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Un Málaga inerte de nuevo mira para abajo
Un Málaga inerte de nuevo mira para abajo
Inoperante El equipo de Muñiz vuelve a ver el descenso a cuatro puntos tras una mala tarde en la que se le vio sin recursos para hincar el diente al Almería Feo El partido fue anodino y se decidió en un rechace sin despeje que aprovechó Soriano
José L. Malo / Almería / Enviado Especial | Actualizado 15.03.2010 - 07:15
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El panorama se vuelve a ensombrecer. Tres derrotas seguidas, una tarde de incapacidad del Málaga en Almería y un amago de reacción del Tenerife tienen la culpa. El equipo de Muñiz compareció, más bien deambuló, por el Estadio de los Juegos Mediterráneos sin nada que ofrecer. Ni por individualidades, ni por juego combinativo, ni por la estrategia que antes tan bien funcionaba ni por fe mereció el triunfo ante los de Lillo. La derrota no incorporó serios méritos locales (los puntos se decidieron a balón parado), pero reveló una preocupante falta de recursos. Si es por culpa de que Duda no estuvo, algo que sólo demostrará el tiempo, habrá que mimar mucho el estado físico del luso y que él haga por no ver muchas tarjetas para pensar en una permanencia sin sobresaltos.
En un momento de mayor desahogo no habría pasado de una mala tarde, pero la serie es claramente negativa (derrotas ante Barcelona, Xerez y Almería), mal augurio ahora que se cuece el tercio final de campeonato y los enfrentamientos en la zona baja proliferarán. El 1-0 de ayer confirma al Málaga en esa parcela de problemas, le obligan a la alerta máxima y a reflexionar sobre cómo optimizar los recursos en la plantilla para no caer en una senda de malos resultados.
Tampoco el equipo de Lillo, cuya varita sigue enrachada, expuso mucho más. De hecho, el de ayer fue un partido que ilustró perfectamente lo que significa la velocidad en el fútbol. La puramente física, la de pensamiento y la de circulación de balón. Su ausencia durante toda la primera parte recordó hasta qué punto es un factor necesario para condimentar el fútbol. Tenía Lillo a Piatti y Crusat, dos balas que hacen el campo más largo y más ancho, y el Málaga esgrimía a Benachour, que hasta que se lesionó lo intentó pero nunca pudo hacer rápidas las transiciones. En ausencia de velocidad, corrió el reloj lentamente, las redes de Munúa y Daniel Alves permanecieron inmóviles y a falta de huecos las imprecisiones contagiaron a rojiblancos y blanquiazules. Consolaba mirar al banquillo y ver que había plan B.
Entonces prendió la chispa que necesitaba el encuentro. Fue tras la reanudación, de una manera rara, en una cadena de balones ni bien rematados por el Almería ni bien despejados por el Málaga que dejó a Soriano en un escorzo a ras de suelo, una de esas jugadas que irrita tanto a los porteros por ver cómo sus rivales disparan con facilidad hasta que dan en la diana. Hasta ese momento Munúa sólo había calentado los guantes en un disparo de 30 metros y manso de Domingo Cisma, la ocasión más clara hasta entonces, fiel reflejo de la poca presencia en las área de unos y otros.
De ese modo tan alejado del ideario de Juanma Lillo se abrieron los espacios necesarios para que el fútbol aterrizara en el encuentro. Por lógica inercia, el Málaga agarró el timón y el Almería se metió en su trinchera para dejarse en las manos de las contras de Piatti y Crusat, un partido perfecto para ellos.
En ese escenario el Málaga empezó a buscar a Diego Alves con convicción. Muñiz le quitó el chándal a Apoño y muy poco después a Benachour (este cambio por obligación), es decir, velocidad de pensamiento y pase con el primero y zancada con el segundo. Ninguno de ellos arregló los problemas de profundidad y verticalidad.
Y de ahí al final Diego Alves nunca sintió el miedo del empate. No tuvo que emplearse a fondo ni en el recurso a la desesperada, que ni fue recurso ni fue desesperado porque el encuentro murió en los pies de Piatti caracoleando junto al banderín de córner para detener el cronómetro.
Tampoco hubo remedio en las acciones a balón parado, porque ayer no estaba Duda. Sólo se había perdido dos encuentros el luso, uno fue derrota (2-1 en Villarreal) y otro triunfo (1-0 al Getafe), así que no se podía hablar de dependencia de puntos, pero sin él invade un sentimiento de planicie que preocupa porque Duda no será eterno. Y confirma que Muñiz no considera a Albert Luque su relevo. El técnico no le dio ni un minuto.
En un momento de mayor desahogo no habría pasado de una mala tarde, pero la serie es claramente negativa (derrotas ante Barcelona, Xerez y Almería), mal augurio ahora que se cuece el tercio final de campeonato y los enfrentamientos en la zona baja proliferarán. El 1-0 de ayer confirma al Málaga en esa parcela de problemas, le obligan a la alerta máxima y a reflexionar sobre cómo optimizar los recursos en la plantilla para no caer en una senda de malos resultados.
Tampoco el equipo de Lillo, cuya varita sigue enrachada, expuso mucho más. De hecho, el de ayer fue un partido que ilustró perfectamente lo que significa la velocidad en el fútbol. La puramente física, la de pensamiento y la de circulación de balón. Su ausencia durante toda la primera parte recordó hasta qué punto es un factor necesario para condimentar el fútbol. Tenía Lillo a Piatti y Crusat, dos balas que hacen el campo más largo y más ancho, y el Málaga esgrimía a Benachour, que hasta que se lesionó lo intentó pero nunca pudo hacer rápidas las transiciones. En ausencia de velocidad, corrió el reloj lentamente, las redes de Munúa y Daniel Alves permanecieron inmóviles y a falta de huecos las imprecisiones contagiaron a rojiblancos y blanquiazules. Consolaba mirar al banquillo y ver que había plan B.
Entonces prendió la chispa que necesitaba el encuentro. Fue tras la reanudación, de una manera rara, en una cadena de balones ni bien rematados por el Almería ni bien despejados por el Málaga que dejó a Soriano en un escorzo a ras de suelo, una de esas jugadas que irrita tanto a los porteros por ver cómo sus rivales disparan con facilidad hasta que dan en la diana. Hasta ese momento Munúa sólo había calentado los guantes en un disparo de 30 metros y manso de Domingo Cisma, la ocasión más clara hasta entonces, fiel reflejo de la poca presencia en las área de unos y otros.
De ese modo tan alejado del ideario de Juanma Lillo se abrieron los espacios necesarios para que el fútbol aterrizara en el encuentro. Por lógica inercia, el Málaga agarró el timón y el Almería se metió en su trinchera para dejarse en las manos de las contras de Piatti y Crusat, un partido perfecto para ellos.
En ese escenario el Málaga empezó a buscar a Diego Alves con convicción. Muñiz le quitó el chándal a Apoño y muy poco después a Benachour (este cambio por obligación), es decir, velocidad de pensamiento y pase con el primero y zancada con el segundo. Ninguno de ellos arregló los problemas de profundidad y verticalidad.
Y de ahí al final Diego Alves nunca sintió el miedo del empate. No tuvo que emplearse a fondo ni en el recurso a la desesperada, que ni fue recurso ni fue desesperado porque el encuentro murió en los pies de Piatti caracoleando junto al banderín de córner para detener el cronómetro.
Tampoco hubo remedio en las acciones a balón parado, porque ayer no estaba Duda. Sólo se había perdido dos encuentros el luso, uno fue derrota (2-1 en Villarreal) y otro triunfo (1-0 al Getafe), así que no se podía hablar de dependencia de puntos, pero sin él invade un sentimiento de planicie que preocupa porque Duda no será eterno. Y confirma que Muñiz no considera a Albert Luque su relevo. El técnico no le dio ni un minuto.
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Las imágenes del Granada-Málaga
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