Las armas y las letras

  • Edwards rinde homenaje al Señor de la Montaña con un libro entre el ensayo y la fabulación biográfica

La muerte de Montaigne. Jorge Edwards. Tusquets, Barcelona, 2011. 289 páginas. 18 euros.

Cuando Montaigne muere, en septiembre de 1592, Enrique IV el Bearnés aún no sido asesinado junto al mercado de Las Halles, y Felipe II es todavía el minucioso rector de un vasto y formidable imperio. Europa, en cualquier caso, es una hoguera religiosa; en ella han ardido o arderán Miguel Servet y Giordano Bruno. Hace unos meses, Cátedra editaba el Diario de viaje a Italia de Montaigne, y allí se daba noticia, no sólo de los balnearios de la Francia transalpina y el gusto por los cangrejos de monsieur Michel, sino de la cruenta herida, reformistas y contrarreformistas, que abrumó los años finales del Renacimiento. Esta es, en parte, la empresa de Jorge Edwards al escribir el presente libro. Libro magnífico y cordial, entre el ensayo y la fabulación biográfica, donde el señor de Montaigne, señero y humanísimo, cabalga por la campiña europea llevando en su cabeza, como antes había hecho Erasmo y luego Descartes y Spinoza, la herencia de la Antigüedad pagana, el derrotero clásico, una clara comprensión del hombre por el hombre.

La muerte de Montaigne es, pues, el resultado de una temprana y feliz lectura. Edwards, como muchos otros, supo del Señor de la Montaña a través de la obra de Azorín, en la que el magisterio de Montaigne pretende ser, no sólo magisterio de irónico y salubre escepticismo, sino magisterio vital y pupilaje humano. Ya hemos dicho que este excelente libro tiene partes de ensayo, ratos de autobiografía y trechos de fabulación histórica. En todos estos aspectos, la escritura de Edwards es descollante, erudita y amena. Sólo al hablar de la España filipina, Edwards parece ganado por la leyenda negra. Sin embargo, después de los estudios de Elliott y de Braudel, después de Bataillon y Lucien Febvre, no es lógico acudir a este viejo arquetipo del Habsburgo, que abunda en su mojigatería y en la crueldad de los Tercios. De igual modo, resulta anacrónico e inexacto hablar de "extrema derecha" referido a la Francia ultracatólica del XVI. Sea como fuere, y hecha esta salvedad, el Montaigne que Jorge Edwards reconstruye aquí es, principalmente, un hombre vivo. No un escritor desparejado del paisaje; y tampoco el hombre meramente confesional, que hablaba de sus piedras de riñón, de las impertinencias y gravámenes del cuerpo, con naturalidad inusitada. El Montaigne de La muerte de Montaigne bien pudiera ser una versión ajustada, por imaginativa y libre, de aquel caballero de provincias, alcalde de Burdeos, que alternaba el prurito viajero, el largo vagabundaje, con la grata inmovilidad de su torre-biblioteca. A D'Ors le gustaba recordar que Montaigne, tras el paseo vespertino, se vestía de gala para leer a los clásicos. Edwards, por su parte, insiste en el influjo del Señor de la Montaña sobre la alta política del siglo. Así, su amistad con Enrique de Navarra, luego Enrique IV de Francia, habría determinado la conversión de éste al catolicismo ("París bien vale una misa"), y en consecuencia, la postergada y frágil unidad del reino. En sus memorias, Alonso de Contreras, capitán de los Tercios destacado en Cambray, llama a Enrique IV el "más valiente rey que ha habido de doscientos años a esta parte", señalando de paso un misterioso episodio que subraya el carácter conspiratorio de aquel asesinato.

En fin, los Ensayos de Montaigne, como antes las Cartas del obispo Guevara, prefiguran el cauce del pensamiento moderno. Ya no se trata, pues, de la articulación de un sistema infalible y hermético, sino de una escritura especular, digresiva, de naturaleza biográfica, donde las divagaciones del autor dan pie a una obra escéptica y bienhumorada. Esa mordacidad apacible, pareja a la de Cervantes, es la que Jorge Edwards vindica en estas páginas, oponiéndola a la contienda religiosa de aquella hora, cuyo ápice de sangre fue la noche de San Bartolomé parisina. No hay que olvidar que Cervantes y Montaigne, como luego Descartes, unieron la escritura a la milicia, y el fruto de ello fue una concepción del hombre en absoluto bélica. El logro de Montaigne, no obstante, fue éste de mirarlo todo con la medida humana. Las bellas páginas firmadas por Edwards así nos lo recuerdan. Sobre el poder y su drama, escenificado por los Enriques, III y IV de Francia, Montaigne prefirió el azar de los caminos, la hermosura del mundo, la doméstica paz -Plutarco entre las manos- que anunciaba el crepúsculo.

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