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- "El teatro tiene que hablar de lo que nos ocurre y exponerlo en la plaza pública"
"El teatro tiene que hablar de lo que nos ocurre y exponerlo en la plaza pública"
"El teatro tiene que hablar de lo que nos ocurre y exponerlo en la plaza pública"
El próximo mes disfrutará de un homenaje del Festival de Málaga a toda una trayectoria · Defiende las películas en versión original y la necesidad de recordarle a las nuevas generaciones la vigencia de los clásicos
Rocío Armas / Málaga | Actualizado 15.03.2010 - 05:00Curtida en miles batallas escénicas y con medio centenar de películas en su mochila, Rosa María Sardá (Barcelona, 1941) se siente por momentos "agotada". Ha derrochado vis cómica hasta convencer a varias generaciones. Y en dramas como Wit ó La casa de Bernarda Alba volvió a demostrar su poder de seducción. Lo suyo es oficio, no necesita demostrarlo, pero aún así lanza una advertencia: "Hacer reír, desde la inteligencia, aunque sea pedante decirlo, es muy difícil".
-¿Siente vértigo cuando le otorguen un premio a toda una trayectoria, como el que le entrega el festival de Cine de Málaga?
-Un poco, porque eso quiere decir que ya vamos cuesta abajo (risas), pero también lo recibo con alegría. He tenido suerte y he podido vivir de lo que me gustaba cuando era joven, que era ser actriz, en un momento bastante más complicado que ahora. Con menos salidas, menos medios y oportunidades. Hoy hay más libertad pero menos papeles. Y una señora mayor como yo no tiene mucho donde elegir.
-No vende una historia contada por mujeres de su generación...
-Lo que vende es una buena historia. Pero los que las escribe también suelen ser jóvenes y a veces tienen poca cabida las personas mayores. Ahora sí, cuando aparece un papel casi siempre es muy hermoso. Pero hay que encontrar el vehículo y el personaje y, en el caso del teatro, además hay que tener las fuerzas.
-¿Y usted las tiene?
--No lo sé, ya veremos, depende. Cuando uno termina una obra como La casa de Bernarda Alba hay que darse cancha y volver a buscar.
-En esta función se enfrentó con Nuria Espert y volvió a estar dirigida por Lluis Pascual. Todo un lujo...
-Yo jamás me enfrento, porque sobre el escenario lo que estamos es acojonados (risas). Lo que hay que intentar es que el instrumento que te ha tocado tocar en esa sinfonía salga lo más afinado posible, con lo que marca el director. A mí me tocaron personas con la partitura muy bien escogida y bien dirigidas. Yo digo que Pascual me viene siempre con un ramo de flores al que no le puedo decir que no. Además en ese ramo había una flor hermosísima que era Nuria Espert y, encima, rodeada de todo el aura de Lorca.
-A estas alturas todavía sigue siendo necesario recordar la vigencia de clásicos como La casa de Bernarda Alba?
-Los clásicos están para eso, para irlos repitiendo, para que la nuevas generaciones los vayan conociendo. No es que sea repetitivo, es que hay público nuevo. Porque aún pretenden decirnos a las mujeres cuáles son nuestras libertades y nuestro poder de decisión. Todavía ahora, la matanza del cerdo...
-Y el teatro tiene que estar ahí para que nadie se olvide...
-El teatro tiene como función hablar de lo que nos ocurre -así nació-y exponerlo en la plaza pública. Y hablar de lo que necesita el pueblo y de lo que cree. El teatro tiene una función social, en eso quiero pensar, si no, creería que he perdido mi vida y mi tiempo.
-Y sigue siendo algo irrepetible...
-Y, como decía mi amigo Ventura Pons, tiene la ventaja que no se puede bajar de internet ni verlo mientras estás haciendo la cena. Cada función es irrepetible y es sólo para los que están ahí. Alguien dijo también que los actores éramos arquitectos de humo, y es verdad.
-Usted ha dirigido obras de teatro pero aún no se ha atrevido con el cine, ¿no le convence?
-Con el cine no puedo, es otro cantar. Hay que saber cosas que yo no sabría a pesar de las películas que he hecho y en las que me he fijado. Dirigir teatro es diferente, es todo plano general (risas).
-Y será más satisfactorio estar delante que detrás de la cámara...
-No, qué va. Detrás de la cámara es todo mucho más satisfactorio, no tienes que aprenderte el texto ni estar siempre a punto, además puedes estar con los que piensan.
-Ha ganado dos Goya, presentado tres veces la gala, ¿le falta ser miembro de la Academia?
-Ya lo he sido, pero cuando me dieron el primer Goya me di de baja, por cosas que no vienen al caso porque estamos de fiesta (risas).
-La ley de cine catalán obliga a doblar o subtitular al catalán la mitad de las copias, ¿cómo lo recibe?
-Todavía no acabo de entenderlo. Tengo muchos amigos que tienen el noble trabajo del doblaje, pero yo veo las películas en versión original. A mí me gusta oír a los actores como hablan y, si no entiendo el idioma, leo los subtítulos.
-¿Le molesta esa insistencia en su capacidad para la comedia?
-Me encomendaron en una época que hiciera sonreír y, en el mejor de los casos, reír y lo hice. Es algo más complicado y agotador de lo que parece. Jamás me puede doler que me digan que he hecho reír.
-¿Siente vértigo cuando le otorguen un premio a toda una trayectoria, como el que le entrega el festival de Cine de Málaga?
-Un poco, porque eso quiere decir que ya vamos cuesta abajo (risas), pero también lo recibo con alegría. He tenido suerte y he podido vivir de lo que me gustaba cuando era joven, que era ser actriz, en un momento bastante más complicado que ahora. Con menos salidas, menos medios y oportunidades. Hoy hay más libertad pero menos papeles. Y una señora mayor como yo no tiene mucho donde elegir.
-No vende una historia contada por mujeres de su generación...
-Lo que vende es una buena historia. Pero los que las escribe también suelen ser jóvenes y a veces tienen poca cabida las personas mayores. Ahora sí, cuando aparece un papel casi siempre es muy hermoso. Pero hay que encontrar el vehículo y el personaje y, en el caso del teatro, además hay que tener las fuerzas.
-¿Y usted las tiene?
--No lo sé, ya veremos, depende. Cuando uno termina una obra como La casa de Bernarda Alba hay que darse cancha y volver a buscar.
-En esta función se enfrentó con Nuria Espert y volvió a estar dirigida por Lluis Pascual. Todo un lujo...
-Yo jamás me enfrento, porque sobre el escenario lo que estamos es acojonados (risas). Lo que hay que intentar es que el instrumento que te ha tocado tocar en esa sinfonía salga lo más afinado posible, con lo que marca el director. A mí me tocaron personas con la partitura muy bien escogida y bien dirigidas. Yo digo que Pascual me viene siempre con un ramo de flores al que no le puedo decir que no. Además en ese ramo había una flor hermosísima que era Nuria Espert y, encima, rodeada de todo el aura de Lorca.
-A estas alturas todavía sigue siendo necesario recordar la vigencia de clásicos como La casa de Bernarda Alba?
-Los clásicos están para eso, para irlos repitiendo, para que la nuevas generaciones los vayan conociendo. No es que sea repetitivo, es que hay público nuevo. Porque aún pretenden decirnos a las mujeres cuáles son nuestras libertades y nuestro poder de decisión. Todavía ahora, la matanza del cerdo...
-Y el teatro tiene que estar ahí para que nadie se olvide...
-El teatro tiene como función hablar de lo que nos ocurre -así nació-y exponerlo en la plaza pública. Y hablar de lo que necesita el pueblo y de lo que cree. El teatro tiene una función social, en eso quiero pensar, si no, creería que he perdido mi vida y mi tiempo.
-Y sigue siendo algo irrepetible...
-Y, como decía mi amigo Ventura Pons, tiene la ventaja que no se puede bajar de internet ni verlo mientras estás haciendo la cena. Cada función es irrepetible y es sólo para los que están ahí. Alguien dijo también que los actores éramos arquitectos de humo, y es verdad.
-Usted ha dirigido obras de teatro pero aún no se ha atrevido con el cine, ¿no le convence?
-Con el cine no puedo, es otro cantar. Hay que saber cosas que yo no sabría a pesar de las películas que he hecho y en las que me he fijado. Dirigir teatro es diferente, es todo plano general (risas).
-Y será más satisfactorio estar delante que detrás de la cámara...
-No, qué va. Detrás de la cámara es todo mucho más satisfactorio, no tienes que aprenderte el texto ni estar siempre a punto, además puedes estar con los que piensan.
-Ha ganado dos Goya, presentado tres veces la gala, ¿le falta ser miembro de la Academia?
-Ya lo he sido, pero cuando me dieron el primer Goya me di de baja, por cosas que no vienen al caso porque estamos de fiesta (risas).
-La ley de cine catalán obliga a doblar o subtitular al catalán la mitad de las copias, ¿cómo lo recibe?
-Todavía no acabo de entenderlo. Tengo muchos amigos que tienen el noble trabajo del doblaje, pero yo veo las películas en versión original. A mí me gusta oír a los actores como hablan y, si no entiendo el idioma, leo los subtítulos.
-¿Le molesta esa insistencia en su capacidad para la comedia?
-Me encomendaron en una época que hiciera sonreír y, en el mejor de los casos, reír y lo hice. Es algo más complicado y agotador de lo que parece. Jamás me puede doler que me digan que he hecho reír.










