Un epicuro en el siglo del terror

  • Celebramos el centenario de Albert Camus, cuya obra merece ser (re)leída y (re)interpretada, más allá del absurdo, como reivindicación del derecho de los hombres a ser felices.

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La tumba de Jean-Paul Sartre, que contiene también los restos de Simone de Beauvoir, es la primera que sale al paso nada más entrar al cementerio parisino de Montparnasse. Se trata de una sepultura imponente, fría en su impecable solemnidad marmórea, aséptica como la mayoría de las que se reparten en el recinto, pero sin los besos que lucen estampados en rojo sobre la losa de Serge Gainsbourg, sin los retratos y ramilletes que coronan la de Julio Cortázar, sin la cruz que preside la de Ionesco, sin la nostálgica disposición discreta de la de Samuel Beckett. La tumba de Albert Camus se encuentra en Lourmarin, en el sur de Francia, no muy lejos de donde el escritor, que había comprado una casa allí, perdió la vida en un accidente de tráfico en 1960. Se trata de un monumento extremadamente sencillo: una ligera inscripción en piedra señala el lugar exacto del reposo, y todo alrededor es verde y floresta. Hasta en esto el tiempo le dio la razón a Camus contra el que fue primero su cómplice y después su crítico más descarnado: nada en torno a su tumba, al contrario de la de Sartre, evoca a la muerte. Y sí, todo lo que el argelino escribió en El hombre rebelde se ha impuesto a la adscripción soviética de Sartre: ninguna vida puede ser eliminada, cercenada ni deshumanizada en nombre de revolución alguna. Y si Sartre había apelado a la justicia, Camus no fue en este sentido menos rotundo: "Los revolucionarios están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre suele viajar en esos tranvías. Si eso es justicia, prefiero a mi madre". Todo esto ya lo sabemos. Es más, lo llevamos sabiendo desde hace al menos treinta años, el tiempo en que Camus, que murió con el Nobel pero no con el reconocimiento general de sus contemporáneos, ha sido objeto de los más diversos intentos de reparación, incluido el patético empeño de Sarkozy de trasladar su tumba al Panteón. La cuestión es: ¿podemos leer a Albert Camus de un modo nuevo en el siglo XXI, sin desdeñar todo lo que ya reconocemos en su obra?

Ante la pregunta "¿Cuál es la verdad?", el Jesús evangélico no ofrece respuesta a Pilatos. Pero el Calígula de Camus sí lo hace en la obra de 1944: "Que los hombres mueren y no son felices". A los incautos que leímos El extranjero en la adolescencia esta revelación nos cayó encima como un relámpago que habría de marcarnos a fuego hasta el presente. Y el Camus que el imaginario cultural acuñó después de su muerte fue precisamente ése: el de El extranjero. El profeta del absurdo. El existencialista empedernido, de sempiterno pitillo, con pinta de ligón fatal y pulmones acribillados por la tuberculosis, que venía a decir que ante la fatalidad no hay escapatoria posible. Si se dispara al árabe y el árabe cae, no hay manera humana de solucionarlo. Este Camus es, si se quiere, un estoico de manual, pero además ateo, con lo que se niega el consuelo; el mismo de La peste, el que prefiere asumir la inexistencia de Dios a enfrentarse a él por permitir el sufrimiento de los inocentes (lo que, por otra parte, y como le ocurriera a Nietzsche, permite entrever una profunda melancolía que no entierra del todo la esperanza de su evidencia). Pero ya al final de La peste acontece la mejor crítica posible a esta exégesis. Tampoco Calígula se conforma con la verdad: lucha por cambiarla. Su gran error, el error del revolucionario, consiste en hacerlo por encima de las vidas de quienes le rodean. Y lo cierto es que hubo otro Camus, el epicúreo, el amante de la vida, la luz y la libertad, que trabajó a fondo para matizar, anotar, completar e incluso contradecir al anterior. El mismo que afirmó que nadie debe leer El extranjero sin leer el otro libro que publicó en el mismo 1942: El mito de Sísifo.

Es evidente. Si Camus se hubiera limitado a pregonar el absurdo, nadie le recordaría hoy: el nihilismo, que Camus siempre aborreció, iba muy por delante, y para eso estaba Beckett. En El mito de Sísifo Camus escribe sobre el único problema filosófico importante: el suicidio. Pero no lo hace en términos de fatalidad. El autor recurre a la representación más terrible del absurdo para encender una luz. Las últimas líneas de este libro portentoso son bien conocidas: "La lucha para llegar a las cumbres basta llenar un corazón de hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz". Este nuevo Sísifo, que parece disfrutar del paisaje una vez que llega a la cima, por más que enseguida tenga que volver a emprender el camino, es el Camus mediterráneo, gozoso, pleno de sol y de mar. Si El extranjero es deudor de Faulkner, El mito de Sísifo, más íntimo, tiende a Epicuro. Pero cualquier nueva lectura de Camus debería ser comprensiva, aspirar al todo, en la medida en que el autor juega a responder a sus propios libros con otros nuevos. Así, el prodigioso ejercicio memorialístico que es El primer hombre, la obra en la que trabajaba cuando falleció y que se publicó inconclusa en 1994, constituye una respuesta de órdago al volumen de relatos El exilio y el reino (1957), hoy injustamente relegado a los confines del corpus camusiano: si en éste Argelia es el territorio agreste en el que el ciudadano francés se siente perdido, indefenso y a merced de la misma fatalidad, en El primer hombre Argelia es la infancia, el juego, el aprendizaje. La patria. La vida.

Albert Camus no reivindica la inviolabilidad del ser humano por encima del poder devastador de las revoluciones por una cuestión de justicia. Lo hace porque para él la verdad no es que los hombres no sean felices, sino que tienen derecho a serlo. Hoy, como acertadamente apuntó Jean Daniel, Camus reclamaría por igual este derecho, por ejemplo, entre israelíes y palestinos. La única conclusión posible respecto a El hombre rebelde es que éste es el que trabaja por su felicidad. Y posiblemente sea éste el Camus que este siglo, que también es el siglo del terror, como lo fue el que acogió al autor, necesita. Y sobre los dioses, tal vez la clave vuelva a encontrarse en Epicuro: mientras la lucha proverbial por la alegría continúa, lo mejor será no preocuparse por lo que ellos piensen de nosotros.

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