Una mujer mata a hachazos a su madre, asfixia a su hija y se suicida

  • Metió los dos cadáveres en la cama · Fueron descubiertos por el padre de la niña que acudió a la casa ante la tardanza de la pequeña, a quien iba a llevar al pasacalles de Carnaval en la localidad

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Calles vacías, mojadas de lluvia y vecinos incrédulos. Eran los efectos secundarios del crimen que hizo temblar los cimientos de la barriada de El Mayordomo, en la localidad de Sorbas. Una mujer de nacionalidad belga, Marina G. G., de 36 años, presuntamente asesinó a hachazos a su madre, de 67, que se encontraba de visita y a su hija Alicia, de apenas cuatro, a la que asfixió. Posteriormente decidió acabar con su vida ahorcándose.

Llevaban varios años residiendo en esta cortijada. Aproximadamente doce, según recuerdan los más veteranos. Marina G. G. estaba separada de su pareja, Enrique, vecino de Sorbas, y la relación era cordial, según recuerdan los vecinos. Él ejercía de padre perfecto. Iba a recoger muchas tardes a su hija, a la que veía de modo continuo. Precisamente el día que acontecieron los hechos, estaba esperándola para llevarla al pasacalles que con motivo del Carnaval estaba celebrándose en la localidad. Unos actos que, tras el doble homicidio, se han suspendido. Pasaban los minutos y la niña no llegaba, por lo que él decidió llamar a su ex pareja. Al no cogerle el teléfono móvil, acudió hasta La Huerta, nombre que habían dado a la vivienda. Encontró un cartel en la puerta. 'Las llaves las tiene el vecino'.

Junto a él, descubrió lo que había pasado. Encontró los cadáveres de la abuela de la pequeña y de la niña metidas en la cama, y a Marina G. G. ahorcada. Nadie podía sospechar nada.

La mujer estaba trabajando en Uleila del Campo y daba clases particulares de inglés, también en la localidad estaba escolarizada la pequeña, aunque acudía puntualmente a Sorbas, para recibir clases musicales.

Una familia aparentemente normal, según los pocos vecinos de la barriada. Los que quisieron hablar recuerdan a la presunta homicida con cariño, señalando que era "muy simpática" y que "no nos explicamos qué es lo que ha pasado por su cabeza para hacer lo que ha hecho". Por su parte, la abuela de la menor no vivía en esta localidad, pero acudía de manera regular a ver a su nieta y a su hija. Aunque, tal y como recuerdan algunos de los vecinos, la última vez les dijo que estaba "un poco enferma".

Respecto al padre de la pequeña, todos tienen palabras de elogio. "Estaba implicado al cien por cien con su niña, nunca ha habido mala relación, o al menos que nosotros sepamos... no queremos ni pensar cómo estará ahora, y más sabiendo que fue él quien las encontró", explica María Pérez, una de las pocas residentes de la zona.

Aparcados junto a la puerta, los coches de la abuela y la madre de Alicia, llenos de lluvia. "Los dos construyeron La Huerta", asegura, "cuando llegaron era un cortijo semiderruido".

Y el mundo se les vino encima con los dos ay que escucharon el domingo, pasadas las ocho de la tarde. El padre acababa de encontrar los cuerpos. "Antes no oímos nada, estábamos preparando la cena y con las ventanas cerradas no nos enteramos de lo que estaba pasando".

En una guardería dependiente del área de Servicios Sociales, un hombre lleva en brazos a su nieta. "Claro que les conocíamos, pero no teníamos constancia de que le pasara nada, de que tuviera algún tipo de problema psicológico", asegura. No quiere dar su nombre. Como tampoco quiere el familiar que se encuentra apostado en la entrada del domicilio de Enrique. "Tenéis que entender el dolor por el que estamos pasando".

Una funcionaria municipal tiene los ojos vidriosos. "El abuelo de la pequeña trabajó con nosotros, se jubiló en enero", resalta. Conducía camiones. También al Consistorio acudió Marina G. G., la presunta asesina a darse de baja en el censo el pasado viernes, tras formar parte de él desde el año 2002.

Las diligencias las lleva el Juzgado de Instrucción número 3.

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