Un acertado juego de alianzas

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La pasión según se mire. XVI Bienal de Sevilla. Cia. Andrés Marín. Baile y coreografía: Andrés Marín, con la colaboración especial de Concha Vargas. Dirección escénica: Andrés Marín y Pilar Albarracín. Cante: Lole Montoya, José el de la Tomasa, Pepe de Pura y José Valencia. Guitarra: Salvador Gutiérrez, David Marín. Laúd árabe: Yorgos Karalis. Marimba: Daniel Medina. Guitarra: Salvador Gutiérrez, David Marín. Tuba: José Miguel Sanz. Clarinete: Javier Delgado. Percusión: Antonio coronel. Fecha: Lunes, 20 de septiembre. Lugar: Teatro Lope de Vega. Aforo: Lleno con las localidades agotadas.

Anoche, el capítulo del baile en la Bienal estuvo protagonizado por el creador Andrés Marín. Aunque sería más justo decir el capítulo de la creación flamenca, ya que Marín, aunque fiel a su baile y a su estilo, en este último trabajo se convierte en un auténtico orquestador de artistas y de emociones.

Los que lo conocen bien, saben que su espíritu es una pura inquietud y la música flamenca su gran pasión. Por eso no ha dejado de experimentar con ella, con sus distintos ecos y sus posibles instrumentos. Como prueba, ahí está el espectáculo de la pasada Bienal, realizado en colaboración con las famosas campanas de Lorenz Barber.

Pero lo bueno de Andrés Marín es que su supuesta modernidad, el expresionismo de sus movimientos o su ruptura de las formas ortodoxas no se oponen a nada ni a nadie. Es más, sus piezas rememoran siempre a los grandes artistas de la tradición. Y en La pasión según se mire, estrenado en el pasado Festival de Jerez, da un paso más y, en vez de recordar a otros artistas con su baile, los cita directamente en el escenario. Ése es el gran acierto de este sencillo espectáculo, tal vez menos redondo que otros en cuanto a propuesta escénica se refiere pero lleno de sabrosas alianzas.

Como enamorado de la música, Marín une a sus instrumentos flamencos un clarinete, una tuba y una marimba y se entrega a sus sonidos con su baile lleno de escorzos, de rodillas que se elevan, de brazos que se abren intentando volar. Y a todos con la guitarra de Gutiérrez en una original interpretación de la marcha de la Amargura, espléndida escénicamente. Pero también disfruta bailando tangos y soleás por bulerías y, sobre todo, convirtiendo en música su propio baile: con el peculiar sonido de sus pies, con las percusiones de su cuerpo, con los martillos...

Pero es que, además, el creador invita a dos voces que son historia: Lole Montoya: lo etéreo, la vestal que con sus cantos árabes despierta a la danza que estaba a sus pies, y José el de la Tomasa: la fuerza de la tradición, la soleá sin aditamentos, o los cantes fragüeros. Y por si fuera poco, Marín llama a escena a Concha Vargas. Un vendaval que con la voz de otro vendaval llamado José Valencia (flor y nata de Lebrija los dos) sube muchos grados la temperatura ambiente. Y Marín no se va sino que se une a su baile en un dúo impensable pues, cuando de pasiones se trata, lo apolíneo y lo dionisíaco terminan a compás.

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