Veinte años de solera

Antes de comenzar el espectáculo, la voz de Javier Barón, uno de nuestros mejores y más humildes bailaores, además de dedicar la función a los maestros recientemente desaparecidos, recordaba cómo hace exactamente veinte años, en la misma Bienal, había ganado el Giraldillo del Baile.  

Veinte años después, con muchas cosas ya mostradas –que no es Javier amigo de grandes demostraciones– el alcalareño se permite presentar un espectáculo, sencillo de formato, sólo para disfrutar y hacer disfrutar con el flamenco. Con el cante, con la guitarra y con su baile. Tres pilares que forman un todo, una única partitura que fluye de principio a fin, ayudada también por una limpieza y una matemática escénica en la que las entradas y salidas de los siete protagonistas (dos cantaores, dos guitarristas, dos palmeros y el bailaor) no se interrumpen en ningún momento. El ritmo, efectivamente, comienza en silencio, en la cabeza de Barón, que busca sonoridades con los pies, con los dedos, con su propio cuerpo, y luego pasa de unos a otros, a veces a un solo intérprete, como en la guajira que interpreta Rivera –muy joven y estupendo, aunque  echamos de menos la guitarra de Alfredo Lagos, que tocó en el estreno de la obra, hace ya dos años en los Jueves Flamencos– o la soleá de José Valencia, el lebrijano de voz prodigiosa; y a veces a todos ellos, como cuando sube el compás por bulerías y todos rodean a un Barón capaz de sacar su gracia y ponerla por encima de su técnica. En esos momentos también echamos de menos a Grilo y a Cantarote, los dos palmeros jerezanos que participaron en el estreno. Los que presentó anoche –dos buenos bailaores en realidad– perdieron en compás pero pudieron acompañar a Barón en algunos momentos de su baile.

En esa democrática partitura el artista bailó con una inmensa generosidad y con el estilo que lo caracteriza. Pies magníficos que hacen discursos coherentes y plenamente musicales, estupenda utilización del espacio y, entre otras cosas, unos matices y unos remates pequeños, llenos de una energía sobria y casi femenina que contrasta con la masculinidad absoluta del elenco.

Hay que decir también que no hubo un sonido perfecto ni fue la mejor noche de todos, pero el público disfrutó tanto como el bailaor. Tras su ausencia en la anterior Bienal, era justo que Barón estuviese presente, como demostraron los fervorosos y cariñosos aplausos que recibió.

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