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La autoridad competente

Pablo Bujalance | Actualizado 13.06.2009 - 01:00
AYER fue investido doctor honoris causa en la Universidad de Oviedo el catedrático de Teoría de la Educación de la Universidad de Málaga José Manuel Esteve Zarazaga, de quien fui alumno cuando me dio por estudiar Magisterio. Esteve ha dedicado la mayor parte de sus esfuerzos investigadores a definir la figura y la función del docente, aliado en las últimas décadas de la consideración de desprestigio social. En sus clases, este profesor brillante y meridiano somete a examen la labor del pedagogo entre quienes precisamente aspiran a ejercer tan noble oficio. Así que pocos pueden explicar con mayor legitimidad por qué el maestro y el profesor han quedado despojados de la autoridad de antaño y por qué esta nueva condición se traduce, a menudo, en situaciones de indefensión frente a alumnos displicentes y violentos.

Aprendí de Esteve que un docente no es una isla. Resultaría absurdo pretender analizar su presunta pérdida de autoridad aislándolo del centro, el currículum, los alumnos, los padres, los medios de comunicación y la Administración, que ha contribuido como pocos al desprestigio de la figura del profesor al proponer chapuzas como pagas extras a cambio de aprobados, el maltrato sistemático a los interinos o la potestad (traducida por lo bajini en obligación escrupulosa) de los directores de centro para sancionar a sus compañeros. Resulta que la Consejería de Educación anda preocupadísima por devolver la autoridad a los maestros cuando los considera meras piezas de una descomunal maquinaria burocrática, al más puro estilo soviético. La autoridad no es un derecho adquirido según las reglas del Antiguo Régimen, sino la virtud de quien hace bien su trabajo. El error es esperar a que el profesor se declare en huelga para escucharle; por contra, hay que darle las herramientas necesarias para influir por encima del discurso político de turno. Pero, ¿qué tecnócrata será capaz de bajarse del burro?