Las energías limpias

  • Lejos de los registros dramáticos de sus últimos libros, la nueva novela de Ian McEwan, 'Solar', es una despendolada comedia de costumbres con el trasfondo del cambio climático

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Solar. Ian McEwan. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2011. 360 páginas. 19,50 euros.

Hay quienes afirman que la soberbia Expiación es una novela tramposa, o que la más reciente Chesil Beach, un relato sencillamente perfecto, es una obra menor y sin demasiado interés. Son los mismos que señalan con fastidio el alejamiento de McEwan del tono rompedor de sus primeros títulos o abominan del carácter supuestamente comercial de sus últimas obras, sobre todo la primera de las citadas, que se convirtió en un best seller y fue llevada con éxito a la pantalla, aunque el filme, demasiado preciosista, no alcanzaba las cotas de la novela. No se entiende bien este recelo, incluso asumiendo que a los grandes narradores -y McEwan se cuenta entre los mejores de nuestra época- se les juzga por un patrón más exigente. Su nueva entrega supone un radical cambio de registro, del drama a la comedia, pero el británico ha vuelto a demostrar que es un maestro a la hora de describir caracteres complejos o de construir narraciones que funcionan como engranajes, donde ninguna pieza es gratuita.

El protagonista de Solar, Michael Beard, es un ejemplar de antihéroe verdaderamente lamentable. En otro tiempo fue un brillante científico que mereció el Nobel de Física por una fórmula que complementaba los trabajos de Einstein, pero con los años se ha convertido en un mero asesor de empresas o conferenciante de lujo que se limita a vivir de las rentas, sin otro propósito que mantener su elevado nivel de vida. Un caso típico de genio precoz que alcanzó el triunfo demasiado pronto y luego ha preferido dormirse en los laureles. En lo personal, Beard es un egoísta sin escrúpulos y un mentiroso compulsivo, que no tiene reparos en apropiarse del trabajo ajeno y engaña por sistema a las mujeres, vive en permanente estado de celo y come y bebe sin medida, entregado a los excesos. Un ser vulgar y mezquino, en definitiva, pero astuto e inteligente, cuya percepción por parte del lector -que de alguna manera acaba simpatizando con el personaje -en el fondo entrañable o digno de lástima- cambia a medida que avanza el relato.

La acción ocupa casi toda la década pasada, dividida en tres partes que se corresponden con los años 2000, 2005 y 2009. La plácida rutina de Beard se ve tambaleada cuando es abandonado por su quinta mujer, Patrice, que elige como amantes a un constructor embrutecido y a un prometedor discípulo de su marido. Han sido sus reiteradas infidelidades las que han provocado la ruptura, pero ahora que ella lo ha dejado la desea más que nunca. El enredo de primer orden en el que se ven envueltos culmina de forma azarosa con un crimen presunto y un insospechado botín que le dará a Beard la oportunidad de empezar de nuevo, reconvertido -con malas artes y de rebote, menos por convicción que por afán de protagonismo- en activo paladín de las energías limpias. Luego se nos cuentan sus relaciones con otras mujeres, siempre condicionadas por la búsqueda de la gratificación inmediata, y su aventura como promotor de una nueva planta de energía solar en Nuevo México, que aprovechará una revolucionaria técnica de fotosíntesis artificial.

Hay momentos de gran comicidad como el viaje del físico al Polo Norte, en compañía de una impagable expedición de intelectuales y artistas movilizados por el calentamiento global, o toda la disparatada parte final, cuando el pasado amenaza con dejar la impostura de Beard al descubierto. Pero hay también una mirada satírica que refleja las debilidades e incoherencias de la burocracia científica, los gestos interesados de los políticos, los oscuros manejos de las empresas, el desmedido poder de la prensa o el oportunismo de los militantes ecologistas. Nadie se salva de la quema, pues en última instancia el retrato de McEwan caricaturiza los modos de relación en la sociedad contemporánea y comportamientos muy extendidos como la pereza intelectual, la adicción a las mentiras, el deseo de figurar a toda costa, las relaciones académicas de vasallaje o la incapacidad de establecer lazos perdurables.

Podría parecer dudosa la elección de un asunto tan controvertido como el cambio climático, del que la comunidad de especialistas ha ofrecido por igual datos preocupantes y episodios chuscos, pero la intención de McEwan es de orden moral, no científico. Solar aborda un tema muy serio, pero no es una novela de tesis ni, menos aún, una obra pedagógica o de denuncia. Hasta cierto punto, el grotesco Beard simboliza la actitud ambigua de los poderes frente a la cuestión de la energía y sus consecuencias para el medio ambiente, pero sería excesivo otorgarle al personaje una cualidad representativa. Lo relevante es que para aludir a un problema real y por lo demás acuciante, el novelista no ha recurrido a discursos buenistas ni buscado héroes en lucha contra los poderes malignos del planeta. Las causas razonables, parece decirnos, no necesitan de un discurso edulcorado.

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