Abatiendo los límites del baile flamenco

  • Cada Bienal trae consigo la oportunidad de tomarle el pulso al flamenco.

Si nos ceñimos a la programación oficial y al baile, que tiene en la fugacidad su última esencia, lo más relevante es una pluralidad afín a la de todo el arte contemporáneo. Pocas sorpresas y revelaciones, sin embargo (por no hablar de la cada vez más rara emoción), ha habido en este bisiesto, marcado irremediablemente por la muerte del Maestro Mario Maya.

En general, continúa la tendencia a superar las servidumbres (los clásicos alante y atrás) en pos de un fructífero diálogo entre el baile y la música –o las músicas– y a cuidar los aspectos formales, especialmente la luz y el sonido. Y en lo que respecta a los contenidos, salvo excepciones como Kahlo Caló de Rojas o la Carmen de la Baras, la mayoría de las creaciones han girado en torno al pasado y sus figuras, el tiempo o la muerte. Un tema existencial y anecdótico a la vez con el que sólo unos pocos han mantenido una relación verdaderamente dialéctica, siendo mayormente un punto de apoyo para los discursos escénicos. 

Hablando estrictamente de baile, hay que destacar la técnica y la generosidad derrochada por los artistas, tanto por las grandes maestras –Merche Esmeralda, Pepa Montes, Milagros Mengíbar, etcétera– como por los más jóvenes. Al lado de los que continúan una línea más clásica –Andrés Peña entre los mejores– sorprende la madurez alcanzada por los que, hasta hace poco, eran jóvenes promesas. Artistas como Israel Galván, Andrés Marín, Isabel Bayón, Rafaela Carrasco o Javier Barón continúan en solitario sus caminos, seguros de lo que quieren expresar y buscando la complementariedad, no en otros bailes, sino en otras músicas o en artistas procedentes de otros campos. Otros, como Vargas y Chloé, Rosario Toledo o la joven Rocío Molina luchan aún por forjarse un estilo propio.

En ese sentido, el flamenco, como antes hiciera la danza contemporánea, trata de ensanchar su campo invadiendo otros terrenos, a veces inciertos pues, frente a otras danzas, el flamenco tiene en sus ritmos una clara referencia y, si se obvia, habrá que encontrarle una nueva identidad. En esta búsqueda, no siempre impulsada por necesidades creativas, el concepto de espectáculo –con excepciones como el Ballet Nacional o María Pagés, autora de una de las mejores propuestas escénicas– sigue siendo una asignatura pendiente. El intérprete es casi siempre superior al conjunto, porque no todo vale en escena, aunque un público cada vez más heterogéneo lo aplauda todo sin ton ni son. Este panorama abre, a todos los niveles, incluidos los que tenemos el trabajo de juzgar, nuevas cuestiones, acordes con este siglo XXI que nos está tocando vivir.

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