En la piel de los ancestros

  • Un estudio poblacional de la Península Ibérica revela que el 10,6% de los españoles tiene ascendencia norteafricana y que un 19,8% viene de antepasados sefardíes

La historia de España dice que por aquí ha pasado casi todo el mundo, desde épocas remotas, y cada nueva presencia ha dejado su huella. Pero el nacionalismo romántico del siglo XIX (y sus epígonos) y gran parte de la novela histórica del XXI, con la inestimable ayuda del sistema educativo, se han encargado de torturar los datos históricos a favor del discurso político dominante en cada momento; con el objetivo de borrar las huellas del pasado que, por uno un otro motivo, resultan incómodas. Ahora, la genética viene a poner sensatez. Un estudio sobre la población de la Península Ibérica y Baleares, publicado recientemente en The American Journal of Human Genetics, refuerza, con la información que da la herencia genética, lo que ya decían los historiadores y se han encargado de silenciar algunos políticos y presuntos divulgadores: el pasado hay que asumirlo entero, porque la generación actual es hija de todo ese legado, no sólo de una parte. Llevamos puesta la piel de los ancestros.

Este trabajo posee un título elocuente: The genetic legacy of religious diversity and intolerance: paternal lineages of christians, jews and muslims in the Iberian Peninsula. Coordinado por Mark Jobling, de la Universidad de Leicester (Gran Bretaña), con la colaboración de la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y de otros centros de investigación españoles, revela que el 10,6% de la población española desciende de inmigrantes norteafricanos y el 19,8%, de judíos. Un binomio que invita a la reflexión en tiempos en los que amenazan con descargar tormentas de ruido y furia. Así que habrá que pensárselo antes de juzgar a nadie por su procedencia. Porque nos estaremos juzgando a nosotros mismos.

Los investigadores recopilaron datos genéticos de 1.140 individuos varones españoles y compararon determinadas peculiaridades (haplotipos) propias de los grupos raciales ibérico, norteafricano y judío sefardí. El hecho de escoger sólo muestras de varones se debe a la necesidad de trazar los rasgos genéticos hereditarios a través del tiempo: el cromosoma sexual masculino pasa de padres a hijos. Según Elena Bosch, experta de la Pompeu Fabra que ha participado junto a otros especialistas, como Francesc Calafell, en este trabajo, "a través del estudio del cromosoma Y hemos podido cuantificar la aportación norteafricana en las poblaciones peninsulares y baleares actuales de manera muy detallada". Esa información, según Bosch, ha deparado algunas sorpresas: "Un resultado inesperado ha sido que hemos encontrado más influencia norteafricana en el oeste de la Península, por ejemplo León, que en el este; por ejemplo, Granada. Ello podría reflejar las deportaciones masivas de moriscos granadinos hacia Castilla durante el siglo XVI".

Respecto a los judíos, a los investigadores les ha llamado la atención la fuerte presencia del patrimonio genético sefardí en un país conocido internacionalmente por la expulsión, en 1492, de esta minoría que vivía en España, desde, al menos, la primera etapa imperial romana. Al igual que en el caso morisco, lo que explica la pervivencia de la memoria genética es la integración en la cultura dominante mediante la conversión religiosa (en la mayoría de los casos, forzada), puerta de entrada a la aceptación social a través de, entre otros mecanismos, el matrimonio.

El estudio de la revista americana contiene más perlas. Así, los vascos (de nuevo, esto ya estaba escrito en las monografías históricas, al alcance de cualquiera que quisiera leerlas), son los más españoles de los españoles: prácticamente no hay ancestros que no sean ibéricos en las muestras genéticas recogidas en Euskadi. Una proporción parecida de marcadores genéticos ibéricos es la atribuible a Cataluña y llama la atención, también, la contundente proporción (20%) de ancestros norteafricanos en Galicia.

Es imposible evitar la tentación de, con estos datos, mirar al presente y no pensar en la inmigración. Ensalada o crisol. Multiculturalidad o integración. Genéticamente, eso no se sabrá hasta dentro de cuatro o cinco generaciones. Mientras tanto, habrá que aprender a conjugar, sabiamente y con respeto, la primera persona del plural: nosotros.

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