El golpe de Griñán

  • Ni Manuel Chaves ni Rubalcaba ni José Blanco pudieron parar la dimisión de Luis Pizarro; la dirección regional socialista optó por reforzar su autoridad en una medida de inciertas consecuencias para el futuro.

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Zapatero no quería ruido hasta después de las elecciones municipales del 22 de mayo. El PSOE debía transitar en silencio hasta esta cita para concentrarse en la campaña electoral y evitar a toda costa que la interferencia de las primarias alterase los tiempos diseñados por él. Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, los candidatos virtuales, se conjuraron para no dar pistas a nuevas especulaciones. Pero el ruido le llegó del sur. Y de qué modo: la dimisión del consejero de Gobernación, Luis Pizarro, se coló en las primeras páginas de los periódicos nacionales, en las noticias de apertura de los informativos de televisión y en las columnas de todos los opinadores. 

Si no querían ruido, tuvieron truenos y bastantes chispazos, porque la renuncia del consejero ha dejado al descubierto que el liderazgo de José Antonio Griñán, presidente de la Junta y secretario general del PSOE andaluz, sigue  siendo un asunto pendiente que, probablemente, no se resolverá hasta la prueba definitiva de las urnas. Por eso, el encontronazo entre Pizarro y Griñán –uno nacido en Alcalá de los Gazules en 1947 y el segundo, en Madrid en 1946– también debe ser entendido como eso: como un aviso a navegantes, como un golpe de autoridad de la nueva dirección socialista de Andalucía ante futuros movimientos contra la candidatura del presidente. Con el paso de los días, parece que Griñán ha ganado el pulso. El pasado jueves, la Ejecutiva federal del PSOE le comunicaba, a través de varias agencias, su apoyo “absoluto y rotundo”. En la sede madrileña de Ferraz debieron de sentir vértigo ante lo sucedido en su  federación más importante. 

Vuelta al lunes. Ese lunes de la dimisión no era un día cualquiera. Horas antes, Zapatero había dado al traste con cualquier operación que, bajo la apariencia de unas elecciones primarias, llevase a  Rubalcaba a ser proclamado candidato para 2012 y secretario general del PSOE en un congreso que debía celebrarse en otoño. La vía rápida quedó enterrada; al menos, por el momento. Zapatero ni siquiera pidió a su partido que escogiera al mejor situado para ganar las elecciones, no hubo ningún guiño, ni a uno ni a otro. Zapatero en estado puro.

Sin estar en contra de la candidatura de Rubalcaba, la dirección andaluza y Griñán se habían opuesto a esa vía. Así se lo habían explicado al vicesecretario general, José Blanco, e incluso a algunos barones regionales. Por contra, Luis Pizarro, hombre de Manuel Chaves, cercano a Rubalcaba y también a José Blanco, volvió de Madrid un tanto preocupado: él mejor que nadie conoce los peligros que entrañan unas elecciones primarias. Siempre salen derrotados los aparatos. Borrell, Zapatero, Tomás Gómez.  

Y quizás por el significado del momento, resuelto ya el asunto de las primarias y con un Pizarro al que se suponía debilitado, la dirección socialista de Andalucía lanzó la Operación Gabriel Almagro

¿Almagro? ¿Pero quién es este Gabriel Almagro cuya destitución ha provocado la dimisión de Pizarro y la crisis más grave del PSOE andaluz desde que Manuel Chaves se hiciera con el control de la comunidad en 1994 tras derrotar a los últimos guerristas? Como Pizarro, Almagro es alcalaíno, mucho más joven que él (47 años), licenciado en Historia con premio extraordinario de carrera y, sobre todo, la antítesis de un político conspirador. Pizarro lo había nombrado delegado del Gobierno andaluz en Cádiz para llevar, entre otros asuntos, la celebración del Bicentenario de las Cortes de 1812, una conmemoración que hasta su llegada estaba bastante empantanada. Y poco más: un buen tipo, al que sus amigos apodan El Tomate, por la vía familiar, y del que el presidente de la Junta no tenía ninguna queja. Eso al menos fue lo que contó un colaborador de Griñán a este medio hace unos meses cuando comenzó a circular el rumor de su cese

Porque hace ya cerca de un año que la secretaria de Organización del PSOE andaluz, Susana Díaz, le había comunicado al secretario de Cádiz, Francisco González Cabaña, que Almagro se debía ir. Su sustituto sería otro gaditano, Manuel Jiménez Barrios, responsable de deportes de la Consejería de Turismo, pero de quien su consejero, Luciano Alonso, no tenía un buen concepto por culpa del encuadre de las cámaras. Los dos no cabían en el objetivo, y en las consejerías sólo hay un político: el titular, claro. 

Ya entonces Pizarro se negó a esta destitución, a la que respondió con una sola pregunta: “¿Por qué? ¿Qué es lo que ha hecho Gabriel?”.  Si algún día eso se producía, el consejero ya advirtió que tendrían dos por el precio de uno. Almagro se iría, y detrás Pizarro. Así que el asunto durmió en el cajón de San Telmo –sede de la Presidencia de la Junta– hasta el pasado lunes.

Quizás ninguno de los actores pensase esa mañana que el consejero de Gobernación consumara su advertencia, pero la operación se puso en marcha. A las 9:00, la consejera de Presidencia, Mar Moreno, telefoneó a Luis Pizarro y le comunicó que Almagro iba a ser destituido en el Consejo de Gobierno del martes. Pizarro entendió este cese como un ataque personal contra él y, en especial, contra Francisco González Cabaña, declarado abiertamente en rebeldía contra la dirección de Griñán y de Susana Díaz a cuentas de las candidaturas de las alcaldías de Jerez y, en menor medida, de la de Algeciras. Era un mal día para Pizarro, pero no reculó: “Dos por el precio de uno”. “¿Yo cómo voy a firmar el decreto de destitución de este hombre y mirarme después en el espejo”, pensó y verbalizó el consejero de Gobernación, que repitió la misma pregunta de entonces: “¿Y por qué?”.

A partir de ahí, se suceden las llamadas. Luis Pizarro habla con el presidente de la Junta, pero no consigue nada. Griñán mantiene que los delegados representan a la Junta y no son propiedad de nadie, aunque sean Mar Moreno, como consejera de Presidencia, y el propio Pizarro, como titular de Gobernación, de quienes dependan orgánicamente. Griñán, además, esgrime que él es el presidente, y Pizarro asume todo ello como una afrenta contra él y su gente.

Hay, al menos, tres llamadas más. Pizarro habla con Manuel Chaves, con Alfredo Pérez Rubalcaba y con José Blanco. Los tres intentan impedir la dimisión del consejero, saben cuáles pueden ser las consecuencias y, al fin y al cabo –claro–, surge otra vez la misma pregunta: ¿Quién es Gabriel Almagro, más allá de una buena persona y un dirigente con más perfil técnico que político?

Pero no hay acuerdo. Mar Moreno ejecuta la orden del presidente y las intenciones de la dirección socialista de la calle sevillana de San Vicente, donde manda más que nunca Susana Díaz. A las 13:40, Moreno se lo comunica a Gabriel Almagro, y él pregunta lo mismo: “¿Por qué?”. No hay ninguna razón, la consejera le ofrece alguna delegación, pero Almagro le contesta que se va a su casa. Y es que él ya lo tenía asumido.

Sabía que hacía meses que buscaban su sustitución por Manuel Jiménez Barrios, ex alcalde de Chiclana, un político con un buen bagaje como gestor y cercano al ex consejero de Medio Ambiente, José Luis Blanco, otro de los históricos del clan de Alcalá. También a Mar Moreno. Todos ellos viejos opositores al poder de Luis Pizarro en la provincia de Cádiz. De Pizarro y, en especial, de González Cabaña.

No hacía ni dos semanas, Griñán había inaugurado el nuevo Ayuntamiento de Chiclana, y Gabriel Almagro saludó a Jiménez Barrios de una manera muy gaditana: “¿Qué tal, líder?”. Una de las personas de mayor confianza del presidente, su secretaria general, Rosa Castillejo, quizás ignorante de este tipo de códigos, le espetó: “No te puedes imaginar cómo de líder”. Almagro se sintió sentenciado, así que lo del lunes no fue ninguna sorpresa.

Sí lo sería lo de Pizarro. Es posible que Griñán no se lo esperase, pero entendió que ya no podía dar marcha atrás porque aquello constituía un desafío a su autoridad.  

Poco después, a las 16:30, estaba convocada una reunión de la Ejecutiva regional en la sede de la calle San Vicente. Griñán comió rápido en Casa Salva con las personas de su mayor confianza en el Gobierno y en el PSOE: la citada Rosa Castillejo, Susana Díaz y el consejero de Economía e Innovación, Antonio Ávila. En la reunión de la Ejecutiva regional se habla de la dimisión de Pizarro, el que también fuera señor de la sede de San Vicente durante los mandatos de Manuel Chaves. Habla el gaditano Rafael Márquez y Amparo Rubiales, amiga del presidente. No hay ninguna intervención crítica. Pero, en un momento determinado, entra en la sala Rosa Castillejo; lleva unos papeles que entrega al presidente, y allí, delante de todos, Griñán firma el cese de Pizarro y el nombramiento del nuevo consejero de Gobernación, Francisco Menacho. Es el golpe de Griñán, la dirección regional mantiene que la crisis se ha acabado: dimite un consejero, entra otro.

El nombramiento de Menacho es otro gesto de la dirección. Menacho conoce como pocos socialistas la Consejería de Gobernación, es un destacado municipalista, ha sido alcalde de Olvera y trabajó con la ex consejera Carmen Hermosín cuando se asumieron las competencias de Justicia. Da el perfil, quien sugiere el nombre lo escoge bastante bien. Menacho también es uno de los opositores de Pizarro y de Francisco González Cabaña, una persona cercana a José Luis Blanco y, por tanto, a la consejera de Presidencia, Mar Moreno.

Lo dicho: Gabriel Almagro, el buen chaval, no explica por sí mismo la dimisión de Luis Pizarro. “¿Qué culpa tiene El Tomate?”, bromeaban algunos del PSOE gaditano cuando, con el paso de los días, la tensión remitió.

Lo cierto es que hacía muchos meses que el consejero de Gobernación no se sentía a gusto en ese Gobierno. Un militante de este tipo, curtido en muchas peleas internas, aguanta más. A Pizarro, por ejemplo, no se le vio un mal gesto cuando la Ejecutiva federal, la de Ferraz, se negó después de las elecciones autonómicas del año 2008 a que Manuel Chaves le nombrara secretario general del PSOE andaluz y aguantó, estoicamente, que en el congreso extraordinario de marzo de 2010 se quedase sin ningún puesto en la Ejecutiva. El congreso fue duro para él: aquel día, la transición que Manuel Chaves y Luis Pizarro habían diseñado saltó por los aires. Los problemas de bicefalia sacaron a ambos de la Ejecutiva, y Griñán se hizo con la secretaría general. 

Pero no fue eso; lo más duro llegó a las dos semanas. Griñán cambió de Gobierno, y del Ejecutivo salieron todos los consejeros afines a Pizarro y que participaron en la operación para colocar a Griñán como sucesor de Chaves y evitar que Mar Moreno, la preferida de Madrid, tomase el poder. Luis Pizarro se quedó solo, y en ese momento también pensó marcharse. Casi lo tienen que parar. 

Griñán sacó a la consejera de Medio Ambiente, Cinta Castillo, por falta de entendimiento personal, y a Antonio Fernández, consejero de Empleo, porque le exigió que sustituyese a su delegado en Sevilla, Antonio Rivas, implicado por entonces en el caso Mercasevilla, origen del escándalo de las falsas prejubilaciones. La visión de Griñán, que aún desconocía el asunto de los ERE, fue providencial. “Luis entendió la salida de Antonio [Fernández] como una cuestión personal, y no se trató de ello”, contó hace meses el presidente a este medio. Pero, además, saldría otro consejero, a pesar de que Griñán le ofreció dos consejerías. El almeriense Martín Soler quiso quedarse en la de Innovación, y rechazó, primero, Medio Ambiente y, después, Empleo.

Muchos en el PSOE –algunos de ellos, dirigentes históricos y otros, dirigentes cercanos a Griñán– mantienen que Pizarro y estos consejeros habían constituido un “gobierno paralelo”. Que, incluso, se reunían todos los viernes en un mismo restaurante sevillano a la salida del Consejo de Gobierno. No es cierto, aunque desde Almería llegó a la sede de Ferraz que Martín Soler guardaba las aspiraciones de sustituir un día a Griñán. El vicesecretario general, José Blanco, advirtió a un dirigente andaluz de los comentarios que se sucedieron en una  cena almeriense donde se habló de este asunto. Ahora hay muchos más. 

Pizarro se quedó solo. Pero el hecho trascendental se produjo el pasado 12 de marzo en la venta Las Grullas, en Benalup (Cádiz), el pueblo del que González Cabaña es alcalde. Allí, Manuel Chaves, Cabaña y Pizarro le ofrecen al urbanista Manuel González Fustegueras que encabece la candidatura a la Alcaldía de Jerez en vez de la socialista Pilar Sánchez. Griñán, que no estaba al tanto del almuerzo ni apoyaba la operación porque Pilar Sánchez ya estaba nominada por el Comité Federal, se sintió especialmente dolido con Pizarro porque era su consejero de Gobernación. Con Manuel Chaves –su amigo–  también, pero hablaron sobre ello. Pizarro no consiguió diez minutos para conversar hasta días después. Quizás demasiado tarde.

Hay una circunstancia que ahora cobra relevancia. González Cabaña aseguraba que esa propuesta –la de Fustegueras– estaba avalada por la Ejecutiva federal, es decir, por Madrid. En Cádiz mantienen buenas relaciones con Rubalcaba, con Blanco y no digamos con Chaves, y aquella mención de Cabaña a los líderes de Ferraz sonaba a una suerte de apelación a los primos de Zumosol frente a la dirección andaluza. “No son sus avales; ellos los querían secuestrar", comentó una persona de la Ejecutiva andaluza a este medio .

Sí, en el asunto de Pizarro también hay una derivada nacional, muy relacionada con las futuras primarias y la opción Rubalcaba o Chacón. Un secretario general de una agrupación sevillana opinó a este diario que la consolidación de Susana Díaz es una vuelta al guerrismo, y que ello explicaría la contundencia con la que se emplearon el Gobierno y el PSOE para que Pizarro tragara la destitución de su delegado. Este parecer, a la que se han sumado varios consultados, viene a respaldar la sensación de que Alfonso Guerra es ahora en Sevilla y en Andalucía algo más que el hombre que cierra la lista municipal de la capital hispalense

Puede ser eso, o simplemente que en San Vicente ha comenzado a hacerse fuerte otro equipo distinto al que mantuvo a Manuel Chaves casi 20 años al frente del PSOE andaluz y de la Junta,  y que la dimisión de Pizarro haya sido el aviso a navegantes. El 22 de mayo se verá. 

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