Crítica de Cine

Otra de miedo tonto marchando

¡Oído cocina! Otra de miedo tonto adolescente con jueguecito de por medio… Marchando… Pues aquí esta, servida en plan fast view, que es la versión cinematográfica de la fast food (por no decir junk food o comida basura). La fabrica Blumhouse, la productora del nada tonto Jason Blum que desde Paranormal Activity -15.000 dólares de presupuesto y 193 millones de recaudación: la película más rentable de la historia del cine- explota la gallina de los huevos de oro del cine de terror de bajo presupuesto y millonarios beneficios. Es una especie de súper Roger Corman, el realizador que produjo más de 300 películas baratas y dirigió una cincuentena, pero sin el discreto encanto de este artesano.

La gallina debe estar exhausta porque en una década ha producido más de 50 títulos para cines y plataformas como Netflix, multiplicando siempre su inversión e incluso trabajando con directores de prestigio como M. Night Shyamalan o logrando premios y buenas críticas con la sobrevalorada Déjame salir que además -y siguiendo las normas de la casa- costó 4,5 millones de dólares e ingresó 253. Un tipo listo para un público que tal vez no lo sea tanto como él.

Esta vez puede que vuelva a ganar mucho dinero, pero obtendrá poca gloria. Durante un viaje unos jóvenes juegan a lo que no deben, un jueguecito que resulta ser mortal y no se puede abandonar. Ni tan siquiera cuando regresan a sus casas y a sus vidas. La maldición les persigue con un tufo a Destino final. El guión, firmado por nada menos que cuatro talentos, no tiene ni pies ni cabeza e incurre en facilonerías tramposas con descaro. La dirección de Jeff Wadlow es lo que cabe esperar de quien fue responsable de Rompiendo las reglas y Kick-Ass 2: con un par. Interpretaciones no hay. ¿Y qué más da?

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