Pascual, el conciliador

  • La Universidad de Almería concede el doctorado honoris causa al ex consejero de Educación, que hoy es el rostro institucional de Endesa en Andalucía.

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Cuando la consejera de Hacienda, María Jesús Montero, se encuentra con Antonio Pascual, su saludo casi siempre suele ser el mismo: "Señor consejero,...". Hace muchos años que él salió del Gobierno andaluz, pero ambos se conocieron durante las revueltas estudiantiles de los años ochenta, aquel fervor que salió de las aulas y se dio de bruces una tarde en el asfalto de la Gran Vía de Madrid cuando el Cojo Manteca destrozó una cabina con su muleta. Por aquel entonces, y de ello hace mucho tiempo, María Jesús Montero era una de las líderes estudiantiles y Antonio Pascual era, en efecto, el consejero de Educación de la Junta. De aquellas reuniones, de las que recuerda a Montero, Pascual guarda un buen recuerdo. Aun en esos momentos, que llegaron a ser muy tensos, era posible el entendimiento. Ésa parece ser, desde luego, la vocación de Antonio Pascual, un hombre que se mueve mejor en la concertación que en la confrontación.

Y si no, vean: militante socialista, católico practicante, ex consejero de Educación y de Industria, miembro de la junta directiva de la Confederación de Empresarios, presidente de la Fundación Sevillana Endesa y fundador de la Academia de Ciencias Sociales y del Medio Ambiente. Le falta un cargo: el de alcalde de Sevilla, una carrera en la que viejos dirigentes socialistas estuvieron empeñados durante muchos años, aunque él se resistió hasta que le apartaron de ese cáliz. Es un conciliador nato, lo mismo tiende puentes entre la Junta y la Confederación de Empresarios que entre la Universidad y las empresas. Para sus detractores, que los tiene a pesar de sus dotes conciliadoras, Pascual, sin embargo, es el hombre de la patronal en la Junta, alguien que no puede vivir sin la nata del poder, por la que nadaría -eso sí- sin mojarse la ropa.

Hijo de un químico granadino que se asentó en Jaén, Pascual nació en esta ciudad en 1951, justo el mismo día que su hermano; gemelo por supuesto. Aunque ejerció la química en la empresa -Grasas y Glicerinas-, su padre también fue profesor de universidad. Cuentan que de ahí procede la vocación. Ahora, su hijo Antonio, recibirá el doctorado honoris causa de la Universidad de Almería.

Pascual forma parte de la historia de la Junta. Aunque en sus tiempos de estudiante en la Universidad de Granada, donde se licenció en Matemáticas y Estadística, llegó a militar en la Organización Revolucionaria de Trabajadores, el que ya fuera catedrático en el año 1981 entró en la Junta en 1983 como responsable de universidades. Presidía entonces Rafael Escuredo, y es que Pascual ha estado con tres presidentes: el citado, Rodríguez de la Borbolla y Manuel Chaves, con quien guarda una buena amistad. Su llegada a Educación en 1986 lo puso al frente de una de las operaciones más ambiciosas de la autonomía andaluza: la extensión de la educación a toda la población.

Educación fue un tiempo de mieles para Pascual, duro por el reto, pero reconfortante. En 1986, un 17% de la población andaluza era analfabeta, había niños sin escolarizar y la tasa de los que acababan el Bachillerato sólo llegaba al 40%. Las aulas de educación de adultos para paliar el analfabetismo fueron uno de sus grandes éxitos, los mayores regresaron, o entraron por primera vez, al colegio, y la Unesco premió la iniciativa. La universidad andaluza amplió el número de sus titulaciones, aunque también fue el principio de la inflación que luego sufriría esta institución, con licenciaturas repetidas en casi todas las provincias, consecuencia de la mala entendida competencia que mantienen los territorios en Andalucía. Todas las provincias querían tener, por ejemplo, una facultad de medicina; y de hecho, hoy, a excepción de Huelva, las tienen.

Pero eso fue en otra época. En 1994, Manuel Chaves envió a Antonio Pascual a un lugar muy complicado: la Consejería de Industria. El tejido productivo andaluz, el de las grandes empresas de siempre, se deshilachó. Fue en 1995 cuando Antonio Pascual dejó el Gobierno, agotado física y psicológicamente. A partir de ese momento, se recompuso. A lo largo de su vida, lo ha hecho varias veces. A finales de los ochenta perdió a una de sus hijas en un accidente de tráfico. Lo superó, como se superan esos trances indelebles, y aún tuvo un hijo más con su esposa, Teresa García, vicerrectora de Relaciones Institucionales de la Universidad de Sevilla.

Volvió a las clases, renovó el Centro Andaluz de Prospectivas e inicio su larga amistad con los empresarios de la confederación andaluza, en especial, con el desaparecido Rafael Álvarez Colunga y con Santiago Herrero, su actual presidente. Ahora, también representa en Endesa en Andalucía. No sólo es el presidente de la Fundación Sevillana Endesa, sino que lidera el consejo territorial de la compañía, lo que en la práctica le convierten en la cara de la empresa en Andalucía. Pascual no se apartó de la política. Su último descubrimiento fue Susana Díaz, de la que adivinó su proyección. Y es que en asuntos de poder, es así: no se equivoca.

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