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Punto suspensivo (1-1)
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Punto suspensivo (1-1)
Otro empate permite al Málaga mantener las ventajas, aunque tuvo dos tiros al poste y las mejores ocasiones en el Reyno de Navarra. Tras un error de Kameni, Cazorla se echó el partido a la espalda.
José L. Malo, málaga | Actualizado 24.04.2012 - 06:53Todavía no es momento de ponerle etiqueta al punto de ayer. Supo a hiel cuando el larguero y el Reyno de Navarra se quedaron temblando ante el cabezazo de Camacho. Ahuyentó los fantasmas después de que Nino metiera la lucha europea temporalmente en una lata de sardinas. Bajo ningún concepto se puede hablar del empate como un consuelo; acaso, como un equilibrio entre la imprudencia de Kameni y la determinación de Cazorla. Sí resulta impepinable referir que la pelea por la Champions aún reparte invitaciones y que el Málaga esquivó algunos de los bocados de los cocodrilos. Quedan 12 puntos, aún hay tiempo para la gloria, para morir y hasta para renacer.
El partido empezó en el mano a mano de Joaquín ante Andrés y se apagó en ese poste de Camacho. Si hay alguien con derecho a endemoniarse, ése fue el Málaga. Llegó a verse a la deriva, cierto, pero más en el marcador que en el terreno de juego. Porque los de Pellegrini siempre se movieron por la insatisfacción; huy Joaquín, huy Monreal al poste, huy ese último pase cortado in extremis por la zaga rojilla. Tuvo el peso. Y Osasuna el poso. Los de Mendilibar jugaron a no deshacerse, a proteger la trinchera para de vez en cuando asomar la cabeza y lanzar una carga. Se sintieron muy cómodos así. Llegó a birlarle el partido al Málaga en la primera mitad y marcó cuando el empate valía más para los locales.
Sin Raúl García, tirar al Málaga era una tarea de valientes. Timor, canterano pero descarado, asumió su rol. Lekic estuvo pero no estuvo, Nino se asomó con peligro, Cejudo fue lo que suele, chispazos intermitentes como el del gol. Lo dicho, Timor aglutinó en continuidad lo poco que pudo ser Osasuna cuando hubo que mirar a Kameni. Aunque las opciones las firmaran Puñal y Cejudo en airadas voleas. Ante ellas voló el camerunés. Los dos yoes que viven en él jugaron al truco de los hermanos gemelos que se intercambian. No tuvo gracia. Cuando apareció el que no sabe sacar, el que apura sobre el miocardio, el aficionado se vio lleno de miedo, desesperado.
Pero el Málaga tuvo más valientes que insensatos. Por encima de todos, Cazorla, que se puso a danzar sobre los charcos del Reyno cuando el balón olía el miedo a perder en casi todas las botas. Ya no estaba Joaquín, el otro que redimensiona este equipo casi de manera infinita. Duró decentemente 70 minutos, gran noticia para mitigar el calendario. El gaditano, el asturiano y el de la plaza de Arroyo de la Miel tejieron combinaciones deliciosas. A ratos, sí, pero que dejaban claro que el Málaga era mejor. Aunque ya es bien conocido, a esto se gana o no se gana.
Con Isco guadianesco, Cazorla agarró el kit de salvamento para enjugar el 1-0 y para convertir la moneda al aire final en monólogo blanquiazul. Cuando el ex del Villarreal mandó a la red un soberbio disparo, lleno de colocación y calidad, Osasuna levantó la bandera blanca. Decidió que el punto le valía. A Cazorla no. Hipnotizó el partido y convenció a sus compañeros para que los ataques empezaran en su imaginación. Si el Málaga tuvo la remontada en ámbar hasta el final fue por su generosa voluntad de ganar. Sin ponerse nervioso, escudriñando la opción más peligrosa a pesar del campo, tan castigado por el agua y tan épico que daba la sensación de que en cualquier momento Bustingorri podía aparecer por el carril.
No pudo el Málaga, que acabó vestido de Osasuna en el último cuarto de hora. Acumuló varios saques de esquina en los que el miedo merodeó con cada rosca de Cazorla a los dominios de Andrés Fernández, portero valiente y lleno de reflejos.
Debajo de los pies aún está la red de seguridad, tres puntos sobre el Levante en clave Champions, cuatro ante el Atlético mirando la Europa League. Se dilapida otra opción de demarrar y se tacha otra fecha en el calendario. Lo bueno es la ausencia de ambigüedad el próximo domingo ante el Valencia. Ganar o ganar. O temblar.
El partido empezó en el mano a mano de Joaquín ante Andrés y se apagó en ese poste de Camacho. Si hay alguien con derecho a endemoniarse, ése fue el Málaga. Llegó a verse a la deriva, cierto, pero más en el marcador que en el terreno de juego. Porque los de Pellegrini siempre se movieron por la insatisfacción; huy Joaquín, huy Monreal al poste, huy ese último pase cortado in extremis por la zaga rojilla. Tuvo el peso. Y Osasuna el poso. Los de Mendilibar jugaron a no deshacerse, a proteger la trinchera para de vez en cuando asomar la cabeza y lanzar una carga. Se sintieron muy cómodos así. Llegó a birlarle el partido al Málaga en la primera mitad y marcó cuando el empate valía más para los locales.
Sin Raúl García, tirar al Málaga era una tarea de valientes. Timor, canterano pero descarado, asumió su rol. Lekic estuvo pero no estuvo, Nino se asomó con peligro, Cejudo fue lo que suele, chispazos intermitentes como el del gol. Lo dicho, Timor aglutinó en continuidad lo poco que pudo ser Osasuna cuando hubo que mirar a Kameni. Aunque las opciones las firmaran Puñal y Cejudo en airadas voleas. Ante ellas voló el camerunés. Los dos yoes que viven en él jugaron al truco de los hermanos gemelos que se intercambian. No tuvo gracia. Cuando apareció el que no sabe sacar, el que apura sobre el miocardio, el aficionado se vio lleno de miedo, desesperado.
Pero el Málaga tuvo más valientes que insensatos. Por encima de todos, Cazorla, que se puso a danzar sobre los charcos del Reyno cuando el balón olía el miedo a perder en casi todas las botas. Ya no estaba Joaquín, el otro que redimensiona este equipo casi de manera infinita. Duró decentemente 70 minutos, gran noticia para mitigar el calendario. El gaditano, el asturiano y el de la plaza de Arroyo de la Miel tejieron combinaciones deliciosas. A ratos, sí, pero que dejaban claro que el Málaga era mejor. Aunque ya es bien conocido, a esto se gana o no se gana.
Con Isco guadianesco, Cazorla agarró el kit de salvamento para enjugar el 1-0 y para convertir la moneda al aire final en monólogo blanquiazul. Cuando el ex del Villarreal mandó a la red un soberbio disparo, lleno de colocación y calidad, Osasuna levantó la bandera blanca. Decidió que el punto le valía. A Cazorla no. Hipnotizó el partido y convenció a sus compañeros para que los ataques empezaran en su imaginación. Si el Málaga tuvo la remontada en ámbar hasta el final fue por su generosa voluntad de ganar. Sin ponerse nervioso, escudriñando la opción más peligrosa a pesar del campo, tan castigado por el agua y tan épico que daba la sensación de que en cualquier momento Bustingorri podía aparecer por el carril.
No pudo el Málaga, que acabó vestido de Osasuna en el último cuarto de hora. Acumuló varios saques de esquina en los que el miedo merodeó con cada rosca de Cazorla a los dominios de Andrés Fernández, portero valiente y lleno de reflejos.
Debajo de los pies aún está la red de seguridad, tres puntos sobre el Levante en clave Champions, cuatro ante el Atlético mirando la Europa League. Se dilapida otra opción de demarrar y se tacha otra fecha en el calendario. Lo bueno es la ausencia de ambigüedad el próximo domingo ante el Valencia. Ganar o ganar. O temblar.





