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Vida de barrio

  • La Cúpula publica 'Pólvora mojada', el último trabajo de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Detalle de la portada de 'Pólvora mojada'. Detalle de la portada de 'Pólvora mojada'.

Detalle de la portada de 'Pólvora mojada'.

¿Quién de los presentes no se ha criado y crecido en un barrio? A no ser que hayas nacido en las montañas y que tu única compañía hayan sido los animales, es bastante común que todos compartamos ese origen, ese microcosmos con sus fronteras (sabías perfectamente hasta donde podías ir, los límites en los que podías sentirte seguro) y sus personajes que, como fichas de un juego, eran imprescindibles para el funcionamiento interno de esa maquinaria imaginaria que hacía que las calles, los edificios, tuvieran vida.

Amigos, primeros juegos, peleas con chicos de otros barrios, largas tardes de verano, meriendas compartidas, bromas, amores en silencio… Todo esto y mucho más forman parte de esos recuerdos de infancia y juventud, en los que todo era más fácil (o quizá no tanto).

El dramaturgo, escritor y guionista de cómics Konrad Lorentz, junto a la dibujante Isabel Kreitz, nos vuelven a regalar un viaje al pasado de su país, Alemania. En su anterior obra publicada en nuestro país por Ediciones La Cúpula nos relataban con todo lujo de detalles las macabras andanzas del más famoso asesino en serie del país, Fritz Haarmann, con unos lápices extraordinariamente detallados, que se convierten en instantáneas de unos años oscuros (los posteriores a la Segunda Guerra Mundial).

Pues bien, en esta ocasión, este viaje titulado Pólvora mojada, adaptación de una novela autobiográfica del propio Lorenz, nos lleva a Hamburgo, concretamente al barrio de St. Pauli, un lugar golpeado por la pobreza y las restricciones a las que estuvo sometido el pueblo alemán, en concreto las clases más bajas. Los rigores de las contiendas bélicas dejan siempre un rastro de miseria por allá por donde pasa y, en el caso del pueblo alemán, aún más.

Sus habitantes, la mayoría mujeres y niños, viven una existencia en la que llevarse un plato a la boca es lo esencial. Y para ello tiran de estraperlo, involucrando a todos los miembros de la familia. Familia como la del joven Kalle, un niño que va a ser el hilo conductor de esta historia.

Vive con su madre y abuela, ya que su padre está desaparecido o muerto. Nada se sabe de él desde que terminó la Gran Guerra. Su madre se deja camelar por los pocos hombres que conviven en el lugar, en especial un doctor por el que bebe los vientos, aunque la decepción puede encontrarse a la vuelta de la esquina.

La abuela del chaval es la típica persona controladora que intenta, sin demasiado éxito, que Kalle se pliegue a sus órdenes y mandatos. El chico, está claro, tiene otras cosas en la cabeza, y es disfrutar de sus correrías con los amigos del colegio, con los que tiene una pandilla que siempre está maquinando algo. Ewu, Diantres, Fiete son sus nombres. Junto a ellos, o en solitario, siempre buscando unas monedas, se sacarán de la manga uno y mil chanchullos.

El barrio está 'controlado' por una perfecta red de información. Lo que habitualmente conocemos como 'Radio patio' aquí se ha perfeccionado y tiene en el papel de la abuela de uno de los niños, la perfecta vigía, que no pierde hilo de nada de lo que ocurre en las calles, llegando a utilizar en su 'labor' hasta unos ¡prismáticos!

Así van pasando los días, liando cigarrillos que su madre vende, haciendo pellas del colegio, huyendo del peligroso Manazas… Hasta que, de repente, su padre regresa de entre los muertos. Ludwig ha estado prisionero desde que terminó la guerra y ahora, una sombra de lo que era, vuelve con su familia, que ya no lo es tanto. La aceptación de éste por su hijo y esposa no será cosa sencilla y tan solo el tiempo irá limando asperezas, aunque el marido ha cambiado, compartiendo una oscuridad que solo conocen los que han visto el horror de cerca, como su amigo Arnold, que preferirá el olvido que se encuentra al final del cañón de una pistola…

La novela gráfica está dividida en dos partes, en la segunda Kalle ya es un joven, los años han pasado y ahora sí que sí, su atención está casi completamente centrada en conocer a una chica. Los carnavales serán el momento perfecto y en un baile se cruzará en su camino Anna, una chica con la que tendrá algo más que palabras y que, como todos los primeros amores, terminará rompiéndole el corazón.

Y en el barrio las cosas siguen más o menos igual: sus cotillas, el mercado negro, las maternales prostitutas (algunas, otras no tanto…) que sacarán a los protagonistas de más de un problema gordo… La vida seguirá para todos, no con un final (en la mayoría de los casos) sino con un punto y aparte.

Lorentz y Kreitz rememoran a la perfección unos tiempos duros de una manera perfectamente creíble en una lectura con la que en algún momento o suceso de los que se narran, nos podemos llegar a ser identificados.

Y es que, al fin y al cabo, todos somos chicos de barrio.

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