Vidas minúsculas

El día de mañana. Ignacio Martínez de Pisón. Editorial Seix Barral. Barcelona, 2011. 378 páginas. 24 euros.

Como en El tiempo de las mujeres o Dientes de leche, Ignacio Martínez de Pisón ha vuelto a fijar su mirada en el tiempo de la dictadura, en particular los años últimos del franquismo y el inicio de la transición, en muchos aspectos contaminada por la inercia del orden precedente. Lo hace, como de costumbre, sin retórica ni grandilocuencia, atento a las peripecias de la gente corriente y con una voluntad que llamaríamos intrahistórica, en la medida en que prefiere, al relato de los grandes hechos, una suma de episodios mínimos pero significativos, que reconstruyen con fidelidad y sin aspavientos el ambiente moral de una época. La desprotección de los miserables, los prejuicios y estrecheces de las clases medias, el provincianismo y la fatalidad conformista de un país anestesiado pese a la incipiente agitación, que nunca dejó de ser minoritaria… Tal es el panorama descrito en una novela impregnada de realismo, donde se propone una recreación del periodo muy alejada de la épica.

Como todas las dictaduras, el régimen franquista tenía una policía específica encargada de reprimir a los disidentes, la Brigada Político-Social de infausta memoria, a cuya red de confidentes pertenece el protagonista de El día de mañana. Justo Gil es un inmigrante aragonés que llegó a Barcelona, como tantos otros a principios de los 60, para buscarse la vida, acompañado de su madre inválida. La novela cuenta el proceso de degradación que lleva a un joven voluntarioso, con carisma personal y éxito entre las mujeres, a salir adelante a toda costa, primero trabajando a destajo o urdiendo modestas estafas y después, cuando se tuerce definitivamente, convertido en un chivato -el Rata- capaz de delatar a sus amigos o a sus amantes. Más tarde, cuando empiezan a cambiar las tornas y se extiende el fundado temor de los mandos policiales ante los cambios venideros, el antiguo confidente, ya quemado, se ve involucrado en la reacción desesperada de los grupos de la ultraderecha.

El modo en que se nos cuenta la historia constituye uno de los alicientes de El día de mañana. Son otros, hasta un total de doce personajes que tuvieron trato con Justo, quienes narran los episodios que recuerdan o vivieron en su compañía, como en una investigación o quest cuyo origen se revela al final. Esta aproximación indirecta multiplica las perspectivas y dota de mayor verosimilitud al relato, al tiempo que atrae la atención del lector sobre esos otros personajes que amplían y completan, con sus historias particulares, el fresco social de la época. De este modo, aunque el hilo conductor es la progresiva decadencia del protagonista -cuya versión de los hechos no aparece transcrita-, la novela alcanza a trazar una suerte de retrato colectivo de altísima densidad humana, donde conocemos las razones del policía Mateo Moreno, los esfuerzos por prosperar de Carme Román, la lucha clandestina del activista Eliseu Ruiz, los reportajes del criptoperiodista Manel Pérez o la confusión del adolescente Noel León, que relata la etapa final de un hombre derrotado y más a la deriva que nunca.

Esas historias particulares y la del propio Justo son contextualizadas con menciones a hechos concretos como la riada del 62 o el encierro de Montserrat, entre otros, pero no hay una voluntad de reconstrucción propiamente dicha, salvo en los pequeños detalles que lo explican todo. Tampoco es la Barcelona de la izquierda divina -que aparece episódicamente- la que aquí se nos cuenta, menos mal que no otra vez. Martínez de Pisón logra transmitir al lector el interés por la evolución de su fantasmal protagonista, siempre de forma elíptica o diferida, pero la suma de testimonios va acumulando episodios y personajes menores que no tienen relación directa con aquel, o solo en la medida en que contribuyen a ensanchar el retablo sociológico en el que se inscribe su tragedia, que se torna así inteligible.

De Martínez de Pisón suele decirse que aspira a la invisibilidad, a un estilo transparente que prefiere no interferir en el discurso de sus personajes y que estos se presenten por sí mismos, sin adornos ni explicaciones de ninguna clase. A ello habría que añadir que tampoco los retrata desde esa enojosa actitud de superioridad moral que malogra los relatos de otros narradores estimables, demasiado ocupados en dejar clara su posición respecto de los hechos que evocan. El día de mañana no es una novela de buenos y malos, aunque describa con bastante exactitud la miseria moral de aquellos tiempos menesterosos. El delator, sin ir más lejos, "un tipo nauseabundo", es capaz de cuidar hasta el final de su madre enferma o de amar a una mujer de forma fantasiosa pero abnegada, dentro de la irrealidad que lo rodea. El propósito del novelista no es juzgar a sus personajes sino construirles un discurso que explique la atmósfera opresiva en la que viven, la inseguridad y el miedo que los condiciona a todos. El país era lo que era, parece decirnos, y demasiado bien salieron las cosas.

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