La valla de los mundos

La porteadora que murió pisoteada en Melilla revela el caótico comercio fronterizo en el limbo de los ‘sin papeles’

Texto: Pedro Ingelmo | Actualizado 23.11.2008 - 10:14
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 Noche sin luna en el monte Gurugú. Un grupo de africanos se desliza lareda abajo dejando atrás el chasquido del viento contra el plástico embarrado que ha sido su techo los últimos días. Humean los rescoldos de la última cena. Hablaron por el móvil con los de dentro de la valla, más allá de las luces y los alambres, y los de dentro les informaron de que en la frontera de Beni Enzar estaba el dispositivo habitual a uno y otro lado, pero que habían reforzado la guardia en los ochenta metros de valla destrozada a finales de octubre por la furia del río Mezquita. Las lluvias torrenciales en la región de Nador arrojaron sobre Melilla toneladas de cañizo y  raíces, cuarenta tortugas y lazadas de serpientes, que atravesaron la inexpugnable valla y convirtieron la ciudad en un lodazal de mugre y bichos desquiciados. Detrás de la comitiva destructora, los negros se colaron por el agujero; 45 un día, sesenta otro. Los africanos que reptan por la orilla de la alambrada, armados con ramajos y navajas, se quedaron fuera. Volverán a intentarlo. 

La estrategia de esta noche ya la probaron durante el España-Italia de la Eruocopa. Marroquíes y españoles lanzaban gritos ante el televisor. Uuuuy, casi... Pensaron que el fútbol sería su aliado. La mayoría fracasó  y volvió al Gurugú a malcomer, unos pegados a otros, calentándose entre tiritonas.
Son 150, no pasarán todos, lo saben, pero un ataque por sorpresa, a la desesperada, puede hacer ceder a las fuerzas de la frontera. Hay que franquear medio centenar de metros. Si se consigue, el resto es correr hacia la ciudad y adiós al monte. Tscchhh... Ya se ven las luces del paso de Beni-Enzar. Ahora!!! A un grito enloquecido los africanos se lanzan sobre el paso. Los gendarmes marroquíes, sorprendidos, contestan con sus porras de madera, repartiendo a diestro y siniestro. Una lluvia de golpes a la que ellos contestan con los palos arrancados a la maleza, apuñalando la nada  con sus navajas ciegas. De la oscuridad, sale un ejército de desclasados que apedrean por todos los flancos y, cuando los negros caen al suelo, les patean. “Fuera, cerdos, fuera”.  Son centenares de porteadores que, a la mañana siguiente, deberán contrabandear bultos de ropa de los chinos de Melilla a Marruecos. Y se emplean con fiereza. Los más débiles retroceden ante el empuje de los guardias y de los porteadores, volviendo a sus escondites para lamerse las heridas; otros son zarandeados y esposados. Apenas un grupo de diez ha conseguido traspasar la línea, pero allí les espera una nube de gases lacrimógenos. Los africanos lanzan dentelladas, atacan con todo. La batalla ha durado una media hora. Han perdido. 
El guardia civil de origen musulmán que nos relata el intento de asalto al paso fronterizo del pasado 10 de noviembre se detiene en su relato. “Estoy convencido de que hubo algún muerto”. Estamos en un moderno bar del puerto deportivo. Tras los veleros que duermen se ve la ensenada que pertenece a Marruecos. Desde allí salen lanchas con hachis rumbo a Alicante, ante las narices españolas. “¿Muertos?”. “¿Por qué no? La vida del negro allí no vale nada. Pregúntale a un gendarme del otro lado. Te dirá que en  Marruecos no hay negros”.
 
Ese mismo día el representante de Derechos Humanos en Melilla, José Alonso, ha comentado que no se cree la versión del asalto, que duda de que los africanos fueran armados. El presidente de la ciudad autónoma, Juan José Imbroda, denuncia la violencia de los subsaharianos. Nuestro guardia vivil se sonríe. “¿Armados? Claro, ¿qué quieren, que vengan dando las buenas noches? Les da igual que los pateen o que les den un tiro en la cabeza. Están desesperados”.
 
 Tras el fracasado asalto, antidisturbios de Fez hicieron una batida por el monte. Desmantelaron campamentos “con contundencia, por utilizar términos suaves”, explica un funcionario de la delegación del Gobierno español. Los apalean, los meten en camiones y se los llevan. “¿A dónde?” “Al desierto, a la frontera con Argelia. Vuelta a la casilla de salida”. 
 
Isabel, trabajadora de Melilla Acoge, una de las asociaciones dedicadas a atender a los inmigrantes que consiguen traspasar la frontera, afirma que “tras las cargas marroquíes deben quedar pocos subsaharianos en el monte, a lo sumo  cincuenta. Quienes han escapado han ido río arriba, esperando un momento mejor”. 
 
Imbroda ha agradecido a Marruecos su contundente colaboración. La colaboración de Marruecos depende de los fondos europeos. Así sucedió en 2005 cuando turbas de subsaharianos asaltaban cada noche la valla utilizando escaleras y dejándose las manos en los espinos ante la pasividad de los gendarmes de Mohamed VI. Lanzaban cuerdas con ganchos y tiraban de ellas derribando las alambradas. No había hombres suficientes para contener la marea. Hasta que Rabat recibió dinero europeo. De repente, Marruecos se puso las pilas y limpió su lado de la valla. 
 
Aquello fue un punto de inflexión. La ciudad se desbordó por la avalancha de inmigrantes que cada día se manifestaban en la plaza de España. Los había a cientos. A muchos se les envió a la península. Salto de casilla, nada menos que por encima del Estrecho. “Desde entonces, se hizo una importante inversión”, relata el funcionario español, “se reforzó la valla con una estructura tridimensional”. El coste de 16 kilómetros de alambre fue de 30 millones de euros.
 
 María, un rostro conocido de la televisión local de Melilla, nos lleva por la noche a recorrer la fortaleza. Ahora sí que la valla con sus fasmagóricas luces parece infranqueable. Tres láminas de alambre con una pantalla en lo alto que se vence con el peso hacia Marruecos. Entre las láminas, hay pasillos con laberintos de cables. Si un hombre cayera en el primer pasillo quedaría enredado y sería fusilado con flashes. “Al parecer, al recibir cuatro o cinco flashes, la visión se desestabiliza y pierdes la orientación. No sabes dónde estás”, nos ha explicado el funcionario.
 
La valla proyecta para María un efecto claustrofóbico. Los melillenses se sienten encerrados. “Tengo un amigo que todas las noches cruza la valla para ir a dormir a su casa. Le habían levantado la valla delante de su ventana. Todo es un poco extraño aquí”. Las casas están pegadas a la verja que recorre la circunvalación y parte en dos el cementerio, uno cristiano y otro musulmán. Hace tiempo que hay más musulmanes que cristianos en Melilla. Mueren igual, pero de los primeros nacen más y están allí para quedarse. Los de origen peninsular no lo tienen tan claro.
 
Será por ello que en Melilla florecen las agencias de viaje. La línea de Iberia que realiza ocho vuelos diarios con  Málaga va casi siempre repleta. Por toda la ciudad veremos multitud de todoterrenos. Los fines de semana los melillenses escapan a las desiertas playas del vecino. Su compensación por vivir dentro del alambre. Eso y el complemento de residencia. “Nos atrapa el sueldo. Todos los funcionarios recibimos un complemento de residencia de 800 euros. En Melilla nos aburrimos, pero en la península los sueldos son mucho más bajos”. Eso es lo que retiene a muchos guardias civiles que en la península ganarían 1.400 euros. En Melilla ganan 2.200. En el caso de las fuerzas especiales, el sueldo se incrementa por encima de 3.000 euros por defender tres meses la frontera. 
 
Pero la frontera es más permeable de lo que parece. El método más frecuente de los sin papeles es esconderse en el depósito de combustible de un coche preparado. El que hace el porte, el legal, cobra 400 euros. Si le pillan, se arriesga a 4 años de prisión, de los que cumple dos. “El otro día un Peugeot me llamó la atención. La parte de atrás parecía recién pintada y tenía unos tornillos nuevos. Sospeché. Desguazamos los bajos y vi cuatro ojos muy grandes y asustados. Eran dos chavales africanos. Uno estaba semiasfixiado”, relata el guardia civil.
 
Y es que en Melilla se comercia con todo. Cada día el paso de Beni Enzar se alfombra con cartones hechos jirones y metales retorcidos. Entre los tenderetes en los que se exponen yogures al sol y cordilleras de bidones vacíos de agua mineral, se destripan lavadoras antiguas. La chatarra de Melilla es oro al otro lado. 20.000 personas cruzan cada día para portear fardos de ropa que la comunidad china vende a precios irrisorios. Un calcetín, un dirham; un par de zapatos, dos euros... el paraíso de las Nike de pega. El mercadillo es un vocerío de dialectos. Los almacenes amanecen con rascacielos de ropa y a mediodía el resto de ropa yace en el suelo como cuerpos de una batalla. Todo este movimiento genera, según cifras oficiales, 440 millones de euros al año.
 
A 1.500 metros de Beni Enzar,  se encuentra otro paso, el del barrio chino. Aquí se cruza a pie a través de tornos. El taxista Mohamed nos lleva al lugar. Lo primero que vemos es una motocicleta cargada con cuatro bultos de ropa. Antes de llegar a la rotonda en la que se enfila hacia la frontera, el motorista es asaltado por un grupo de unos veinte marroquíes. El motociclista tira los bultos, regresa a por más ropa y deja a sus paisanos enzarzados a puñetazos. “Es la ley del más fuerte”, explica Mohamed ante nuestra cara de asombro y la pasividad de la Guardia Civil. Uno sale triunfador: su trofeo es  el fardo de ropa. Se aleja insultando a los derrotados de la refriega. Las escenas calcadas se suceden. “¿Para qué está la Guardia Civil?” “Que para qué? Si no estuvieran, se matarían a navajazos. Su presencia disuade”. En contraste con el salvajismo masculino, mujeres menudas acarrean a la espalda fardos más grandes que ellas, rostros ancianos de apenas treinta años que lentamente suben la empinada  cuesta que les separa de la frontera, a la vera de la valla. Desde la lejanía, es un reguero de hormigas aplastadas por gigantescos bultos.

Cada uno de esos bultos pesa cien kilos. El mecanismo nos lo cuenta Mohamed. Un comerciante marroquí compra mil kilos de ropa al proveedor chino. Cuenta con un primer porteador, el de la motocicleta. Este cobra dos euros por cada fardo. Llega a la explanada del barrio chino y entrega la mercancía a quien, a puñetazos, se la gane.  Quien atraviesa la frontera con el fardo tendrá que pagar la ‘rasca’ al gendarme marroquí, pongamos que 50 dirhams. En el momento en que se hace la entrega al otro lado, el porteador cobra cinco euros. Y vuelve a dentro a pelear otro fardo. “Los aduaneros marroquíes cobran unos 250 euros al mes. No viven de esa miseria, sino de la rasca”, nos confirma el guardia civil. ¿Parar esta locura, organizar este caos que se sustenta en la violencia? “No se puede. Melilla se hundiría, vive de esto”. De esto vivía la mujer que el pasado lunes murió aplastada en este lugar,  pisoteada por la avalancha que cada día se desborda sobre la explanada del barrio chino a la busca de los bultos de ropa china. Una situación que ayer volvieron a denunciar medio centenar de personas que se concentraron frente a la Delegación del Gobierno de Melilla para exigir mayores medidas de seguridad para los porteadores  marroquíes en su paso por los pasos fronterizos, escenario de tumultos casi diarios.  
 
Subsaharianos e hindúes no se mezclan en esta contienda. Cuando ya están dentro, vagabundean por la ciudad, limpian parabrisas, enceran los mercedes, matan el tiempo hasta la hora de la comida en  el Centro de  Inmigrantes  de Estancia Temporal (CITE). La aplicación de la Ley de Extranjería es papel mojado. “Mientras no diga su origen, su principal secreto, el inmigrante no se podrá repatriar”, explica Isabel, de Melilla Acoge.  Ahora, de noche, habrá unos 400 dentro del CITE, pero hay  casi los mismos en el exterior. Duermen en chabolas o debajo del puente que cruza el río y que comunica con un inexplicable campo de golf  donde nadie juega.  Nos acercamos a uno de ellos. No habla español. Tampoco inglés. Es argelino. “Prison, prison”, repite señalando el CITE. De  las sombras surgen ojos que nos van rodeando. En un momento se ha congregado una decena.  Uno de ellos, bebido hasta el vencimiento,  gesticula: moriré  aquí, moriré en Melilla. Otro que se cruza, de origen hindú, cuenta una travesía en barco, una llegada a Senegal y largos días andando. Luego pasó en los bajos de un camión. Costó “mucho mucho dinero, todo mi dinero”.

Nassera  es una chica de dieciueve años que exhibe una forzada mirada angelical. Ha perdido su permiso de residencia, asegura. Nace otra sombra que se presenta como Abdul, de Eritrea. Muestra el hierro clavado en una de sus piernas. “Me la cortarán si no lo cura un médico antes, un médico de Madrid”, traduzco de su mezcla de idiomas. Y más rostros. Piden tabaco, piden dinero,  se ofrecen a conseguirnos hachis. “Help, journalist, do you understand?” Rueda la mirada en un carrusel de historias. Uno cuenta que argelinos e hindúes no paran de provocar peleas en el centro, otro cuenta que no duerme ahí dentro porque le llevarán de nuevo a casa, porque le tirarán al desierto...  Llevan todos muchos meses en Melilla. Les exaspera este limbo. Salieron de su casa hace siglos, cruzaron el desierto. “Understand,  periodista español?”
 
En el río de lodo, en la placidez del mediodía, cuatro hombres lanzan artesanales arpones contra las culebras. “¿Qué pescáis?”. “Fish”. “What kind of fish?” “Oh, señor, only fish. ¿Problema?  Fish para comer”. “No, no problema. ¿De dónde sois?” “Bangla Desh”. Una estampa de otro mundo. Muchos mundos, pero todos en éste. Remangados los pantalones, la mirada fija en el roñoso caudal, lanzan la caña y nada. No hay fish en este río. No hay nada en este río en el que navegan restos de las aldeas miserables del otro lado de la valla.
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