Una auténtica figura del baile

Pastora. XVI Bienal de Sevilla. Pastora Galván. Coreografía y dirección musical: Israel Galván. Baile: Pastora Galván. Guitarra: Ramón Amador. Cante: David Lagos y José Valencia. Compás: Bobote. Iluminación: Rubén Camacho. Fecha: Lunes, 27 de septiembre. Lugar: Teatro Lope de Vega. Aforo: Lleno, con las localidades agotadas.

Una de las alegrías que da el paso del tiempo es ver crecer a las personas. Algunas sólo envejecen, es inevitable, pero las que maduran de verdad, desarrollando todo el potencial que llevan dentro, sin escatimar esfuerzos, nos ofrecen un verdadero motivo de felicidad.

Y eso es lo que ha pasado con Pastora Galván, primero hija de, luego, en varias bienales, hermana, y ahora, sin dejar de serlo, ella misma: una bailaora fenomenal y, además, una gran intérprete de la danza.

El espectáculo que nos ofreció anoche, y cuyo germen pudimos ver en el Festival de Jerez del pasado año, fue un ejemplo de sencillez (que no tiene nada que ver con lo simple, ni con lo fácil ni con lo improvisado). Un paseo musical por Triana en principio, aunque también por Jerez y por Lebrija, por Málaga, por Cádiz e incluso por el Levante. Porque si algo tiene en común el apellido de Pastora es el amor y el conocimiento del cante y de la música flamenca. Así la magnífica guitarra de Ramón Amador, solita ella, no dejó de llenar el escenario de acordes mientras las voces de David Lagos y José Valencia -que sustituía a La Tobala-, amén de brillar en solitario y por derecho -baste citar la soleá de Valencia y la preciosa malagueña de Lagos- ofrecían, con la ayuda siempre inestimable de Bobote, un flamenquísimo entramado musical. Y en medio, atrayendo como un imán las miradas de todo el teatro, Pastora, que empieza recordando, por bulerías, a esas bailaoras de gestos ampulosos y graciosos desplantes que habitaban la Cava de los Gitanos. Ella misma se parece a ellas, incluso baila sobre una alfobra para mitigar el sonido de la tarima. Pero ese tiempo ya pasó y el baile del siglo XXI tiene lugar en los teatros, con toda la técnica a su disposición. Así se convierte en intérprete de aquel flamenco, y posiblemente del que vio de niña, y la distancia -porque estamos en un teatro- la ponen los calcetines que lleva puestos, amén de su batita, bajo la que asoma la clásica combinación.

Luego irá sofisticando su atuendo y su baile, éste último gracias a las coreografías de Israel. Un baile fragmentado y rico que ella, valiente como es, se puso encima con un esfuerzo descomunal en La francesa y que sólo ahora convierte en algo orgánico, llenando los movimientos de curvas -las suyas-, de color y de calor, de una fuerza enorme pero controlada por su gran técnica, precisa, que ya no se derrama en excesos vanos; de una frescura que no es descaro porque Pastora, lo demostró anoche, especialmente en la seguiriya, es una bailaora madura, si bien la madurez no significa tener que dejar los guiños, las sevillanas o las chuflas. Que cada una es cada una.

Pero al entrar en ese terreno del arte donde lo medido al milímetro se convierte en una libertad para la expresión, donde el baile se vuelve danza y nada más, tal vez tenga que abandonar cosas que tmbién nos gustaban de ella. Nunca hay crecimiento sin dolor, sin pérdidas. Por eso quizá trata de encontrar un compromiso con la bata de cola y el mantón, por alegrías. Fue el único momento -y es una opinión- en que el peligro de rozar un terreno de nadie se hizo patente. Un peligro que conjuró bailando y entregándose hasta el final, hasta los finales, pues varios y muy ingeniosos los que nos regaló la sevillana hasta que por fin se cerró el telón y el público, puesto de pie, la aplaudió como loco.

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