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La piel (de toro) que habitamos

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LA fiesta del cine español tiene siempre unos mismos invitados y este año ya no se van a colar ni las soledades ni los indignados con máscaras de V de Vendetta. Es la fiesta de la industria, vale, pero también la de una manera de hacer industria, la de un modelo estético concreto, un modelo pesado que, salvo excepciones, no nos pone en ningún mapa que no sea el de nuestra propia piel de toro mirándose el ombligo mientras ahí fuera (o aquí cerca) aún hay vida cinematográfica inteligente.

Las buenas noticias, empero, vienen en forma de francotiradores en un paisaje cada vez más uniformado y cobarde. Nadie puede acusar a Urbizu de haberse subido a ningún carro coyuntural. Lo suyo ha sido siempre la apuesta por revitalizar el cine de género (criminal) en un país sin tradición y con complejo de inferioridad. No habrá paz para los malvados confirma que el director de La vida mancha no sólo saber hacer hablar a Coronado sin necesidad de que abra la boca (ay, ese eterno parloteo de nuestro cine), sino que es un cinéfilo con voz propia capaz de filtrar las referencias en un reconocible paisaje nacional de corrupción y pestilencia.

El otro, claro está, es Almodóvar, cada día más incomprendido en su reinvención suicida como autor que quiere escapar de sí mismo sin dejar de ser fiel a su universo. La piel que habito, desigual e inmensa, lírica y excesiva, generosa siempre, nos ha regalado los momentos más bellos, turbadores e intensos del año sin que nos importe mucho que no sea una obra maestra.

Más allá de estos dos picos, seguimos aspirando a emparentar con la acomodada planicie transnacional (Blackthorn) o buscando fantasmas en nuestra historia con un ojo puesto en los modelos televisivos y melodramáticos más desgastados (La voz dormida), intentando de paso regenerar el escuálido star-system con nuevos rostros que ilustren portadas de suplementos de tendencias.

Mientras tanto, el cine español que más nos interesa vive lejos, muy lejos de los Goya.

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