Un puente hacia la Constitución del Doce

  • El puente Zuazo se convirtió en un elemento esencial, fundamental, en la defensa del territorio nacional que las tropas francesas no habían ocupado

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El instinto de protección del ser humano y el deseo de sobrevivir puso en marcha la operación de mejora de las fortificaciones y defensas en las Islas gaditanas.

En la Isla de León,  sobre la base de un viejo acueducto romano que traía el agua desde el Tempul, se tejió con maestría un tramo de piedra que sobre el agua celeste del Sancti Petri, aunó dos porciones de tierras andaluzas, gaditanas e isleña. Como un brazo perpetuamente tendido entre dos frentes armados, supuso la esperanza, el miedo, la desolación y el triunfo en diversas épocas, con distintas banderas e insignias. Obra de hombres preparados  para rechazar a hombres valientes. Fuertes, golas, flancos, baterías y embocaduras destruidas y rehechas en la angustia de la guerra.

Un muro, el lienzo de una muralla, un puente como única separación entre la vida y la muerte.

Entre levas y alistamientos, era importante retomar la mejora de las defensas de la ciudad. Pero el primero de los bastiones a presentar en su máximo esplendor era un puente, el primer dique de contención de un ejército de valientes. Un puente separado de Cádiz por sólo dos leguas y media.

Y junto a éste, aquel “Castillón de León” del que habló Fray Jerónimo de la Concepción en 1660, hoy castillo de San Romualdo, con una torre de 12 varas de ancha y quince de alta que a modo de Torre de Homenaje  servia de defensa en la cabeza del Puente de Zuazo (antiguamente denominado también Suazo).

A esta, se le añadió una batería semicircular con once cañones para defender la entrada del río. Al lado opuesto de la torre se construyo la avanzada cerrada con su rastrillo que presentaba troneras, algunas hacia la entrada del río y otras hacia el mar y que impedía la entrada por el caño a cualquier embarcación por el fuego cruzado desde la torre y los diez cañones situados en la avanzada. Esta batería se construyo en 1772 y se le añadiría más tarde otra batería de tres cañones en la playa que hay fuera del Castillo, a la que se llamaría de la barca. Estas baterías contaban con hornillo de bala roja, servidas por la Artillería de Cádiz.  Las balas rojas eran proyectiles candentes, calentados al fuego antes de introducirlos en el ánima del arma y disparados a corta distancia con la intención de incendiar la nave del adversario, acertarle con el proyectil quemante a la santabárbara, provocando la ignición de la pólvora almacenada.

El Puente como tal, tenía su cabeza y gola, y en ambos había un reducto sencillo capaz para 16 piezas, rodeado con un foso de agua que por uno y otro lado comunicaba con el caño de Sancti Petri

La descripción que hace Hurtado según planos de Gaver, nos habla de que en el reducto o cabeza de puente habría espacio para unos dieciséis cañones y que serían las llamadas baterías de Concepción y de Santiago.

"Un reducto compuesto de dos iguales que comprenden el camino en medio con su rastrillo, capaces cada uno por su frente de cuatro cañones que barren los intermedios de su cortina correspondiente, y terreno opuesto, con iguales fuegos a sus costados contra los arrimos, por las salinas y otros en el reducto por la espalda, por si se sucediese algún bombardeo por el río; en todo 17 cañones”.

Junto a éstas y siguiendo la descripción de Hurtado, habría un fuerte avanzado con dos baterías a ambos lados del camino con un foso excavado en el fango: San Pedro y San Pablo.

Frente a ésta,  la batería de San Felipe, que no aparece en los planos de Gaver pero sí en la descripción que hace Huet. Su misión era impedir con sus diez cañones, defender el puente de los navíos procedentes del Atlántico por el caño.

 Hurtado nos habla de otro reducto, el que se encuentra en la gola del puente, al lado de la Isla de León que a su vez se dividiría en dos reductos: el de la batería baja que miraría al pueblo con dieciséis cañoneras y el de la batería alta con diez cañoneras que miran al mar, al río y a la entrada de la isla unidos por una escalera. Todo rodeado por un foso de agua. Fue llamada la batería de Zuazo.

"Cubre su cabeza con batería alta y baja para batir las inmediaciones que están completamente descubiertas por la distancia regular que hay hasta las primeras casas del pueblo”.

En el pretil del puente, se asentarían piezas que mandarían sus fuegos al Sur. Hurtado habla de hasta diez cañones que, junto a la batería de San Felipe y la propia situación del puente, le hacía inexpugnable.

Pero Hurtado y Huet coinciden en que habían otros lugares por los que es posible la entrada de los enemigos por la costa y por playa de Santa María desembarcando  hacia el puesto de vigilancia de Caballería, de las Alcantarillas, actual Camposoto, a pesar de la vigilancia desde el Castillo. Por lo que sin tocar siquiera el puente, podría producirse la entrada de tropas enemigas hasta el arsenal de la Carraca y tomar la Isla. Por ello coinciden en la necesidad de fortificar y armar el Cerro de los Mártires.

"Como en las tres leguas que de aquí distan a Cádiz no hay ninguna defensa, por aquí puede introducirse sin estorbo en el pueblo de la Isla de León cualquier enemigo que hubiese desembarcado en dicha playa y dirigirse a Cádiz igualmente".

Junto al Puente, el Real Carenero, construido sobre basamentos romanos. Importante a partir del descubrimiento de América como lugar de atraque para la reparación de embarcaciones procedentes del comercio indiano.

Será en los siglos XVI y XVII cuando obtuvo la denominación de "Real Carenero".  Sus actividades consistían en la fabricación de motonería, lanas y jarcias además de almacenes de aprovisionamiento e instalaciones de carenas.

Para la reconstrucción y mejora de las defensas, ante la llegada inminente de las tropas enemigas, se hizo necesario el avituallamiento de los almacenes y decretar la leva forzosa de mano de obra que sirviera en la fortificación de los lugares más castigados por ofensivas anteriores debido a lo importante de su ubicación. Una de las primeras medidas tomadas por la Junta Central sita en el Alcázar de Sevilla fue la formación de una junta de defensa o fortificación tanto de la plaza de Cádiz como de la Isla de León. No se trataba solo de solventar una obra de ingeniería, otros muchos eran los elementos necesarios para la consolidación de la resistencia: víveres, mulas, armas y  soldados.

A la atención del Ministro de la Guerra. Oficio del Marques de Villael sobre la necesidad de fortificar la plaza de Cádiz.

Durante los meses  finales de 1808 y en los de Enero y Febrero de 1809 la correspondencia entre el Marqués de Villael y el capitán general de Andalucía en la Junta de Sevilla se multiplica. La necesidad de mejorar las defensas de la Plaza de Cádiz y de la Isla de León junto a la mejora de las instalaciones  militares de la zona aparece con una extraordinaria fluidez. Se intuye el riesgo que corre la zona tras la caída de otras ciudades españolas. Se acelera la preparación para la guerra.  Todos los recursos son pocos y la fuerza de hombres perspicaces y motivados mueve hacia el correcto uso de los medios con los que cuentan.

“Puente de Suazo.

Se han hecho 3 garitas nuevas. Se han errado 90 ruedas de careñas de Marina.

Está al concluir el camino que acorta el tránsito de los reductos de la derecha y de la salida del Puente de 190 varas de largo y 5 de ancho.

Se está abriendo un foso a los Baluartes de las salinas en el camino que va a Puerto Real.

Se ha abierto una entrada en la tapia del baluarte que da comunicación al Baluarte de la izquierda por el camino nuevamente construido

Se ha empezado a  derribar los morlotes que miran a la Isla y abrir los fosos que tienen por delante. Se empieza a preparar los efectos que se necesitan para abrir el ojo grande del Puente.

Se han remitido algunas ventanas del tránsito del Puente.

Y se han principiado a ejecutar salchichones. Cádiz 4 de Febrero de 1809, Francisco Hurtado.”

Solo, un puente y los valientes hombres que lo defendieron, permitió que en un teatro transformado en hemiciclo por Antonio Prat se proclamaran las primeras Cortes Generales y Extraordinarias de las Historia de España. La separación de poderes, el principio de Soberanía Nacional y el respeto a las decisiones tomadas por los Diputados provenientes de la Península, América y Asia fueron el principio del liberalismo y el constitucionalismo, quedando decretado ese mismo día 24 de septiembre de 1810. Más tarde, el 25 de octubre se aprobaría la igualdad de todos los españoles sin tener en cuenta el lugar de nacimiento; el 10 de noviembre la libertad de imprenta; el 9 de diciembre, la Constitución de la Comisión Constitucional. Los pasos estaban dados, el camino comenzaba a recorrerse pero sólo la defensa incondicional y valiente de la Isla hizo posible los exitosos resultados.

Entonces fue cuando unos habitantes nobles y lealmente entusiasmados se pusieron a trabajar por la salvación y la felicidad futura. Se prometió remediar todos los abusos, todas las extorsiones, todos los males que se sufrían por la ocupación de España.

El poder de las palabras, el poder de los decretos quedaron impresos y comenzaron a circular por España y por América. Se cantó el Te Deum en acción de gracias en todos los dominios de su Majestad, mientras  salves de artillería resonaban en los muros de las baterías  inmediatas.

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