En los mares de júpiter

El último enclave de la capital malagueña hacia el Este es una estampa digna de otros planetas que cada verano vive su resurrección; el resto es silencio

Pablo Bujalance / Málaga | Actualizado 25.07.2010 - 01:00
No hace mucho, un joven agente de la Policía Local entró en el bar Casa Mesa, en La Araña, en pleno acto de servicio. Se quedó quieto en la barra, preguntó por el propietario del establecimiento y al punto fue atendido por Aurora. El efectivo le reclamó la licencia de apertura y ella, con la amabilidad y disposición por las que es querida por muchos (hay personas que tienen la extraña habilidad de hacer sentir a cualquiera como si estuviera en casa, y Aurora es de ésas), descolgó un recibo de la contribución que lucía bien enmarcado en la pared, justo a su espalda. "Éste es de 1927. Si le parece podemos empezar por aquí. Ahora traigo las licencias". El agente, abrumado, dio por bueno el envite y se marchó por donde vino. "Debía ser nuevo", explica Aurora detrás de la misma barra. Esta casa sirve comidas desde hace más de un siglo. Es uno de los negocios más antiguos y en activo de Málaga en su género. Quien entra se ve asediado por una colección de fotografías que no tiene desperdicio: pescadores, mercados, calles de tierra, la alineación del equipo de fútbol de La Araña de 1961 (la equipación presenta un artrópodo en su camiseta, en plan Spiderman), inundaciones, pinturas rupestres. Una amplia galería que viaja por las entrañas de este barrio que, aunque sí lo sea oficialmente, estrictamente no es un barrio. La Araña viene a ser el final de todas las cosas. Aurora asegura que lo mejor lo guarda dentro, en casa. A lo largo del siglo XX comieron en Casa Mesa embajadores, nobles italianos y toreros, a lo grande. En varias ocasiones dieron con todos los pavos que vendían en la Plaza de Félix Sáenz, traídos hasta aquí a pulso para llenar decenas de estómagos. Tras el banquete, la fiesta seguía en la playa. Aurora conserva cartas, fotos, recuerdos. Un museo interminable. Por eso, en La Araña, el pasado pesa un poco más, si cabe, cuando uno termina el refresco que ha servido Aurora delante de un anuncio de Cerveza Victoria. Malagueña y exquisita.

Más allá de El Palo, La Araña fue por tanto en su época dorada, la de las primeras luces del pasado siglo, mucho más que el apéndice surcado que es hoy. Patrimonio de pescadores, su playa coqueta, que se muestra en esta mañana limpia y apetecible, fue secreto lugar de esparcimiento para señoritos de postín, poetas que traían sus más reservados caprichos lejos del mundanal ruido y gobernadores que se hacían pasar por depravados amantes del cante y el vino. La Guerra Civil congeló todos aquellos entusiasmos, y cierta mañana de febrero de 1937 la carretera que ya entonces partía este territorio en dos quedó invadida por miles de personas que huían desesperadas y a pie hacia Almería, mientras caían bombas desde tierra, mar y aire. Algunos abuelos de los actuales propietarios de las casas asistieron a los miembros de tan terrible procesión ofreciendo pan, agua o un mínimo reposo para seguir adelante. No pocos de quienes lo habían dado todo por perdido terminaron en La Araña su carrera; para otros, este paisaje significó sólo el comienzo de su odisea. Pero otros dos acontecimientos habrían de marcar a fuego al barrio y sus moradores: la instalación y el imparable crecimiento de la cementera, propiedad en la actualidad del grupo Financiera y Minera; y la construcción de la autovía, con la consiguiente expropiación masiva que afectó prácticamente a todos los habitantes de la zona. El de la fábrica de cementos es un asunto espinoso: la mayoría de los vecinos siguen sin verla con buenos ojos y se quejan de que, ante las emisiones y los escapes como el ocurrido en 2007, ellos son los primeros en quedar expuestos a los posibles efectos; pero, además, cada intervención de la empresa en las canteras se traduce en sacudidas a menudo peligrosas para casas de una antigüedad considerable. Sin embargo, otros vecinos sí se muestran su beneplácito a la industria e incluso aseguran que sin la presencia de la cementera La Araña habría desaparecido como núcleo de población hace años. Éstos también argumentan que Financiera y Minera participa de manera directa en proyectos decisivos para la zona, como el prometido Parque Arqueológico, a modo de desagravio. Vivir aquí, de cualquier modo, no es fácil, especialmente para quienes tienen sus casas en los mismos aledaños de la autovía: el ruido es constante, el paso de vehículos pesados basta para provocar temblores en los muros y entre las emisiones de la emblemática torre y los tubos de escape la contaminación se respira con excesiva proximidad.

Cada verano significa una resurrección para La Araña. Los bares y quienes alquilan sus casas hacen su negocio, los coches se amontonan en las aceras y las familias buscan el sol merecido para sus rostros pálidos. Pero el paisaje, visto desde la carretera, es el mismo, demasiado parecido al de una imposible estación espacial levantada junto a uno de los mares de Júpiter, con la torre de la fábrica a modo de lanzadera tan insobornablemente cerca de la playa. Durante el invierno, vecinos como la mujer que se protege del sol bajo una sombrilla a la puerta de su casa, tras la que se adivina el tierno recordatorio de una primera comunión, pasan como sombras anónimas cuando se les ve desde los coches en marcha. Nadie se detiene entonces, mientras los días son tan cortos y el mar hace más profunda la noche. Los autobuses de Portillo conceden la única conexión con otros barrios, pero tan Málaga es ésta como la que se regodea cada tarde en la calle Larios. Mientras el sol pega fuerte y las jaulas para perdices de un cobertizo arden de furia, uno cae en la cuenta de que, según los hallazgos de los yacimientos localizados en las cuevas que se abren a menos de cien metros de Casa Mesa, neandertales y cromañones compartieron cultura, alimento y posiblemente algo más (para escándalo de puritanos y creacionistas) justo en esta vereda de eucaliptos hace 35.000 años. Dos especies humanas se dieron aquí la mano: un motivo más para que el pasado se clave en los pulmones, como el amoniaco. Como el aire puro en Júpiter.
2 comentarios
  • 2 jose 25.07.2010, 19:24

    El eucaliptus llegó a España, concretamente a Galicia procedente de Australia alrededor de 1850, así que dificilmente hace 35. 000 años pudieron compartir cultura aquellas generaciones por esta vereda de eucaliptus como asegura el autor. . . .

  • 1 David 25.07.2010, 14:40

    Precioso. Me ha encantado el artículo.

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