Aniversario de la dimisión de Manuel chaves en la Junta Un periodo plagado de tribulaciones en el socialismo andaluz

Dos años de pasión

  • Penitente. De Domingo de Ramos a Domingo de Ramos, Manuel Chaves ha vivido 24 meses duros, plagados de sinsabores: su encaje en el Gobierno, el caso Matsa, el escándalo de los ERE y, ahora, la actividad de su hijo Iván como comisionista. Pero por encima de todo, sufre por la crisis del PSOE-A

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Entre la escena de entrada triunfal en el Gobierno -y salida de la Junta de Andalucía, no menos triunfal- al camino del Calvario que vive actualmente Manuel Chaves González (Ceuta, 1945) sólo han pasado tres domingos de Ramos. Dos años y doce días con más sinsabores y disgustos -el último, la más que polémica actividad profesional como comisionista de su hijo Iván- que satisfacciones. Dos años de pasión.

No fue en Jerusalén sino en Sevilla donde el Domingo de Ramos de 2009 trascendió que en 48 horas Andalucía asistiría a un cambio de rumbo que pocos podían adivinar algo más de un año antes, cuando el PSOE andaluz ganaba la elecciones por octava vez consecutiva, las últimas seis con el mismo candidato, y de nuevo con mayoría absoluta: Manuel Chaves, presidente de la Junta durante 19 años ininterrumpidos y líder del socialismo andaluz, dejaba la Presidencia del Ejecutivo autonómico para ser vicepresidente tercero del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Un camino de ida y vuelta, porque Chaves llegó a la política autonómica recién salido del Ministerio de Trabajo, entonces del Gobierno de Felipe González, quien le encomendó hacerse con las riendas de la Junta y del partido, gobernado por los guerristas en ese tiempo.

Sin lugar a dudas, Chaves regresaba a Madrid casi dos decenios después con la tarea bien cumplida: tras seis victorias electorales, una de ellas sorteando una derrota cantada en los sondeos, victoria mínima en 1996 trasformada en pocos años en poder absoluto, como en los ochenta y el primer cuatrienio de los noventa, y con un partido pacificado regido desde un liderazgo hegemónico.

A pocos meses de cumplir 64 años, Chaves parecía llegar a un broche de oro de su longeva carrera política, hasta entonces como representante electo de la provincia de Cádiz desde las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, en 1977. Pero lejos de ser el retiro dorado que la oposición le atribuía, su regreso a la política nacional ha estado marcada por obstáculos internos y una persecución permanente de la oposición política y medios afines a ésta.

De entrada, la llegada de Manuel Chaves a La Moncloa con rango de vicepresidente no gustó nada a la por entonces omnipotente vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que entendía que al Gabinete de Zapatero, donde ella ejercía la coordinación política, llegaba no sólo uno de los principales barones del socialismo sino el presidente de la Comisión Ejecutiva Federal, cargo más representativo que ejecutivo al que ascendió por deseo del propio Zapatero tras el 35º Congreso, que Chaves pilotó como presidente de la gestora que se creó en 2000 tras la dimisión de Joaquín Almunia como secretario general.

De la Vega consideró que traer a Chaves era cuestionar su papel en el Gobierno. Las relaciones entre ambos vicepresidentes nunca fueron buenas, sin dejar de ser correctas, mientras ella aún permaneció en Moncloa. El propio Chaves ha reconocido en conversaciones informales con periodistas que, pese a que la relación siempre fue cortés con De la Vega, nunca despachó con ella formalmente de los asuntos encomendados. Todo un síntoma.

Tampoco la vicepresidenta segunda, Elena Salgado, le recibió como unas castañuelas. Además de vicepresidente tercero, Chaves fue nombrado ministro de Política Territorial -ahora también lo es de Administraciones Públicas, competencia que en principio se reservó De la Vega- y como tal debía jugar un papel esencial en la negociación del nuevo sistema de financiación autonómica. También hubo codazos, siempre en términos políticos, por esta cuestión, pese a que el perfil de esta vicepresidenta es muy distinto al de la hoy consejera de Estado.

En este ambiente enrarecido, en un ministerio de nueva creación y con pocas competencias, Chaves, sin prisas pero sin pausas, fiel a sus formas de hacer política, se fue haciendo su lugar en el Gobierno. Supo especialmente aprovechar bien la gestión de los 13.000 millones de inversiones del Plan E que le correspondían, lo que le permitió margen político para ejercer por toda España inaugurando obras y proyectos.

Su marcha de Andalucía no fue desde el principio, como vemos, fácil. Y aunque Javier Arenas definiese bien pronto, el mismo Domingo de Ramos de 2009, su nombramiento como "un puente de plata" que Zapatero le otorgaba, lo cierto es que el PP no ha ejercido según el refranero y nunca le trató desde entonces como enemigo que huye.

Antes al contrario, el PP ha intensificado en estos dos años su política de acoso a Chaves. Mucho más si cabe que cuando presidía la Junta.

El primer ejemplo palmario fue la denuncia por prevaricación y tráfico de influencias que interpuso contra el vicepresidente por el denominado caso Matsa, la concesión por parte del Consejo de Gobierno de la Junta que él presidía de una ayuda millonaria a esta empresa minera en la que su hija, Paula Chaves Iborra, trabajaba como integrante del gabinete jurídico.

La denuncia llegaba tras las informaciones y exigencias editoriales del medio que destapó el caso, pocas semanas después de su dimisión en la Junta y semanas antes de las elecciones Europeas de 2009. Se sustanció en el Tribunal Supremo, por estar aforado el denunciado, que archivó el caso y exoneró de responsabilidad penal a Chaves. La victoria no fue completa, empero. El Tribunal Superior de Justicia ordenó hace tres meses a la Junta de Andalucía la apertura de un expediente para esclarecer si el ex presidente andaluz debió inhibirse en la concesión de la ayuda de 10 millones de euros a Matsa. El Ejecutivo de Griñán ha recurrido al Supremo esta orden de la Sala Contencioso-Administrativo. La pelea continúa.

El protagonismo de la familia Chaves Iborra no acaba ahí. El vicepresidente tercero vive instalado en el ojo del huracán por la revelación de las actividades profesionales de su hijo Iván. Un caso que ha venido a agravar la sensación de que en la Junta que presidió hubo corrupción; opinión especialmente extendida ante las contundentes evidencias respecto a los ERE en los que se ha incluido a intrusos que nada tenían que ver con las empresas en crisis y sí que estaban vinculados al PSOE andaluz.

En las últimas semanas, diversas informaciones de medios digitales e impresos han detallado actuaciones del hijo del vicepresidente, o de sus socios, en las que hacían gestiones para empresas, por lo que cobraban comisiones del 25 al 45% del importe de los contratos que se hicieran mediando ante consejerías de la Junta, ministerios o diputaciones socialistas.

Toda esta actividad mientras Chaves presidía la Junta. Es obvio que llamar en ese tiempo a cualquier consejería, organismo autónomo o empresa pública del Gobierno andaluz amparado bajo los apellidos Chaves Iborra se considerara una garantía.

En las filas socialistas, pese a que se apoya a Chaves y se considera que está siendo víctima de una persecución, no ocultan algo más que un resquemor por estas prácticas.

"Incluso siendo todo escrupulosamente legal, hay cosas que un familiar directo de un presidente de la Junta no debería hacer", señala un dirigente socialista.

Es un testimonio que se repite, como calificar de "antiestético" que Iván trabaje de comisionista.

Incluso aunque la documentación que prueba el tipo de actividades de las empresas en las que trabaja o participa Iván Chaves sea robada, tal como denunció el propio hijo del vicepresidente ante la Policía, en el seno del PSOE se cuestiona ese proceder por la situación en la que deja a su padre, a quien el PSOE siempre ha puesto como ejemplo de político honesto. Una imagen que caló durante cuatro lustros en la sociedad andaluza.

"Es un conseguidor. Un especialista en abrir puertas", define a Iván Chaves con cierto desdén, sin llegar a ser despectivo, un diputado andaluz del PSOE.

Eso sí, la práctica totalidad de las personas consultadas no comparten que haya paralelismo con el caso Juan Guerra, que acabó provocando la dimisión de su hermano Alfonso como vicepresidente del Gobierno, y defienden que probablemente no ha habido ilegalidad. En sus declaraciones públicas, Manuel Chaves insiste precisamente en ese aspecto, la legalidad, y reta a la oposición política a que le lleve a los tribunales.

No a él, pero sí a su hijo, el sindicato Manos Limpias, que también lo había hecho junto al PP en el caso Matsa, acaba de denunciar a Iván Chaves como supuesto autor de delitos de tráfico de influencias, negociación prohibida a funcionarios y autoridades, societario, contra la Hacienda Pública y corrupciones entre particulares.

A Manuel Chaves se le ve bastante afectado por este asunto, aunque dentro del PSOE se asegura que está reforzado, al considerarse que está fundamentado el lamento de que está siendo víctima de una campaña de acoso, con su familia como primer objetivo. Un campaña que el propio Chaves atribuye a Javier Arenas, a quien consideró "el muñidor" de la misma en unas de las declaraciones políticas más duras que haya pronunciado el político andaluz en casi 35 años de cargo público, sea electo o ejecutivo. "Es el jefe del departamento de basuras del PP", dijo Chaves de Arenas.

Pese a esta incómoda realidad respecto a los negocios de su hijo, Chaves vive horas de penitente por lo que más le apesadumbra desde hace meses: el fracaso de la sucesión en la Junta y el PSOE andaluz.

"Sin duda eso es lo que le tiene más preocupado. Es el problema de fondo", admiten fuentes socialistas sólo una decena de días después del terremoto político de la dimisión de Luis Pizarro como consejero de Gobernación y Justicia.

A Chaves le preocupa la situación interna del socialismo andaluz y, sobre todo, las graves consecuencias que puede tener en los próximos meses. No sólo el 22 de mayo, sino en marzo, que es mucho más importante, porque lo que realmente le quita el sueño al vicepresidente es que la persona en la que confió para sucederle, su amigo Pepe Griñán, puede dejar al PSOE andaluz sin apenas poder.

Recién nombrado Griñán hubo un dirigente político andaluz que vaticinó ante periodistas -entre ellos quien suscribe- que algo así sucedería: Javier Arenas estaba seguro de que el ego de Griñán sería su perdición, mostrando así parte de su estrategia de futuro.

No en vano en los meses previos al congreso extraordinario que hizo a Griñán secretario general, Arenas le discutía un día sí y otro también el liderazgo en el PSOE-A. Le funcionó y no ha dejado de usar ese argumento y de cuestionar que llegue a ser el candidato socialista en 2012.

El vicepresidente tercero vive horas difíciles, sí, pero lo que más teme, más que los problemas que acucian a su familia o a él mismo, es que las peores horas en el socialismo andaluz estén a punto de llegar. Porque hay un partido dividido, un gobierno poco conocido y muy mal valorado, mucho peor que cuando hace dos años, un Domingo de Ramos como hoy, dejaba esa Andalucía de progreso que él presumía de haber presidido y que había despedido 48 horas antes inaugurando una obra tan emblemática como el Metro de Sevilla.

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