opinión

Carlos Colón

El retorno al pasado tala el árbol de la Vida

GANÓ la historia a la Vida. La minúscula de historia no es casual. Han ganado el mayor número de Oscar dos muy buenas películas -The Artist y La invención de Hugo- que no harán Historia. La mayúscula de Vida tampoco es casual: alude al árbol de Malick. No soy sospechoso de prejuicios hacia el cine inteligente y amable que seduce al público sin insultar a la inteligencia: califiqué las películas ganadoras con nuestras cinco estrellitas. El problema no es la calidad de las ganadoras, sino que la gran perdedora -El árbol de la vida- sea mucho más grande que ellas. Por eso ganó la historia (el regreso al cine mudo en blanco y negro, la recreación de la figura de Méliès) a la Vida (la obra maestra de Malick).

Hay lección en ello. En este ya largo momento de la mayor crisis transformadora de eso a lo que llamábamos cine; cuando la imparable caída libre del cine comercial, arrastrado por la escasa ilustración del público que lo sostiene, está creando guetos elitistas para minorías que se tienen por selectas; cuando ya ni tan siquiera las películas se ven en cines, sino en casa o en multisalas que son parte de grandes complejos de ocio y consumo que recuerdan a las ferias en las que se instalaban los barracones del cinematógrafo, entre las calesitas y la mujer barbuda; cuando parece que sólo los efectos especiales y la tridimensionalidad son capaces de llenar las salas en lo que se podría llamar una era neo-Méliès; cuando las cámaras digitales y la distribución de imágenes a través de la red parece abrir horizontes insospechados a la imagen en movimiento... Justo en este momento, la Academia de Hollywood premia la resurrección del cine mudo en forma de amable e inteligente comedia y el canto emocionado a la creatividad pionera de Georges Méliès, unida no casualmente al efectismo del 3D. Y olvida una obra maestra innovadora que da un gran paso en la expresión de sentimientos profundos y cuestiones complejas a través de imágenes puras; que renuncia casi del todo a los diálogos convencionales y a la estructura secuencial narrativa, sustituyéndolos por unas imágenes sensoriales y un montaje emocional que persiguen la utopía del cine como música para los ojos.

Una música no banal, sino dirigida a la inteligencia a través de los sentidos. Se prefirió la segura calidad teñida de nostalgia al riesgo del genio. Se prefirió la historia a la Vida. Si hubiera ganado la película de Malick se habría premiado la Historia y la Vida.

Nada que objetar al Oscar de Meryl Streep, gigantesca actriz de la que en estas páginas alabé su trabajo como Margaret Tatcher (puntualizando, eso sí, que era una Gulliver metida en una película liliputiense). Afortunadamente esa basura con ukelele llamada Los descendientes se llevó poco; y ni aún eso -mejor guión adaptado- se merecía esta cursi bazofia. Robert Richardson se merece el premio por la fotografía de La invención de Hugo, pero Emmanuel Lubezki se lo merecía aún más por la de El árbol de la vida. Christopher Plummer se lo merece todo siempre: le debían un Oscar. Como Dante Ferretti, genio salido del taller Fellini, por la dirección artística de La invención de Hugo.

El guión de Allen para Medianoche en París es ingenioso, pero no tiene nada que hacer frente al también nominado de Nader y Simin, una separación. La música de Alberto Iglesias para El topo supera -al igual que la de Howard Shore para La invención de Hugo- a la premiada, aunque sea una hermosa banda sonora. Sí se hizo justicia al cine tan grande como la Vida con el Oscar concedido a Nader y Simin, una separación del iraní Asghar Farhadi. Menos mal.

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