Sobre la catalogación del mundo

  • Akal rescata 'Historia de la Antigüedad', basado en la primera edición alemana publicada en Dresde en 1764 por Winckelmann

Historia del arte de la Antigüedad. Joham Joachim Winckelmann. Traducción Joaquín Chamorro Mielke. Akal. Madrid, 2011. 222 páginas. 19 euros.

El XVIII neoclásico supone una vasta ordenación del mundo: sobre la Enciclopedia de Diderot y el caballero De Jaucourt, gravitan la Biología de Linneo, la Historia Natural de Buffon, la Geografía de Humboldt, el Derecho Civil de Beccaria, la Astronomía de Laplace y la Arqueología -la Historia del Arte- de Johann Joachim Winckelmann. En Winckelmann, sin embargo, se añade un extraño derrotero a la limpia catalogación del orbe. Sobre su ensoñación helénica, sobre aquella "noble sencillez y apacible grandeza", construirán sus imágenes el romanticismo de Goethe y la vaga nostalgia de Heinrich Heine.

Lessing, en su Laocoonte, no hará sino llevar a la orilla romántica este orden meridional de Johann Joachim Winckelmann. Pero es el propio Winckelmann quien, renunciando a su fe, convertido al catolicismo, postulará en Roma una perfección (el atletismo de Esparta, la virilidad de Grecia), que sólo habitó sus sueños. Tras muchos años de estudio en la umbría germana, Winckelmann se trasladó al gabinete del cardenal Albani. Y será allí donde conciba esta Historia del arte de la Antigüedad ponderada por Goethe. Sin Winckelmann, pues, no existirían Los dioses en el exilio de Heine ni los Paseos por Roma de Stendhal. En puridad, tampoco existiría el esteticismo de Walter Pater y el XIX británico. Quiere decirse que la Grecia de Winckelmann, como la Historia en Herder, tiene algo de nebuloso y arcano, de extravagancia erudita, de huida del presente. Poco más tarde, la tropa romántica dará un nombre a esta categoría imprecisa: lo exótico, lo lejano, lo inaprehensible. Antes, sin embargo, Winckelmann ha establecido un ámbito de claridad contra la oscuridad de su siglo. En el retrato de Mengs, maestro de la juventud neoclásica, asoma cierta ufanidad infantil sobre su sabiduría y sus logros. Quizá fuera ese carácter ufano, o las impertinencias del cuerpo, quienes le indujeron a enseñarle unas medallas antiguas a su asesino. Ocurrió en Trieste en junio de 1768. Winckelmann regresaba a su país, a la bruma teutona. Murió en un hostal, acuchillado, como César.

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