Un linaje de sombras

  • Nooteboom reflexiona sobre la finitud humana en un conjunto de relatos sobre la muerte y la memoria

Los zorros vienen de noche. Cees Nooteboom. Siruela. Madrid. 138 páginas. 16,95 euros.

No es frecuente encontrase libros como éste. Acaso la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, el Pedro Páramo de Rulfo, los Siete sermones de Jung, o ya muy atrás en el tiempo, la gran literatura admonitoria que va de la Divina comedia del Dante a los Sueños de Quevedo y las Visiones y visitas de Torres Villarroel, Gran Piscator de Salamanca. Quiere decirse que Los zorros vienen de noche es un libro sobre muertos. Muertos que acompañan a los vivos, que los interpelan o quizá simplemente los olvidan. ¿A qué, sin embargo, estas páginas de un holandés errante como Nootebom, cuyos libros de viaje gozan de una amplia y merecida fama? No parece exacto acudir a la Ética protestante de Weber; y tampoco a un improbable estoicismo. En Los zorros vienen de noche, como antes en sus Tumbas, lo que figura es una silente celebración del mundo: del mundo como anomalía y también como vertiginosa ruina. Sobre ese despojo se alza el hombre, si por hombre entendemos a una pálida llama devorada por el viento.

Los lectores de Nooteboom recordaran El desvío a Santiago, El enigma de la luz, El Buda en la empalizada y otros títulos de feliz memoria. En todos ellos, sobre el fondo cultural y el ánimo viajero, prima esta comprensión de lo humano como milagro irrelevante. Aun así, y añadido a lo dicho más arriba, la escritura de Nooteboom, su cronismo erudito, nos revela una evidencia fermentada en el XX. Si el XVIII imaginó la paridad entre hombres, si el XIX se abismó en la singularidad de las razas y las naciones, el XX de Eliade y Lévi-Strauss especuló con el estudio y la comprensión de cualquier cultura, por extraña y remota que resultara a Occidente. En Nooteboom, sin embargo, esto ya no es así. Su literatura parte de una esencial extrañeza, que no es sólo extrañeza del mundo, pero también extrañeza de una cultura a otra, de un país al siguiente, de un hombre a su vecino, separado por los misteriosos velos del idioma, de la costumbre, de la memoria y el paisaje. Incluso Lawrence de Arabia, cegado por el idealismo y la paleografía, apreció esta dificultad insalvable. En Los siete pilares de la sabiduría, el caudillo británico se confiesa un falsario, un impostor al servicio de Su Majestad, incapaz de penetrar en el alma de las tribus errantes que pastoreó con éxito en la Gran Guerra, hasta su entrada triunfal en Damasco. El resto de la literatura viajera, desde El corazón de las tinieblas de Conrad, no parece sino insistir en esta pérdida, en esta oscuridad, en una sombra originaria donde lo humano se diluye o se revela.

Volviendo a los muertos que pueblan estas páginas, lo que Nooteboom postula como tesis central, como presupuesto último de sus relatos, no es más que una púdica conciencia de la finitud humana. Una finitud, en cualquier caso, que no llega con la extinción del cuerpo amado y de las voces que un día poblaron nuestra vida. Un hombre no desaparece hasta que no se extingue su memoria. Y ése es, precisamente, el tenor y el fundamento de estas páginas. La muchacha que aparece en una vieja foto junto al Palacio Ducal de Venecia; el turista consumido por el rayo; el diplomático holandés que aguardó largamente la muerte en su retiro italiano; la muchacha que atravesó la vida de unos jóvenes y desapareció para siempre en un incendio. Todos estos fantasmas son los que pueblan la memoria, los que conforman la biografía del narrador o narradores de Los zorros vienen de noche. Cuando ellos desaparezcan, se habrá dado al olvido una parte imprescindible y trivial de la aventura humana. Vuelvo a repetir que Nooteboom es plenamente consciente de esta precariedad biológica. Una precariedad, por otra parte, donde el hombre se forja como breve fantasmagoría y como hecho insólito. Al cabo, no somos más que la suma de viejos rostros amados y antiguas voces -un linaje de sombras-, donde el amor aún dice su misterio.

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