Crítica 'Amy (La chica detrás del nombre)'

Fruta extraña

amy (La chica detrás del nombre). Documental, Reino Unido, 2015, 129 min. Dirección y guión: Asif Kapadia. Música: Antonio Pinto. Con: Amy Winehouse, Blake Fielder, Tony Bennett.

Vivir rápido, dejar un bonito cadáver… en fin, ya nos sabemos de sobra el lema que ha acompañado tantas vidas de estrellas rotas en su apogeo y esplendor, vidas apuradas con frenesí y ansiedad, vidas sufrientes enmascaradas por el reconocimiento y éxito.

La de la cantante británica Amy Winehouse (1983-2011) tal vez haya sido la última gran biografía estelar de un esquema trágico en el que la fragilidad y el talento se daban la mano en una espiral sin solución, una vida en la que, irremediablemente, volvían a repetirse los estigmas del solipsismo, la bulimia, la depresión, la necesidad de cariño, la explotación implacable, las drogas y el impulso autodestructivo.

Como ya ocurriera con su electrizante retrato de otro mito, Ayrton Senna, Asif Kapadia vuelve a tener a mano cantidades ingentes de material audiovisual (especialmente casero) de quien vivió casi literalmente expuesta las 24 horas del día a la vigilancia y el acoso de los feroces medios de comunicación, tanto en su vida pública como en su vida privada. Con todo, las imágenes y (sobre todo) los sonidos más conmovedores de este arrollador documental nos descubren a una Winehouse más cercana y retraída, a una mujer que nunca quiso ni supo asimilar el éxito que otros, también sus padres, trabajaron incansablemente para ella desde los despachos, a una impresionante cantante de jazz de la estirpe de la Holiday, tal vez con sus mismos problemas, carencias y adicciones, que perdió el control ya desde muy joven.

Tan adicta al amor salvaje como a las drogas y el alcohol que pararon su corazón el 23 de julio de 2011, la Amy que nos trae este documental se muestra un poco más allá del biopic de manual, sobre todo antes de la llegada del éxito masivo con el disco Back to Black, rodeada de un puñado de amigos de adolescencia, en el escenario íntimo de la perfomance desinhibida, cuando el márketing aún no había conseguido pulir (nunca lo haría, realmente) a esa chica judía de barrio que se expresaba y vestía a su manera, a aquel pequeño cuerpo capaz de atesorar una de las voces más personales y sobrecogedoras del pop de lo que llevamos de siglo.

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