Un faro cultural que se apaga

  • El centro turístico ubicado en Matalascañas cierra sus puertas antes de cumplir diez años · Las ayudas de la Junta caen hasta quedarse en 2011 en sólo 50.000 euros de los 300.000 que necesita anualmente

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Existen proyectos que conforman toda una declaración de intenciones, que marcan las directrices políticas y definen la fisonomía, el paisaje e incluso la impronta y latidos de los territorios. El Parque Dunar, donde se asienta el Museo del Mundo Marino de Matalascañas, fue una de esas infraestructuras que pretendía servir de faro y altavoz de lo que aspiraba a ser la costa de Doñana: un emblema y ejemplo en el mundo de lo que se denominó desarrollo sostenible.

Su alumbramiento se gestó en el seno de la Comisión Internacional de Expertos sobre Estrategias para el Desarrollo Socioeconómico Sostenible del Entorno de Doñana, un sanedrín que avaló este espacio onírico dominado por matorrales, enebros, sabinas y piños piñoneros que, a modo de frontera, representaron un tapón al incipiente y voraz desarrollo urbano. Su concreción en realidad fue mucho más lenta que su diseño en planos y, tras algunos retrasos, el 24 de julio de 2002 se hacía realidad este mar natural que miraba al Atlántico.

El cierre del Museo de Mundo Marino tiene un carácter enormemente simbólico al representar algo más que el fin de la singladura de un proyecto cultural. A día de hoy y con la quiebra técnica de la empresa pública Parque Dunar, se desconoce quién se hará cargo del mantenimiento de las más de 130 hectáreas sobre las que se extiende este pulmón verde, al occidente de la costa almonteña y cuya factura ascendió a 20 millones de euros, la mayor parte procedentes de fondos europeos.

Junto al inmenso bosque natural se erigió un Centro de Estudios Medioambientales, miles de aparcamientos para acoger las visitas y un Museo del Mundo Marino que vino a poner la guinda al nuevo desarrollo económico y medioambiental de la costa. Sólo en esta última infraestructura se gastaron seis millones de euros con los que los arquitectos Cruz y Ortiz configuraron un espacio escénico que simula una duna, cuyo interior alberga varias salas temáticas dedicadas al ecosistema dunar de la Reserva de la Biosfera, las artes de pesca del golfo de Cádiz, la investigación de los océanos, barco y rutas, y una última sobre los cetáceos, sin duda su mayor reclamo.

Para la gestión del complejo se constituyó una empresa pública llamada Parque Dunar de Doñana que se repartió al 50% entre la Fundación Doñana 21 y el Ayuntamiento de Almonte. Esta última institución cedió los terrenos y la entidad dependiente de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta se encargó del tutelaje económico. Durante los primeros años la Junta de Andalucía fue tremendamente generosa con el museo, ya en su creación liberó fondos por valor de 116.000 euros, llegando a alcanzar la cifra de 250.000 durante los ejercicios de 2004, 2005 y 2006. Los impuestos del ladrillo llenaba a espuertas las arcas públicas y ninguna de las tres administraciones se preocupó de buscar financiación privada o trabajar por hacer económicamente viable el espacio. Desde su nacimiento se hicieron inversiones directas por valor de 1.856.000 euros, mientras que su pervivencia anual se cifró en cerca de 300.000. Azotados por la crisis, los fondos cayeron a plomo como demuestran los gráficos del informe de gestión al que ha tenido acceso este periódico, siendo en 2011 de solo 50.000 euros.

Las cifras tambalearon el presupuesto y asfixiaron al museo hasta el punto de que se retrasaron el pago de las nóminas, los recibos de luz y de agua y se tuvieron que fraccionar el pago del IRPF de cada trimestre. Sólo el buen hacer de la gerencia y de la plantilla logró mantener a flote el emblema marino. Durante los últimos meses tuvieron que trabajar sin calefacción y redujeron el horario de apertura para reducir costes. Todas ellas, medidas que remaban en la misma dirección: la pervivencia del proyecto.

Los obligados recortes (no había liquidez) pusieron en riesgo incluso la propia seguridad de los visitantes. Se tuvo que prescindir de la revisión de los extintores y se dejó de arreglar la alarma y la bomba anti incendio porque al servicio técnico se le había pagado con un año de retraso y no estaba dispuesto a que se le postergara el pago de nuevos trabajos. Para más inri la deuda a proveedores superaba los 70.000 euros.

Con el agua al cuello en la segunda quincena se lanzó un ahogado SOS. La Fundación Doñana 21 y la propia Consejería cortaron el grifo de las ayudas. El Ayuntamiento se ofreció a socorrer a la entidad pública con carácter "excepcional", abonando las nóminas y pagas extra de los tres trabajadores que quedaban en plantilla, y asumió las deudas por consumo eléctrico y de agua.

El objetivo era ganar tiempo para que la Junta abonase la subvención prometida a primeros de año, de forma que se pudiese pagar el seguro de responsabilidad civil. Tras las vacaciones navideñas, el complejo cultural tuvo que abrir sus puertas, el maná económico no llegaba y no se afrontaban los 6.000 euros en los que se cifra la póliza de un seguro sin cuya red nadie se quiere hacer responsable de lo que ocurra en el Museo.

Menos de 24 horas después de que esta redacción revelase que tanto el Ayuntamiento como la Fundación Doñana 21 optaban por el cierre momentáneo de la infraestructura, la Junta liberó 75.000 euros comprometidos en 2011. Sin embargo, el consejero de Medio Ambiente, Juan José Díaz Trillo, lanzó un aviso a navegantes al decir que estos recursos iban de forma "exclusiva" para el desarrollo de actividades de investigación y divulgación. Al mismo tiempo, se lavó las manos y afirmó que la gestión no le corresponde al Gobierno andaluz, desligándose de continuar financiando lo que, en su nacimiento, fue un proyecto del que todas las administraciones se vanagloriaron.

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