"El hombre no puede tener una relación pacífica con la naturaleza"

El ensayista malagueño presenta en la librería Luces, esta noche a las 20:00, ‘Sueño y mentira del ecologismo’ (Siglo XXI, 2008), una polémica y valiente indagación sobre la política medioambiental

J. L. García Gómez /málaga | Actualizado 19.11.2008 - 07:17
Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) publica estos días Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI, 2008), un libro valiente y original. Se trata de un ensayo acerca de las relaciones de la sociedad con la naturaleza y de la política medioambiental que debe reorganizarlas. Doctor en Derecho y Premio Extraordinario por la Universidad de Málaga, donde ahora es profesor de Ciencia Política, el autor ha sido Fulbright Scholar en la Universidad de Berkeley y apura estas semanas una estancia en la Universidad de Múnich. Es colaborador de publicaciones tales como Revista de Libros, ABCD, El País o la malagueña Zut; también traduce para la editorial Alfama.
–¿Qué busca este libro?
–Sacudir el debate público sobre el medio ambiente, a mi juicio apresado por demasiados lugares comunes e ideas recibidas, que impiden al ciudadano comprender la realidad de nuestras relaciones sociales con la naturaleza. Pasamos del eco-chic del Marie-Claire a la divinización de la foca; no es serio. Y claro, un déficit de realismo en esta materia puede conducir a las soluciones equivocadas. Sostener una posición en el plano político es el otro propósito, ligado al anterior, del libro. Esto se refleja en su estructura: filosofía primero, política después.
–Pero, ¿por qué habla de un déficit de realismo? ¿Acaso no existe la crisis ecológica sobre la que alerta el movimiento ecologista?
–No. Sobre todo, no en los términos defendidos por el ecologismo clásico, que es lo mismo que decir ecologismo radical. Hablar de crisis ecológica es ignorar la índole de las relaciones socionaturales: el hombre no puede tener una relación pacífica con la naturaleza. Desde los orígenes de la especie, nos hemos enfrentado al entorno, lo hemos transformado mediante el trabajo, nos lo hemos apropiado. Marx entendió esto muy bien; Rousseau hizo lo contrario. Existen problemas ambientales, claro; pero son inherentes a las relaciones del hombre con el medio. De hecho, en puridad, la naturaleza ya no existe. Y ésta sí que es una verdad incómoda.
–Pues mucha gente sigue yendo a pasear al campo los domingos.
–Y hacen muy bien. Pero, precisamente, van al campo, no a algo llamado Naturaleza, que no es más que una abstracción, un ensueño pastoril. También el campo es naturaleza domesticada. No hay ya una sociedad en un lado y una naturaleza en el otro: hemos transformado la naturaleza en el medio ambiente del hombre. La Arcadia nunca existió. Este debe ser el punto de partida de cualquier política de sostenibilidad.
–¿Tampoco existe el cambio climático? ¿Es usted un negacionista?
–¡Dios me libre! Sin embargo, no sé si existe. ¿Se ha dado cuenta de que tratamos este asunto como si se tratara de la existencia de Dios? Y es razonable: no hay pruebas visibles de ninguno de los dos. El cambio climático, que ha revivido al movimiento verde y le ha dado un nuevo protagonismo público, es un asunto de formidable complejidad científica. Ni usted –al menos que yo sepa– ni yo podemos emitir un juicio sensato sobre el particular; nuestros representantes políticos, por cierto, tampoco. ¿Significa eso que debemos dejar la decisión a los científicos? En absoluto. Tampoco en la comunidad científica hay acuerdo. Algo lógico, si tenemos en cuenta la escala de la hipótesis.
–¿Qué hacer entonces?
–Adoptar un enfoque pragmático. Ya que es posible trazar una comparación con la existencia de Dios, podemos prohijar la famosa apuesta de Pascal al respecto: podemos apostar a que el cambio climático no existe, y no hacer nada, con el riesgo subsiguiente; o podemos apostar a que existe y podemos influir en él, y hacer algo: este es el camino más prudente. Pero no debemos por ello embarcarnos en ningún proyecto de ingeniería social con el pretexto del peligro de extinción del género humano. Extinción, por cierto, que importaría bien poco a esa naturaleza de la que hablan los verdes radicales. Tan natural es el pingüino que nos cae bien como la rata que nos cae mal. No hacemos más que proyecciones antropomórficas.
–¿Son compatibles entonces liberalismo y ecologismo? ¿Puede el liberalismo ser verde?
–Naturalmente; debe serlo. Y ya lo es. Los cambios radicales van en contra de la evolución gradual de las sociedades que más convienen a su estabilidad. La apuesta por la sociedad liberal y abierta tiene sentido por razones de principio y por razones pragmáticas. Aunque el ecologismo fantaseó en los años 70 con el ecoautoritarismo –un mandarinato de expertos ecológicos que suspende las garantías democráticas para imponer la sostenibilidad–, esa perspectiva es delirante y no puede funcionar.
–¿Estado o mercado, entonces?
–Ambos, en la medida justa. Es tal la dimensión del cambio social necesario para alcanzar la sostenibilidad, que resulta impensable que ésta pueda decretarse estatalmente o ser el producto exclusivo de las iniciativas públicas. La sostenibilidad debe entenderse como un proceso político, pero también como un proceso social; es algo así como un proceso social orientado políticamente.
–¿Tiene que desarrollarse un debate sobre qué sostenibilidad queremos?
–Así es. Por ejemplo, no todas las formas de sostenibilidad exigen el mismo grado de protección de las formas naturales. Podemos terminar siendo un Hong-Kong global, en lugar de un Yellownstone global. ¿Y si los ciudadanos prefieren lo primero a lo segundo?
–¿Y cuál es la situación en España?
–España está, en materia medioambiental, tan atrasada como en todo lo demás. Es una sociedad poco madura, poco informada; para entendernos, no es lo bastante moderna. Y el cuidado del medio ambiente es un índice de modernización. Aquí, ni siquiera somos capaces de sacar adelante una ley antitabaco rigurosa. No olvidemos que tiramos cabras por los campanarios y que en verano, el sol cae a pico sobre la basura acumulada en contenedores, en plena calle. ¡Y el botellón! ¡El ruido! La banda sonora de España –y de Málaga en particular– es la moto con el escape libre. ¿Es que eso no es medio ambiente? En fin, para qué seguir. La España cateta no puede ser verde. Yo me conformo con poder dormir.
–Pero hemos firmado Kyoto.
–Pues sí, sólo para inclumplirlo alegremente. No veo qué diferencia hay entre no firmarlo y firmarlo para no cumplirlo; el cinismo, quizá. Además, aunque nos gusta echar la culpa de todo a la sociedad norteamericana, ésta ha empezado ha organizarse para adoptar medidas ambientales, en las que ha solido ser pionera al margen del Estado. Y lo que es más obsceno: ¡Los planes se cumplen! En Alemania pasa lo mismo. Qué extravagancia.
2 comentarios
  • 2 Lasaeta 19.11.2008, 11:53

    Pa mi que este hombre lo que dice son verdades como puños

  • 1 Cateto Ful 19.11.2008, 11:35

    qué pedante, es lo que tiene que te den la fullbright. ah, q perdone por el insultillo, pero es a lo que se dedica él en la entrevista en vez de a dar rigor a la defensa de sus tesis

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