Fieramente humanos

  • 'araña, cisne, caballo'. Menchu Gutiérrez. Siruela. Madrid, 2014. 176 páginas. 14,90 euros.

Densa pero transparente, como destilada, la prosa lírica de Menchu Gutiérrez tiene la virtud de revelar la esencia de los seres o de las cosas, los paisajes, los elementos o, como aquí, los animales, abordados de una forma que no elude el aspecto externo o visible pero lo trasciende, como si en lugar de con los ojos mirara con el alma. No es una mirada, aunque introspectiva, alejada del mundo, sino religada a él de otra manera. Como los suyos anteriores, araña, cisne, caballo -la minúscula inicial sugiere una serie abierta- es un libro inclasificable, fragmentario, sometido a un ritmo y una estructura más poéticos que narrativos, escrito en una lengua que suena a música. No se trata de una novela ni la habitan personajes ni es posible resumir su argumento, porque lo que describe son sensaciones, imágenes o destellos.

Además de la parte más extensa que da título al conjunto, el libro incluye dos textos breves, titulados padre y madre, que funcionan como pórtico y coda, menciones no extrañas en una narración -"animales y recuerdos"- que tiene algo, muy leve, de memoria, como lo tiene, aunque nada expresamente, de reflexión sobre la escritura. Como antes la de haber vivido en un faro, símbolo mismo del aislamiento, la experiencia de la montaña -el bosque primordial, la naturaleza desnuda- se trasluce en estas páginas que parecen haber nacido, en parte, del contacto cotidiano con las benditas bestias domésticas, nuestras viejas compañeras, aunque también se interrogan por las que vemos en el circo o en el zoo, por las que pueblan las selvas remotas o por las que pertenecen al terreno de la fantasía. No estamos, frente a lo que podría sugerir la cubierta, ante un bestiario propiamente dicho. Lo que hace Menchu Gutiérrez es trasladar el imaginario de los animales -o a la inversa- al ámbito de lo humano, insinuando un vínculo ancestral, una comunión materializada en incesantes metamorfosis que apuntan a una realidad mayor y hasta cierto punto indiferenciada. Del mismo modo que la nieve, como se sugería en su libro anterior, refleja a modo de espejo el rostro que la contempla, también los animales nos contienen, nos explican o nos alumbran, aunque puedan además representar, como en los relatos de terror, los fantasmas o los demonios que llevamos dentro.

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