Crítica 'El cumpleaños de Arianne'

Fábula de luz veraniega

El cumpleaños de Ariane. Fábula realista, Francia, 2014, 100 min. Dirección: Robert Guédiguian. Guión: Robert Guédiguian, Serge Valletti. Fotografía: Pierre Milon. Intérpretes: Ariane Ascaride, Jacques Boudet, Gérard Meylan, Jean-Pierre Darroussin, Anaïs Demoustier, Adrien Jolivet, Lola Naymark, Youssouf Djaoro.

Hubo una época en la que Robert Guédiguian cotizaba al alza en nuestro particular escalafón autorial cinéfilo, especialmente cuando los distribuidores españoles mantenían un idilio continuado con su cine estrenando una tras otra todas sus películas (Marius y Jeannette, De todo corazón, La ciudad está tranquila) en los últimos noventa.

Tal vez hayamos perdido ya aquella ingenuidad que nos hizo ver en el cineasta marsellés a un renovado cruce entre Renoir y Pagnol, siempre fiel a su ciudad y su luz de verano, a su troupe incondicional de actores amigos encargados de representar un teatro de la vida en el que la denuncia social y el compromiso político podían ser compatibles con la ligereza y un espíritu hedonista.

Guédiguian regresa a las carteleras con la que tal vez sea su película más cándida y luminosa, una declarada fábula (moral) que nos descubre unos mismos paisajes y unos mismos personajes en torno a la pequeña aventura (mental) de la Ariane del título, trasunto idealizado de la propia Ariane Ascaride, esposa y musa del director, una mujer que decide escaparse de su rutina burguesa para adentrarse en rincones desconocidos de una Marsella popular y veraniega en la que los idealistas, los locos y los enamorados forman una comunidad armónica y regeneradora.

Regalo innegable para una Ascaride espléndida, El cumpleaños de Ariane fluye en su primera parte de azares, cruces y derivas inesperadas, en su periplo de encuentros y proposiciones al son de músicas clásicas y populares arropadas por el viento cálido del Mediterráneo. Pero ese impulso de liberación y ese aire de fábula (con tortuga parlante incluida) no consiguen mantenerse firmes hasta el final del relato para terminar dispersándose y estancándose en su tercio final. Quedan, eso sí, por el camino, destellos de ese gozoso trazo veraniego del cine francés (Rohmer, Rozièr) que no deja nunca de refrescarnos las retinas y el espíritu.

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