Arpegios para los caídos

  • A Contracorriente edita en DVD 'El arpa birmana', de Kon Ichikawa, una de las grandes obras maestras del cine japonés, premiada en Venecia en 1956.

El arpa birmana. Kon Ichikawa. A Contracorriente. 111 min. Libreto 16 págs. con texto de Carlos Aguilar. 15 euros

El arpa birmana (Premio San Giorgio en Venecia 1956), de Kon Ichikawa (1915-2008), forma parte de ese selecto grupo de títulos que pusieron en el mapa mundial de la cinefilia al cine japonés tras su paso por los festivales internacionales en la década de los 50. Si Kurosawa se hacía con el León de Oro en Venecia 1950 y el Oscar al mejor filme de habla no inglesa con Rashomon para prologar su idilio con los jurados con Vivir (Oso de Oro en Berlín '52) y Los siete samuráis (León de Plata en Venecia '57), Mizoguchi ganaba consecutivamente en Venecia 1952, 1953, 1954 con Vida de O'Haru, Cuentos de la luna pálida de agosto y El intendente Sansho, y Kinugasa se hacía con la Palma de Oro en 1954 y el Oscar en 1955 con La puerta del infierno, certamen que, antes de acabar esta década gloriosa, premiaría también La vida del indómito Matsu (1958), de Inagaki, y La condición humana (1959), de Kobayashi.

Reivindicada hoy como la cinta que inspiró La delgada línea roja, de Malick, o Cartas desde Iwo Jima, de Eastwood, El arpa birmana, producción de Nikkatsu que adapta de la novela de Michio Takeyama realizada por Natto Wada, guionista y esposa de Ichikawa, se sitúa en las postrimerías de la II Guerra Mundial para recrear el trágico episodio del frente birmano en el que perecieron más de 200.000 soldados japoneses, no sólo en los combates contra el ejército aliado, sino también como consecuencia de los suicidios colectivos que apelaban al honor antes que a la rendición o a la admisión de la derrota.

Alejada del efecto kimono que había seducido a la crítica occidental con historias de geishas y samuráis ambientadas antes de la Era Meiji, la cinta de Ichikawa se sumaba a la corriente humanista que caracterizó buena parte del cine nipón de la posguerra, promulgando una mirada moral y regeneradora que contribuyera a cerrar las heridas abiertas en el pueblo japonés tras la severa derrota y las espeluznantes imágenes de la devastación que sucedieron a los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Consciente de esta necesaria labor, Ichikawa afina su Arpa birmana con una dosis de serenidad y espiritualidad encarnada en el personaje del soldado explorador Mizushima (Shoji Yasui), quien tras contemplar la masacre de sus compañeros, emprende un camino solitario de expiación disolviéndose en el paisaje birmano con su arpa en mano para convertirse en monje budista. Como apunta Dario Tomasi, los protagonistas de las películas de Ichikawa "revelan casi siempre una decencia moral innata y un deseo de independencia que les lleva a luchar -más para huir que para cambiar- contra los males de la sociedad, vista cada vez a través de un microcosmos distinto".

En efecto, la opción de Mizushima, incomprendida inicialmente por sus compañeros de escuadrón, aceptada finalmente tras la lectura de su emocionante carta de despedida, es asumida como un viaje de introspección personal de raigambre Zen que Ichikawa filma proyectando desde el interior al exterior, gracias a una depurada puesta en escena (que alterna la estasis del plano fijo compuesto con una gran precisión y los suaves desplazamientos de cámara) y, especialmente, con los salmos, cánticos y músicas para arpa compuestas por Akira Ifukube, que insuflan a los mejores pasajes del filme un tono trascendental que puede llegar a recordarnos el efecto de las canciones de los pioneros en el cine de John Ford.

Pero también es pertinente convocar aquí a Rossellini: cuando Mizushima decide abandonar el grupo y partir sólo por los paisajes horizontales de Birmania, Ichikawa lo sigue con su cámara de la misma manera que el italiano filmaba a los frailes de Francesco, juglar de Dios, a saber, con una mirada objetiva, despojada de toda retórica, una mirada que deja filtrar la realidad, el documento, para inscribirlo en una reflexión íntima y espiritual: sobre el sinsentido y el horror de la guerra, la añoranza del hogar como ritornello, el valor de lo irrenunciablemente humano como el más preciado de los bienes terrenales.

La impecable edición que nos ofrece A Contracorriente es la misma del máster de la edición internacional de Criterion, e incluye sendas entrevistas con Ichikawa y el actor Rentarô Mikuni junto a un libreto con un texto del especialista Carlos Aguilar.

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