Pretencioso y hueco ejercicio de estilo

El americano. Thriller, EEUU, 2010, 105 min. Dirección: Anton Corbijn. Guión: Rowan Joffe. Intérpretes: George Clooney, Thekla Reuten, Paolo Bonacelli, Bruce Altman, Violante Placido. Música: Herbert Grönemeyer. Fotografía: Martin Ruhe. Montaje: Andrew Hulme.

Cuando una película logra arrancar y proseguir sin que sepamos exactamente qué está pasando, por qué los personajes actúan como lo hacen o en medio del desarrollo de qué trama, iniciada antes de que la proyección empiece, nos han arrojado como si nos hubieran lanzado en paracaídas sobre un paisaje desconocido en el que nos vamos a incorporar a una lucha de la que de momento lo desconocemos todo; cuando esto pasa, triunfa el cine de suspense y mejor será la película cuanto más tiempo logre ahorrarse las explicaciones.

Este es el caso del inicio de El americano, que arranca como una de esas novelas que enganchan desde la primera página. Pero la cosa dura poco más de quince minutos. Cuando tras un estupendo inicio el protagonista se instala en un pueblecito italiano y Anton Corbijn intenta rehacer El silencio de un hombre de Jean Pierre Melville en versión rural, empiezan a aparecer grietas. Corbijn no es el gran, austero y coherente cineasta que fue Melville, sino un famoso fotógrafo y prestigiado realizador de vídeos musicales apenas iniciado en el cine (sólo ha rodado un largometraje, Control, próximo a su mundo por tratarse de la vida del cantante Ian Curtis). Clooney, un actor de escasos recursos propios que por ello depende en gran medida del talento de quien lo dirija, no posee la máscara gélida de Alain Delon (tampoco un gran actor pero un rostro esculpido en hielo que tuvo la fortuna de ser dirigido por Visconti, Antonioni, Malle o Losey). Un pueblo italiano no ofrece las atmósferas del glacial París suburbial casi monocromo en el que se desarrollaba el drama ritual de El silencio de un hombre. Y cuando aparece el personaje femenino -una prostituta que excede las posibilidades del lugar- las grietas de El americano se agrandan.

Los recursos de retórica visual, como el ave nocturna planeando sobre el pueblo, son excesivos y delatan los orígenes y formación del director. La solitaria vida del cazador que ahora se siente cazado, sus silencios en habitaciones impersonales, su meticulosidad montando y perfeccionando sus armas, su perpetua y tensa vigilia, están narradas con una voluntad de sobriedad traicionada por el preciosismo y con una lentitud que va sumando aburrimiento -rompiendo las promesas del arranque de la película- sin aportar solemnidad ritual. El homenaje a Sergio Leone a través de Hasta que llegó su hora, sobra. Otra vez la retórica. Hacia la mitad el guión empieza a patinar y el castillo de imágenes-naipe se viene lentamente abajo hasta alcanzar un último tramo disparatado cuya pretensión de solemnidad hace aún peor. La culminación trágica es grotesca.

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