El hombre y lo sublime

  • Almed publica la apasionante biografía de Richard Burton, el formidable aventurero británico del Ochocientos cuyas andanzas fascinaron a Borges.

EL DIABLO MANDA. LA VIDA DE SIR RICHARD BURTON. Fawn M. Brodie. Trad. Clara Morán. Almed. Granada, 2015. 490 páginas. 29 euros.

Borges, en Los traductores de las 1001 noches, habla de sir Richard Burton como del "capitán inglés que tenía la pasión de la geografía y de las innumerables maneras de ser un hombre que conocen los hombres". De esta vocación plural del capitán Burton, Borges extraerá un juicio adverso sobre su oficio de traductor, ponderando la contención de Galland y de Lane, en disfavor de la escrupulosa literalidad, teñida de dramatismo, con que Burton acometió su colosal empresa. Según Borges, si tanto Galland como Eduard Lane omitieron las escenas eróticas en sus traducciones de las 1001 noches, lo hicieron en honor del buen gusto y de la fantasía. Si Richard Burton las incluyó, fue para alimentar la costumbre erudita y desdeñosa del hombre cultivado de la metrópoli. Sin embargo, esta apreciación del bonaerense no es del todo exacta. Lo que en Galland es fruto de la gracia dieciochesca, lo que en Lane es una honrada y minuciosa contención victoriana, en la obra oriental de Richard Burton asistimos a la expresión de una reciente categoría estética. Sin dicha categoría -lo sublime- no es posible elucidar adecuadamente tanto la literatura como la vida de este formidable aventurero del Ochocientos.

Fawn M. Brodie, que escribe esta exhaustiva biografía a finales de los 60, aborda la totalidad del ciclo artístico y vital del capitán Burton subrayando la estrecha relación de dos asuntos en apariencia dispares: el gusto de Burton por la aventura, por lo demoníaco, por lo escabroso, y la aparente castidad de su matrimonio con Isabel Arundell. Es decir, Brodie acomete la compleja personalidad de Burton desde el psicoanálisis, llegando a resultados brillantes, a observaciones de notable perspicacia, cuyo alcance y verosimilitud no están exentas de ciertas ingenuidades, propias de aquella hora. Aún así, la profesora Brodie señala la dirección adecuada, cuando postula a Burton como una suerte de precursor de Sigmund Freud y su ignorado piélago de lo reprimido y lo inconsciente. Por supuesto, Burton nunca pretendió añadir a sus honores de lingüista, de antropólogo, de explorador, de orientalista, el árido membrete de psicólogo. Sin embargo, tanto Burton como Freud deben su obra a un nuevo gusto por lo abisal y lo terrible, por la nueva categoría de lo sublime, que ha tenido su origen en el orbe anglosajón, en los ensayos de Addison y Burke, y que alcanzará el continente con las apostillas y considerandos de Immanuel Kant.

Un abismo es sublime porque añade a su enormidad el escalofrío del vértigo; un desierto es sublime porque a su infinitud, a su hemosura, se suman la soledad y la muerte; una femme fatale es sublime porque su belleza viene prestigiada -como la Salomé de Wilde- por una mácula sangrienta. Lo sublime es un tipo de belleza en la que el terror se hermana con lo grandioso y lo infrecuente. Esa misma belleza, tan novedosa como ambigua, es la que el Occidente viajero hallará en Oriente. En buena medida, el Oriente de los orientalistas como Burton es la encarnación geográfica y vital de esta nueva tipología. Una tipología, por otra parte, donde lo pintoresco y lo malvado, la sexualidad y la pureza, se ofrecen al lector a través de una figura también sublime: el aventurero, el sabio, el beau tenebreux, personajes todos que encarnó fidedignamente Richard Burton, y que añaden verosimilitud a la naturaleza anómala, a la ambición desmesurada, indiscernible al cabo, de su vida y su obra.

Todas estas apreciaciones, de fuerte coherencia interna, vienen explicadas pormenorizadamente en El diablo manda de Fawn M. Brodie. A lo cual debe añadirse una oportuna vindicación de Isabel Arundell, la mujer de Burton; una vindicación que es a un tiempo un acto de justicia y una inculpación expresa. A lo largo de estas páginas, la profesora Brodie elogia los méritos literarios y el arrojo infrecuente de la esposa de Burton, sin olvidar sus actos menos elogiables. Muerto Burton, su viuda purgó ampliamente sus diarios y dio al fuego su traducción de The Scented Garden, donde una franca sexualidad contrariaba el estricto catolicismo de su viuda. De este modo, el viejo explorador, el formidable erudito, el traductor inhóspito y controvertido, revertía, por mano de su mujer, en venerable efigie victoriana.

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