Crítica 'El último verano'

Artistas de circo bajo la carpa de la vida

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El último verano. Comedia, Francia, 2009, 84 min. Dirección: Jacques Rivette. Guión: J. Rivette, Pascal Bonitzer. Fotografía: Irina Lubtchansky. Intérpretes: Sergio Castellitto, Jane Birkin, André Marcon, Jacques Bonnafré, Julie-Marie Parmentier, Tintin Orsoni.

Las noticias sobre su grave enfermedad apuntan a que El último verano, título español de 36 vues du Pic Saint-Loup, será la última película de Jacques Rivette, cineasta fundamental cuya obra ha atravesado la historia del cine moderno desde los días de la nouvelle vague, en los que debutaba con Paris nous appartient (1958) tras una no menos esencial e influyente etapa como crítico de Cahiers du cinéma.

Ninguneado por la distribución española, a pesar de lo cual hemos podido ver por aquí sus últimos y estupendos trabajos (Vete a saber, La duquesa de Langeais), Rivette se presenta como el más esquivo de los directores de aquella generación, también como el que más resistencia ofrece a los discursos críticos al uso, incluido el de un servidor, poco conocedor de las profundidades y claves de su obra aunque siempre seducido por los misterios, dualidades y texturas de unas películas tan enigmáticas y asendereadas en sus juegos discursivos como embriagadoras en su incondicional pasión reflexiva por los ecos y puentes entre la vida y el arte (el cine).

Algo de eso podemos sentir y disfrutar intensamente ante este filme pequeño, ligero y sencillo tocado por la gracia que regresa a paisajes conocidos (la comarca de L'Hérault en la que Rivette rodara, también con la presencia de Jane Birkin, La bella mentirosa) para poner en escena su pequeño teatro sobre la vida, sobre las máscaras y la interpretación, sobre el control y el azar, acompañando las idas, venidas, números y acrobacias (sin corte, sin truco) ejecutados por la troupe de un pequeño circo ambulante al que llegará de improviso, como extraño agente catalizador, un enigmático italiano (Sergio Castellitto) dispuesto a salvar a la melancólica princesa (en peligro) de la función.

Impregnada del flujo de la naturaleza que la rodea, una naturaleza que puede ser indistintamente renoiriana o funcionar como escenario onírico, El último verano ensaya variantes sobre la idea de la vida como representación con un cuidado infinito por esos pequeños detalles (un gesto de clown, una risa incontenible, una palabra que evoca el pasado doloroso o que cura una herida abierta, un revelador e inopinado corte de plano, unas telas de colores en el lienzo del paisaje, un saludo final a cámara) que la convierten en un auténtico festín de sensaciones plásticas y humanidad desbordante que trasciende -al mismo tiempo que revela- sus propios y gozosos enigmas.

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