Todo el poder en un puño

  • Leonardo DiCaprio es 'J. Edgar', director general del FBI durante medio siglo, en la película de Clint Eastwood que hoy se estrena.

La primera mitad del siglo XX es tan enigmática que de piedra tendríamos que ser para no sentirnos atraídos por ella. Y ya sea por vivir entre el poder que se manejaba en las altas esferas, o por leer que una tal Marilyn Monroe revoluciona las jóvenes mentes del momento, a todos nos gustaría parapetarnos detrás de un despacho y ver cómo el mundo debe desplomarse para aprender de su pasado. Sin embargo, John Edgar Hoover pensaba que la sociedad no tenía por qué desplomarse para entender sus actos; bastaba con que fuera la misma barrera anti-vicio la que protegiese al mundo de sí mismo. Aunque la sociedad siempre haya evitado corromperse, no podremos ni imaginarnos las mentiras que viajaban en cada apretón de manos y la violencia que se pactaba entre cada palabra que se lanzaba al aire. Es aquí cuando nos echamos atrás, y cortamos el recuerdo. Clint Eastwood va más allá de cualquier biopic que se haya rodado antes, para hacer malabares con una historia realmente suculenta, a la que muchos directores les hubiese gustado echar el guante: la que encierra J. Edgar, su última película, que llega hoy a las salas de cine.

Y resulta que casi 50 años de crimen, glamour y ambición estadounidenses prácticamente pueden resumirse en una sola persona. Eastwood, para bien o para mal, maneja la cámara con mucha clase, siendo capaz de retratar Woodstock como si fuera la crisis de los misiles. Sus últimas cintas le dejan en evidencia ante su elegante despliegue visual. Invictus narraba un mensaje con fuerza y, sin embargo, fue vendido como un producto totalmente soporífero, falto de emoción y sentimiento, y es realmente triste haber desperdiciado la formidable novela de John Carlin en un soliloquio anémico e inexpresivo. Sus odiseas orientales se tambalean más favorablemente hacia la épica del honor nipón en Cartas desde Iwo-Jima que a un Gran Torino que más bien parece un spin-off de Harry el Sucio. Consigue hacerle justicia a la novela negra americana en Mystic River, donde el peso de Sean Penn es suficiente para arrastrarla al éxito, y rompe las barreras del drama romántico en Los puentes de Madison gracias a una Meryl Streep exuberante, y como siempre, todo detrás de una hipotética y poco convencional elegancia con la que Eastwood engrasa la lente.

En J.Edgar el director es capaz de recoger el espíritu de un auténtico visionario a través de un polifacético Leonardo DiCaprio que, pese a realizar una de sus interpretaciones más labradas y diversificadas, no ha conseguido llevarse la nominación al Oscar al mejor actor. Hoover queda retratado como el sólido líder que fue, de mirada oscura, fría, capaz de derretir las almas de los más sensibles con tan sólo unas palabras. Y puede que lo más importante de la cinta sea ese regreso al pasado, donde las estrellas recorrían las alfombras rojas pisoteando los cristales de los flashes (cual DiCaprio y su particular Howard Hughes en El Aviador) y la ambición era la única droga de la que se saciaban las personas. Para que esto fuera posible, Hoover se aferró a unos ideales brutales que se plasman a la perfección en una de las cintas más arriesgadas que Clint Eastwood ha dirigido en toda su vida, para al menos darle sentido al John Dillinger de Michael Mann y al JFK de Oliver Stone. Siendo polémico como fue, tanto película como persona parecen gritar: "No les gusto. Mejor. No estoy aquí para gustarles". Tan directo como la bala que acabó con Melvin Purvis (aquel que tanta caza le dio a Dillinger), Hoover es capaz de firmar con sangre sus palabras, y de haber una mentira, la tomaremos, voluntariamente, como una gran verdad.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios