la tribuna

Banderita tú eres roja...

Jesús Nieto Jurado | Actualizado 19.06.2010 - 01:00
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ESPAÑA camisa blanca de mi esperanza. O roja. Y vamos viendo un desfile de rojigualdas balconadas, una primavera bicolor, de patriotismo y felicidad, que va inundando esta ciudad como de un sol español perdido hace ya tiempo; un sol puesto en Flandes o en el horizonte trémulo de la crisis económica. España por ahora está en Sudáfrica, bajo el gélido e iluminado invierno austral, y todo un país, o sea, el nuestro, vive esa explosión de júbilo que sólo se recuerda aquí de un 14 de abril casi en la prehistoria. España camisa blanca, o roja, y toda la ciudad de Málaga cuelga de las ventanas humildes o de los vanguardistas chalés un trapo barato, incluso descolorido, que nos hace paradójicamente más iguales. Un Mundial une lo indecible; en este país alérgico por confusión histórica a los símbolos, la mera aproximación de un Mundial sume a la colectividad en un rosario de anhelos comunes: o se sale victorioso de un mundial como se saldrá -dicen algunos- de la crisis, o nos vamos por el desagüe definitivo del apocalipsis anunciado por la derecha montaraz. España se iba rompiendo por las costuras periféricas, se puso cama y meretriz al empresariado, pero he aquí que un coro de millonarios atléticos e imberbes, humildes culés en su mayoría orgánica, ha devuelto el fuego de la esperanza a los españoles que hacía decenios que no se sentían integrantes de un plural colectivo llamado a incluir al país en el lienzo añejo de la Historia, siquiera de la historia deportiva que, salvo la machada de Aragonés, se nos quedó en un Nodo engolado y el gol de Marcelino al enemigo soviético.

El fútbol es un arma de doble filo, que apuñala en la madrugada o vertebra una nación, según se mire. En España es una religión poliédrica, donde quien critica el centralismo no se pierde un partido en el Bernabéu o su viceversa culé. O sea. El complejo de enanismo patrio nos persigue; usualmente hay una urticaria de rubor en exhibirnos como nación y enorgullecernos como tales; si acaso se acepta la españolidad como un lastre impuesto y no demasiado incómodo, aunque todo se mixtura con un relativismo vacuo y así nos va.

Pero ha pasado el tiempo, ganamos una Eurocopa futbolera y el país despertó de un letargo donde dormitaba bajo la normalidad burocrática y trágica de un europeismo de salones enmarmolados. Zapatero obviaba la realidad de su servicio político, "España es un concepto discutido y discutible", y aquí la famélica legión de los banqueros nos llevaba por la calle mayor de la amargura, con su España en la boca y Suiza, esa Suiza cojonera, en el bolsillo. El fútbol es vital en tiempos de zozobra. Quizá haya dejado de ser un opiáceo, una supraestructura en la nomenclatura del marxismo barbado, para convertirse en un consolador o ansiolítico de multitudes. Los estadios son los parlamentos populares, aunque se vocee una intrasdencencia semanal y apasionada que en nada repercute en la Carrera de San Jerónimo. El fútbol, verdaderamente, conforma un ADN sentimental innegable y, pase lo que pase, se ha demostrado una realidad sociológica impepinable: en este bendito país hay ganas de sacar el trapo rojigualdo; hay una apetencia popular y elitista, intelectual y palurda, en colgar de un mástil un orgullo perdido a golpe de cutrez nacionalista. El Mundial es el detonante para mostrar un orgullo que no hay que entender como manifestación del conservadurismo, sino como vocación general de un pueblo callado, unamuniano, que en ocasiones, cada dos años y calentándose junio, se vuelca en las plazas mayores de Castilla y Aragón, del Sur y del Norte, para reivindicarse en su condición de ciudadano perteneciente a una comunidad vetusta, episódicamente gloriosa: España.

España demuestra ser una dama antigua, ultrajada, que se mantiene remozada pese a los egoísmos periféricos. El pueblo obrero, trabajador, despliega una parafernalia textil, de banderas y camisetas de la roja, y señala a los sociólogos y los políticos que hay una cohesión nacional, diversa, sí, más allá del maniqueísmo perverso de los políticos. La bandera es un consuelo, un paño de lágrimas identitarias donde moqueamos los fracasos de la piel de toro.

Sucede que nadie se ha cansado de ser español; que en el armario polvoriento de las casonas del Limonar o en el hormiguero de la Carretera de Cádiz, nosotros, los malagueños, encomendamos los anhelos a 11 chaveas en pantalones cortos. Quizá se pueda interpretar lo que escribo como un falaz ejercicio de hipocresía; lejos de esa intención, deseo rubricar que algo se mueve, que España, todo lo diversa que sea, es, al final, ese coro de currelas prematuramente envejecidos que toman anís por la mañana y que, cuando había trabajo, se partían el lomo en el andamio. La base social se ha puesto en pie, los parias de España han sacado la bandera, y en la tela al viento con la corona real han colgado el pragmatismo de una nueva hoz y un nuevo martillo. El pueblo soberano vocea a La Roja, anima a España. Podemos ser capaces de ser algo. Los desempleados nos lo merecemos.

Ya habrá tiempo de empeñar la copa y ganar algún que otro avance social.
3 comentarios
  • 3 marta 21.06.2010, 10:06

    "España demuestra ser una dama antigua, ultrajada, que se mantiene remozada pese a los egoísmos periféricos. " ¡¡Por Dios!! ¿dama ultrajada? ¿egoismos periféricos? ¡¡Vivan los tópicos!!

  • 2 Lourdes 21.06.2010, 10:00

    Me encanta!!!!! ;)

  • 1 Estefan 19.06.2010, 19:23

    Enhorabuena, me parece una magnífica reflexión.

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