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La historia interminable
La historia interminable
El esperpento vivido con Muelle Uno se suma al vaivén en el que está inmersa la integración del puerto en la ciudad · Este proyecto ya vio como la adjudicataria original, Udisa, se apeó del barco antes de iniciarse la obra
Sebastián Sánchez / Málaga | Actualizado 04.12.2011 - 01:00Una especie de sombra se extiende sobre el puerto; un mal fario que hace que todo lo que en él se planifica, se dibuja y se desarrolla lo haga con no pocos sobresaltos. A modo de carrera de obstáculos, Málaga lleva años impulsando la transformación de parte del espacio portuario en zona urbana, destinada al disfrute de los vecinos, que, por fin, salvan la que durante años ha sido frontera. Pero la consecución de este objetivo está marcada por los contratiempos, por los retrasos y, en algunos casos, por la improvisación.
Muestra de esta pena que padece la operación puerto-ciudad es lo ocurrido a principios de esta semana con el centro comercial diseñado a lo largo del muelle 1. Más de 50.000 metros cuadrados reservados para que sea referente de ocio y comercio en la capital de la Costa del Sol. Sin embargo, la premura de la promotora del proyecto por inaugurar Muelle Uno el día 29 y la inacción del Ayuntamiento de Málaga de impedir la apertura de los establecimientos hasta horas después de que hubiese levantado sus persianas, han acabado marcando a fuego una intervención que, a pesar de todo, sigue generando ilusión en pleno escenario de crisis.
Dos días han permanecido cerrados los 78 establecimientos habilitados a lo largo del muelle del Paseo de la Farola, espacio en el que aún hoy es notable la presencia de decenas de trabajadores, afanados en avanzar en lo que estaba a medio empezar cuando se decidió abrir. El escenario en obras se limita, eso sí, a la denominada esquina de oro, donde se levanta el edificio cultural, varios establecimientos destinados a la infancia y un aparcamiento de un millar de plazas, y a la reurbanización del Paseo de la Farola, que una vez acabada supondrá una transformación significativa para la zona.
"Creo que es el primer centro comercial con una apertura fallida; esto solo pasa en Málaga", reflexionaba un comerciante los días pasados. Quizá no ocurra sólo en la capital malagueña, pero la sensación arraigada desde hace años es que situaciones como la ocurrida esta semana sí suelen ocurrir aquí. El lastre de la no inauguración, seguida del cierre de los establecimientos el día después de que estuviesen abiertos, y su reapertura posterior cuando aún asoman las máquinas, es incuestionable.
Pero no es el único que pesa sobre este espacio comercial. El proyecto, más allá del retraso general que sufre el Plan Especial del Puerto, está marcado desde el mismo momento en que la empresa que lo asumió, en julio de 2005, Udisa, abandonó el barco a los pocos meses de ser la adjudicataria y antes incluso de que se iniciasen las obras. Este contratiempo acabó dilatando el progreso de la actuación, al frente de la cual se puso Miramar y Edipsa.
Un tropiezo al que agregar las controversias surgidas de forma continuada con el polémico supermercado que la promotora del muelle 1 pretendía asentar en el enclave y el diseño del edificio cultural a levantar en este mismo espacio. La reacción ciudadana y política ante el planteamiento de un Carrefour en lo que se vendió como espacio de excelencia comercial acabó por tumbar tal pretensión, echada por tierra formalmente por el Consejo de la Autoridad del Puerto a finales del pasado año.
En el caso del equipamiento cultural, las ramificaciones de la polémica implicaban a todas las administraciones presentes en el proyecto. La idea de aprovechar tan señalado escenario para promover un inmueble cuyo diseño fuese seña de identidad, tuvo el aval inicial del Ayuntamiento y del Puerto. El consenso era tal que el proyecto incluso fue expuesto públicamente, enseñado ante la ciudadanía, en una muestra del convencimiento sobre la propuesta.
Hasta que surgieron las críticas y las voces contrarias a un inmueble de 18 metros de alto (trece de ellos sobre la cota del paseo de la farola), cien metros de largo y 25 de ancho. Unas dimensiones que obligaban a modificar el Plan Especial del Puerto, al sobrepasar la cota del Paseo de la Farola. De la convicción inicial se pasó a la incertidumbre y de la incertidumbre, al rechazo. Ese fue el proceso que siguió el alcalde, Francisco de la Torre, que de estar plenamente convencido pasó a dudar. Y esta variación acabó generando la negativa del presidente del Puerto, Enrique Linde, a promover un nuevo ajuste en un planeamiento en constante vaivén.
Es una historia interminable la del muelle 1. Inmerso en el mismo interrogante que afecta a la ambición de Málaga por entrar en su puerto, este proyecto comercial se ha vuelto a topar con la pseudomaldición que afecta al puerto. Aunque bien es cierto que la improvisación que se le achaca ahora por abrir cuando no debía, no es la única que se ha conocido en los últimos meses, en los que el Ayuntamiento ha dado luz verde a al menos dos modificaciones del plan para ajustar aspectos de la obra después de esas actuaciones ya estuviesen ejecutadas.
Muelle Uno no es el único afectado por ese fantasma que algunos ven en el puerto. Bien lo saben los responsables de la reconversión del muelle 2 en espacio ciudadano. La construcción del Palmeral de las Sorpresas, asumida por la Junta de Andalucía tras la polémica del multicines ideado por la firma Chelverton, primera adjudicataria del Plan Especial del Puerto, es fiel testigo de esta maldición. Una vez iniciada la ejecución, problemas con el subsuelo obligaron a aprobar un modificado que no sólo alargaba los plazos de intervención, sino que elevaron sobremanera el coste de la operación. Superada la primera piedra, la adjudicataria de la actuación entró en quiebra económica, lo que obligó a encontrar una empresa alternativa que diese continuidad al proyecto.
Son dos ejemplos palmarios del interminable itinerario en el que lleva inmerso el puerto y su conexión con la ciudad, un proyecto tan necesario y anhelado como difícil de cumplir.
Muestra de esta pena que padece la operación puerto-ciudad es lo ocurrido a principios de esta semana con el centro comercial diseñado a lo largo del muelle 1. Más de 50.000 metros cuadrados reservados para que sea referente de ocio y comercio en la capital de la Costa del Sol. Sin embargo, la premura de la promotora del proyecto por inaugurar Muelle Uno el día 29 y la inacción del Ayuntamiento de Málaga de impedir la apertura de los establecimientos hasta horas después de que hubiese levantado sus persianas, han acabado marcando a fuego una intervención que, a pesar de todo, sigue generando ilusión en pleno escenario de crisis.
Dos días han permanecido cerrados los 78 establecimientos habilitados a lo largo del muelle del Paseo de la Farola, espacio en el que aún hoy es notable la presencia de decenas de trabajadores, afanados en avanzar en lo que estaba a medio empezar cuando se decidió abrir. El escenario en obras se limita, eso sí, a la denominada esquina de oro, donde se levanta el edificio cultural, varios establecimientos destinados a la infancia y un aparcamiento de un millar de plazas, y a la reurbanización del Paseo de la Farola, que una vez acabada supondrá una transformación significativa para la zona.
"Creo que es el primer centro comercial con una apertura fallida; esto solo pasa en Málaga", reflexionaba un comerciante los días pasados. Quizá no ocurra sólo en la capital malagueña, pero la sensación arraigada desde hace años es que situaciones como la ocurrida esta semana sí suelen ocurrir aquí. El lastre de la no inauguración, seguida del cierre de los establecimientos el día después de que estuviesen abiertos, y su reapertura posterior cuando aún asoman las máquinas, es incuestionable.
Pero no es el único que pesa sobre este espacio comercial. El proyecto, más allá del retraso general que sufre el Plan Especial del Puerto, está marcado desde el mismo momento en que la empresa que lo asumió, en julio de 2005, Udisa, abandonó el barco a los pocos meses de ser la adjudicataria y antes incluso de que se iniciasen las obras. Este contratiempo acabó dilatando el progreso de la actuación, al frente de la cual se puso Miramar y Edipsa.
Un tropiezo al que agregar las controversias surgidas de forma continuada con el polémico supermercado que la promotora del muelle 1 pretendía asentar en el enclave y el diseño del edificio cultural a levantar en este mismo espacio. La reacción ciudadana y política ante el planteamiento de un Carrefour en lo que se vendió como espacio de excelencia comercial acabó por tumbar tal pretensión, echada por tierra formalmente por el Consejo de la Autoridad del Puerto a finales del pasado año.
En el caso del equipamiento cultural, las ramificaciones de la polémica implicaban a todas las administraciones presentes en el proyecto. La idea de aprovechar tan señalado escenario para promover un inmueble cuyo diseño fuese seña de identidad, tuvo el aval inicial del Ayuntamiento y del Puerto. El consenso era tal que el proyecto incluso fue expuesto públicamente, enseñado ante la ciudadanía, en una muestra del convencimiento sobre la propuesta.
Hasta que surgieron las críticas y las voces contrarias a un inmueble de 18 metros de alto (trece de ellos sobre la cota del paseo de la farola), cien metros de largo y 25 de ancho. Unas dimensiones que obligaban a modificar el Plan Especial del Puerto, al sobrepasar la cota del Paseo de la Farola. De la convicción inicial se pasó a la incertidumbre y de la incertidumbre, al rechazo. Ese fue el proceso que siguió el alcalde, Francisco de la Torre, que de estar plenamente convencido pasó a dudar. Y esta variación acabó generando la negativa del presidente del Puerto, Enrique Linde, a promover un nuevo ajuste en un planeamiento en constante vaivén.
Es una historia interminable la del muelle 1. Inmerso en el mismo interrogante que afecta a la ambición de Málaga por entrar en su puerto, este proyecto comercial se ha vuelto a topar con la pseudomaldición que afecta al puerto. Aunque bien es cierto que la improvisación que se le achaca ahora por abrir cuando no debía, no es la única que se ha conocido en los últimos meses, en los que el Ayuntamiento ha dado luz verde a al menos dos modificaciones del plan para ajustar aspectos de la obra después de esas actuaciones ya estuviesen ejecutadas.
Muelle Uno no es el único afectado por ese fantasma que algunos ven en el puerto. Bien lo saben los responsables de la reconversión del muelle 2 en espacio ciudadano. La construcción del Palmeral de las Sorpresas, asumida por la Junta de Andalucía tras la polémica del multicines ideado por la firma Chelverton, primera adjudicataria del Plan Especial del Puerto, es fiel testigo de esta maldición. Una vez iniciada la ejecución, problemas con el subsuelo obligaron a aprobar un modificado que no sólo alargaba los plazos de intervención, sino que elevaron sobremanera el coste de la operación. Superada la primera piedra, la adjudicataria de la actuación entró en quiebra económica, lo que obligó a encontrar una empresa alternativa que diese continuidad al proyecto.
Son dos ejemplos palmarios del interminable itinerario en el que lleva inmerso el puerto y su conexión con la ciudad, un proyecto tan necesario y anhelado como difícil de cumplir.







