Al río le flaquean las fuerzas

NO es que llueva de forma irregular: es que Andalucía tiene la extensión de un país. En Villaluenga, en la Serranía de Grazalema, el pueblo de los quesos payoyos, ya se han recogido desde octubre 1.608 litros por metro cuadrado y en Cuevas de Almanzora, sólo 137. En Villanueva de Córdoba, en el valle de los Pedroches, puro territorio Covap, ya van por 369. En todos llueve más que el año pasado. Ya hay pantanos desembalsando en Andalucía y gente quejándose del agua que se está tirando al mar. Hay expresiones falsas porque se conciben desde la ignorancia. Le pasa hasta a los científicos: hablan del "ADN basura" porque aún desconocen para qué sirven los trozos de la cadena helicoidal que no expresan proteínas, como si la naturaleza fuera por ahí creando objetos inservibles.

Pero si hay un término absolutamente confuso es el de caudal ecológico, que se supone que es la mínima corriente que debe llevar un río para mantenerse vivo. Es el que le dejan a los cauces cuando los embalses deben llenarse. ¿Ecológico? Más bien sería un caudal de mantenimiento, porque el verdadero caudal ecológico es el que impone el río de modo natural sin la esclavitud de los embalses; el que permitía, por ejemplo, que en el Guadalquivir hubiera esturiones hasta mediados de siglo o que amplias zonas de Cádiz, Huelva y Sevilla cercanas a su estuario permanecieran anegadas durante algunos meses de invierno. Claro, que entonces había desbordamientos, los afluentes del Guadalquivir arrasaban barrios de Sevilla, y de no haberse construido tantos embalses, padeceríamos cortes de agua casi todos los veranos y la agricultura seguiría reducida al triste secano.

Sin embargo, el estudio que la Consejería de Medio Ambiente encargó hace unos meses a varios científicos para averiguar las causas de la turbidez del Guadalquivir va a servir para deshacer varios equívocos, además de para apuntar a un hecho preocupante: el estuario está enfermo, muy enfermo, y su mal procede en gran parte de lo que se ha venido cociendo aguas arriba en las últimas décadas.

El equipo redactor ha estado dirigido por Miguel Ángel Losada, catedrático de la Universidad de Granada, que es uno de los mayores expertos del país en estuarios, sino el primero. Con él han trabajado investigadores de las universidades de Cádiz, Huelva y Córdoba.

El estudio describe un Guadalquivir al que le flaquean las fuerzas para evacuar hasta el mar los materiales sólidos en suspensión, de ahí la persistente turbidez que lo convirtió en una riada de café con leche entre Sevilla y Bajo de Guía a lo largo del año 2007 y parte del 2008. El fenómeno desapareció, pero cualquier incidencia, como una obra en el cauce o un desembalse brusco, volverá a achocolatar el río.

Al estuario del Guadalquivir llegan aguas de dos tipos. La dulce, que ya está limitada por el reguero de embalses que hay desde las inmediaciones de Sierra Nevada hasta Sierra Morena, y la salada, mermada también por los terrenos desecados y por las marimas blindadas a su paso: arrozales, regadíos y el propio parque de Doñana. Es lo que los científicos llaman disminución del prisma de marea: a menor superficie inundable de marisma, menos agua que entra y sale del mar.

Pero a un caudal ya de por sí escaso, se le suman desembalses instantáneos de una potencia erosiva muy grande debido a que los pantanos de las inmediaciones del estuario no tienen capacidad para laminar las avenidas. En definitiva, que el río no tiene fuerza para desalojar los sólidos en suspensión, por lo que la desembocadura tiene que estar sometida constantemente a los dragados, y al mínimo desajuste, aumenta la turbidez y la salinidad. El agua del estuario, según el estudio, debería renovarse cada 15 días; sin embargo, tarda dos meses, y si hay vientos poco propicios, el período llega a extenderse hasta los tres.

Todo esto ayuda a explicar otro craso error de apreciación: el de la indignación que provoca la "cantidad de agua que el Guadalquivir tira al mar". Veamos: los ríos desembocan en el mar, no evacuan allí el agua como si fuera un sobrante. De hecho, si a usted le gustan las gambas blancas de Huelva, los langostinos de Sanlúcar, los salmontes o las coquinas -y es normal que así sea- sepa que tanta riqueza proviene precisamente de ese agua "tirada" al mar: una mezcla de saladas y dulces y de nutrientes de toda Andalucía que hacen el milagro pesquero del Golfo de Cádiz.

Sí, llueve. Los embalses que abastecen el área metropolitana de Sevilla guardan agua para tres años y dos meses y en Málaga se ha suspendido el período oficial de sequía. Pero el problema del agua en Andalucía sigue ahí, anegado, tapado durante estos días de febrero, pero latente como la que debiera ser la principal preocupación medioambiental de esta gran región con tamaño de país. La transferencia del Guadalquivir ha sido recibida como una fiesta, pero en realidad es una responsabilidad grave que dará grandes dolores de cabeza en períodos de sequía, y ojalá que estudios como el referido no terminen mojados como los campos en febrero.

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