El bello tenebroso

  • ¿Cómo es posible que la hermosura sea el reflejo exterior de la maldad? Es una de las preguntas que plantea Drieu la Rochelle

El fuego fatuo. Pierre Drieu la Rochelle. Alianza. Madrid, 2011. 195 páginas. 16,50 euros.

Drieu la Rochelle, como Céline, como Henry de Montherland, como el americano Pound, pertenece a esa difusa corte de malditos cuya adscripción al fascismo condenó posteriormente su obra literaria. A esta nómina cabría añadir a los rumanos de la Guardia de Hierro, Cioran, Ionesco, Mircea Eliade, Vintila Horia; a los italianos Papini y Malaparte; o ya en España, Torrente Ballester, Eugenio d'Ors, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo y Álvaro Cunqueiro. Ninguno de ellos corrió pareja suerte: el multitudinario éxito de Cioran y de Ionesco contrasta con el vago ostracismo del sabio Eliade; mientras que el actual oprobio de Céline se sobrepone a la entusiasta lectura, por ejemplo, de un alto jerarca nazi, visitante asiduo de Picasso en el París ocupado: Ernest Jünger. Sea como fuere, la calidad literaria de Drieu la Rochelle está fuera de dudas. Y este olvidado magisterio se fundamenta en una singular figura de las letras europeas: el dandi, el beau ténébreux, los Hermosos y malditos que Scott Fitzgerald, desde la otra orilla, cantaría en la inmediata entreguerra.

Esto significa que El fuego fatuo no es sólo o principalmente una novela sobre la droga. La verdadera enfermedad de Alain, cuyas últimas horas se narran aquí, es el descrédito de la realidad y una padadójica requisitoria de lo absoluto. Si Alain, trasunto de La Rochelle, finalmente se suicida, no es tanto por la tiranía física de la heroína, como por una larga apatía intelectual que se cierra con su propia muerte. Quiere decirse, pues, que el protagonista de El fuego fatuo es el directo heredero de aquéllos héroes cínicos, descreidos y altivos que dio el XIX, desde el Pechorin de Lermontov a Valle y su tardío marqués de Bradomín. Así, el Alain de La Rochelle viene de Baudelaire y de Barbey, de Lautreamont y de Thomas de Quincey, del beau Brummel, elegante mascota de Jorge IV, y de aquel Dorian Gray fabulado por Wilde, cuya maldad no era evidente al espectador, sino que iba adensándose, como un barniz maligno y progresivo, sobre su retrato. En este sentido el bello tenebroso es la expresión de una paradoja que atraviesa el Romanticismo de parte a parte: ¿cómo es posible que la belleza, que la hermosura, sea el reflejo exterior de la maldad, de la duda, de las internas fuerzas que operan en el interior humano y que hasta entonces no asoman, abrupta y poderosamente, al arte?

Sin duda, el dandy novelado aquí por La Rochelle no es ya aquél figurón extático e impasible del XIX; no obstante, como ellos ha encontrado en el cinismo, en la inmovilidad, en la pose hierática y la frase punzante, una suerte de paliativo contra el grande y agitado rumor del mundo. Alain acude a los paraísos artificiales, Alain busca a través de las mujeres el resplandor del oro, Alain se suicida finalmente, no tanto por una disipación juvenil (Alain ya no es joven), como por la tenue firmeza, el brillo espurio y la luz perecedera que dicha disipación le otorga. No conviene olvidar que El fuego fatuo se publica al filo del año 30, y que varias generaciones de hombres, curtidos en la Gran Guerra o supervivientes de ella, se acogieron a este gesto, entre la desesperación y la humorada, que caracterizó a las vanguardias desde el temprano dadaísmo de Tristan Tzara (deslumbrantes oleos de Valloton, caligramas de Apolinairre, manifiestos de Lewis y Marinetti), hasta el surrealismo de Andre Breton o el propio La Rochelle, veterano de Verdún y vanguardista primerizo en el París que siguió al Tratado de Versalles.

Quiere decirse que Drieu la Rochelle, como muchos otros en aquella hora, osciló vertiginosamente del comunismo al fascismo, del socialismo a la causa totalitaria, y ello sin desdecirse de aquella vieja vocación, tan francesa, de epatar a la burguesía. Al contrario que Céline, nunca fue antisemita. A diferencia del nacionalista al uso, pensó que la salvación de Francia era una Europa fuerte y unida (también por la fuerza). Llegado el crepúsculo de Vichy, sin embargo, este admirador de Borges, antiguo amante de Victoria Ocampo, dio término a sus días envenenándose con gas y barbitúricos. Su obra, aún hoy, es plenamente vigente; su ideario, no obstante, pertenece a la vana arqueología, a las funestas sombras que poblaron el siglo XX.

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