Un mapa de tendencias

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Si damos un repaso a los Oscar de los últimos años, no es difícil encontrar o señalar una tendencia, una novedad o una singularidad al hilo de cada una de las cintas ganadoras. En 2009, Slumdog millionaire ratificaba ese modelo de world cinema tan definitorio de la era global e hipermoderna diseñado a partir de retazos e hibridaciones culturales, aquí entre el cine musical y colorista de Bollywood, el viejo melodrama edificante y la estética del videoclip empaquetados para todos los públicos.

El triunfo de En tierra hostil en 2010 ponía el acento en el hecho de ser la primera película ganadora dirigida por una mujer, Kathryn Bigelow, y no precisamente en un género demasiado femenino, ya que se trataba de un poderoso drama bélico sobre la adicción al peligro y la muerte en plena era de rechazo a la participación de Estados Unidos en conflictos armados internacionales. El esclerotizado Francotirador de Eastwood de esta temporada no deja de ser un simplificador remake de aquélla.

Con El discurso del rey, vencedora en 2011, Hollywood parecía retirarse momentáneamente a sus cuarteles, a ese academicismo (con aire british y aval de Miramax) y a ese gusto por la Historia, el vestuario y los personajes singulares (a ser posible con alguna discapacidad y mucho afán de superación) que han sido tradición y suelen coincidir siempre con las malas temporadas. En esta edición, sin ir más lejos, tenemos La teoría del todo o Descifrando Enigma como sucesoras del modelo.

La francesa The Artist, premiada en 2012, hizo pensar a algunos en la ilusión de un regreso del cine silente, el blanco y negro y sus formas visuales puras, algo que, como no podía ser de otra forma, se quedó en mera anécdota para amantes del pastiche.

Con Argo, Hollywood se decantaba en 2013 por un formato ligero a mitad de camino entre el thriller político de los años 70 y la televisión, síntoma de una época en la que se ha insistido hasta la saciedad en que "la mejor ficción norteamericana se refugia en las series de la pequeña pantalla", toda vez que Hollywood parece apostar cada vez más por el cine de atracciones y el espectáculo infantilizado de los blockbusters. También en 2013 La vida de Pi, del taiwanés asimilado Ang Lee, servía de referencia para recuperar el mismo discurso globalizador y multicultural de Slumdog millionaire y, de paso, otorgar visado de validez estética a ese cine digital y tridimensional basado en la postproducción en el que ya no queda apenas nada que fotografiar con una cámara.

Con 12 años de esclavitud, ganadora en 2014, el acento volvía a ponerse de nuevo en el Gran Tema, a saber, en los estragos del racismo y la Historia norteamericana como elementos para una actualización crítica de viejos fantasmas en un país gobernado por primera vez por un presidente negro. La presencia este año de Selma y su retrato de un episodio protagonizado por Martin Luther King, ratifican esta tendencia.

A pesar del apoyo del potente lobby mediático afroamericano, Steve McQueen tuvo que ceder su Oscar a la mejor dirección al mexicano Alfonso Cuarón (Gravity), en la enésima demostración del enorme poder de integración de una industria capaz de reconvertir al director de historias realistas como Y tu mamá también en el último coreógrafo de piruetas espaciales en 3D.

A la vista de los títulos que concurren por el premio al mejor filme en 2015, y sin aventurarnos a lo que la ceremonia pueda deparar, se diría que lo más llamativo reside en el hecho de que dos de las ocho cintas finalistas, Boyhood, de Richard Linklater, y El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, han llegado a este gran escaparate sin renunciar a su identidad singular y desde el ámbito del cine independiente, ese nicho de producción que los norteamericanos llaman arthouse cinema, y, sobre todo, desde sendas trayectorias bastante alejadas (en lo físico y en lo espiritual) de Hollywood y su público. Habrá quien quiera incluir también en este saco a Whiplash o incluso a Birdman, seria candidata, aunque sus formas y su tono delatan más ganas de integración mainstream que un verdadero espíritu libre o disidente.

Las trayectorias de Linklater y Anderson, la del primero en la senda del realismo americano, la del segundo desplegada desde la creación de universos de fuerte y reconocible sello iconoclasta, se han labrado paso a paso en los márgenes de Hollywood, en ese circuito indie con paradas en Austin o Sundance, en el seno de esa nueva autoría del cine norteamericano que, sin plantear un rechazo radical a la tradición propia y mirando siempre al cine moderno europeo, ha sabido preservar su autonomía y su expresión individual por encima de condicionantes industriales, incluso cuando algunas de sus películas han sido coproducidas o distribuidas por filiales de los grandes estudios.

De ganar cualquiera de las dos, algo a todas luces merecido a la vista de sus competidoras, sería la primera vez que los Oscar sancionan y culminan una carrera de reconocimiento del cine norteamericano iniciada fuera de sus fronteras, en el Festival de Berlín para más señas, hace ahora un año. Una prueba más que certifica una simbólica pérdida de centralidad de Hollywood en un panorama cinematográfico globalizado, pero que al mismo tiempo confirmaría su poderosa maquinaria de absorción, recuperación e integración de modelos externos para seguir siendo el epicentro desde el que marcar las tendencias y caminos del cine popular del futuro.

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