Apacible almuerzo en el chiringuito (y VII)

Jorge Duarte | Actualizado 04.08.2012 - 10:09
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Pues… no es mía…, bueno, sí lo es… -contestó el padre de Gorka-. Verá usted, si la pelota está en su plato es porque alguien ha amenazado de muerte a Gorka, mi…
-¿¡¡Gorka el terrorista?!! -exclamó, atónito, el Padrino-. ¡Qué fuerte!
-Si me deja que le explique -intervino de nuevo el padre de Gorka-, lo comprenderá enseguida…
-¡¡Silencio!! -ordenó el subalterno de un vozarrón -. El Padrino no ha terminado de hablar.
-¿Qué espera usted -prosiguió diciendo el Padrino-, que nos echemos a temblar porque traiga un mensajito de la ETA? A mí me amenazan todos los días, y no por eso voy dejando cabezas apuñaladas bajo las narices de la gente -sacó una pistola de la sobaquera y la dejó sobre la mesa con teatralidad-. No me deja usted muchas alternativas, ¿no cree?
-Les juro… les juro que…-. La voz le temblaba como si estuviera desnudo en el Polo Norte -¿No irá a usar esa… pistola?
-¿Se iba usted del restaurante, quizá?
-Si todavía no he terminado de comer… -protestó, aunque al punto su expresión adquirió cordura-… quiero decir… que ahora mismo me voy. Claro que sí, señor.
El padre de Gorka se dio la vuelta y se acercó a su mesa. Tras susurrar unas palabras al oído de su esposa, se levantaron y encaminaron, con la prole detrás, hacia la salida.
Justo cuando traspasaban el umbral de la puerta, nos pusimos en pie todos los que allí estábamos y empezamos a aplaudir con gran entusiasmo, como si del final de una representación teatral se tratara.
Unos pocos se acercaron a la mesa del Padrino para conocer en persona al héroe del momento. A tal efecto se formó frente a él una cola considerable. El primero de ella, un señor maduro con la expresión toda extasiada, tomó la mano del Padrino, se inclinó y besó con veneración el ostentoso anillo que llevaba. Éste mostró cierta sorpresa pero se dejó hacer. El embelesado soltó una improvisada perorata, y al cabo dejó paso al segundo, en este caso segunda, una señora madura de muy buen ver. La mujer y todos los que la siguieron repitieron puntualmente el protocolo peliculero del primero. El Padrino, cada vez más incómodo con la absurda ceremonia del anillo, lanzaba intermitentes miradas de perplejidad a su acompañante, pero no se decidía a detener aquel esperpento.
A punto de extinguirse la cola me incorporé a ella. Sentía la obligación moral de felicitar al buen hombre que había traído al lugar la plácida atmósfera original. Cuando al fin llegó mi turno le di un fuerte apretón de manos (obvié, adrede, saludarlo con tan surrealista protocolo) y le dije:
-Es usted digno de toda mi admiración. Ha zanjado de raíz un problema que a todas luces…
-Por un momento creí que no iba a venir a saludarme -me interrumpió el Padrino-. Sólo por curiosidad, sin acritud ninguna: ¿por qué ha lanzado la siniestra cabeza hacia mi mesa? ¿Nos conocemos de algo? ¿Me he acostado con su mujer o algo parecido?
-No sé… no sé de qué habla, señor… Corleone…
-¡¿Cómo cojones me ha llamado?! -gritó, todo alucinado.
-Usted perdone…, no sé en qué estaba pensando… Me recordaba usted a…
-En cierto modo es un halago -apuntó el otro gángster, esbozando una sonrisa triste-. No todos los días lo comparan a uno con Marlon Brando.
No tenía nada que temer si contaba la verdad, aunque mi estómago y bajo vientre, aquejados de calambres y retortijones respectivamente, no pensaran de igual forma.
-Le doy mi palabra -empecé a confesar-, que ha sido un lamentable accidente. Sólo quería dar una lección a unos diablillos, precisamente los hijos del tipo que acaba de echar. Quizá me haya excedido, pero estaban volviéndome loco con el baloncito.
-Esos malditos críos nos estaban amargando la comida a todos -dijo el Padrino, cordialmente.
-Lo que no acabo de entender es… que si me vio arrojar la pelota, ¿por qué ha responsabilizado al padre de esos chiquillos?
-Bueno, se me ocurrió que la única manera de que los niños dejaran de jugar a la pelota era convencer a los padres para que abandonaran el restaurante. Gracias a su arrebato hemos podido improvisar esta farsa. Sólo hacía falta un poco de imaginación, y de eso mi amigo y yo andamos sobrados.
-Pero -dije, cada vez más perplejo-, ha sido todo tan creíble, tan genial… Sus trajes, su manera de hablar…
-Relájese, hombre, que le va a dar un soponcio. En realidad somos actores. Estamos rodando una película en el pueblo y hemos venido a comer algo. Soy Álvaro Marvizón y él es Manuel Roales.
-¡Claro, cómo no los había reconocido! -exclamé con cara de tonto-. Usted -me dirigí a Roales- ha trabajado en la serie esa de Antena tres…  ¿cómo se llamaba…?
-Supongo que se refiere a Los caraduras -respondió éste-. Ahora rodamos Cosa Nostra, una comedia de mafiosos. No nos ha dado tiempo de cambiarnos, por eso tenemos esta pinta.
-Ahora entiendo todo… Pero, ¿esa pistola?
-Es de fogueo -repuso Marvizón, sosteniéndola entre sus manos y escrutándola con cierto fervor-. La verdad es que me siento seguro llevándola encima. Estos cacharros pueden llegar a ser tremendamente útiles, como ha sido el caso. ¿Está usted solo?
-Así es.
-Pues ya no lo está. Le invitamos a comer. ¡Camarero, un nuevo servicio! -vociferó el Padrino al maître tras dos palmoteos bien sonoros.
-¡Menos gritos, Milagrito! -soltó Benavides, encarándose al Padrino-. Y a tocar las palmas se va usted a la Feria de Sevilla, oiga.
-¿Qué le pasa a éste? -preguntó el Padrino, esbozando una sonrisa torcida.
-No es mala persona -respondí, mientras tomaba asiento, asegurándome de que Benavides me oyera-. Está un poco trastornado, eso es todo. Se ha venido acostando con el novio de su jefe y éste los pilló ayer infraganti en su propia cama. Resultado: un parado más en España. Un lío de faldas muy escabroso, bueno, de pantalones.
-Ha metido su juguetito donde no debía, que se llama -comentó jocosamente el Padrino.
-En este caso es aventurado conjeturar quién ha metido o ha dejado de meter, ¿no cree, señor Corleone?
Estallamos todos en carcajadas. Incluido el bueno de Benavides.   
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