto es que buena parte de aquel espíritu multicultural, creativo, libre y chic que hizo de Torremolinos destino fetén para buena parte de la crème de la crème mundial se ha ido trasladando, poco a poco, a una Málaga que ha logrado ofrecer argumentos de peso para que aquí haya algo más que buen que clima. El pasado enero, el Observatorio de la Cultura que financia la Fundación Contemporánea situó en su informe a Málaga como la cuarta ciudad más pujante de España en cuanto a calidad cultural, sólo superada por Madrid, Barcelona y Bilbao (conviene, eso sí, tomar estos rankings con bastante escrúpulo, ya que estas fundaciones suelen premiar a las plazas que programan sus actividades). Centros culturales de uso diverso como La Térmica, otros museos como el citado Carmen Thyssen o el recientemente inaugurado Centro de Arte de la Tauromaquia (además de algunos consagrados a pintores malagueños) y una red cada vez más amplia de espacios independientes para el disfrute de las artes plásticas y escénicas, la música y la literatura, han rubricado, también en el último lustro, que el cambio acontecido va para largo.

Conviene apuntar, no obstante, que la proyección de Málaga como verdadera capital cultural en el último lustro se debe no sólo al trabajo hecho: también a la evidencia de que el contexto ha respondido de forma favorable. La mayor virtud de la ciudad ha sido la de saber situarse cuando ciertas instituciones culturales de altísimo prestigio en todo el mundo buscaban enclaves para su expansión, así que el eco internacional de un proyecto como el Pompidou, por más que el modelo neocolonial en lo que a museos se refiere empiece a sembrar dudas, ha sido el deseado. De puertas adentro, sin embargo, el malagueño que habitualmente consume cultura más allá de la contemplación puede tener una perspectiva bien distinta: en el mismo plazo, la ciudad ha perdido citas tan señeras como su Festival de Música Antigua y su Ciclo de Música Contemporánea (que contaba ya más de veinte ediciones), su Festival de Teatro ha dejado de ser internacional, galerías de arte tan emblemáticas como la de Alfredo Viñas han cerrado sus puertas y el presupuesto municipal para su Festival de Cine Español se ha reducido a la mitad, sin que la Junta de Andalucía se diese por aludida respecto a las peticiones de colaboración y con la misma (y discreta) partida del Ministerio de Cultura (la eficacia en la gestión, eso sí, ha impedido que esta pérdida de apoyos sea tan dolorosamente visible como prometía). El proyecto para la construcción de un auditorio necesario (si algo hay que lamentar en la vida cultural de Málaga es su pobre temporada lírica) se paralizó por falta de financiación, y el talento que todavía decide tomar las de Villadiego a buscar fortuna en otra parte es mucho. Así que no todo el pescado está vendido para Málaga. Ni mucho menos.

Lo mejor de lo sucedido estos años es la consignación de un plan para el futuro. Málaga dispone de una línea por la que crecer con ciertas garantías. Cabe pensar que lo mejor está por venir.

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