Panorama

La literatura como modo de vida

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Digan lo que digan sus detractores, el viejo Bloom ha aportado mucho a los espesos debates que rodean a la crítica contemporánea. Es cierto que sus desahogos lo retratan como a un autor soberbio, anglocéntrico, caprichoso y partidario, pero nadie puede negar la fuerza y la brillantez de un discurso crítico que remite -por su voluntad abarcadora y porque está claro que los ha leído a todos con provecho- a sus grandes predecesores en el ámbito de la literatura en lengua inglesa, autores como su venerado doctor Johnson, Emerson o WalterPater, que son algunos de los que él mismo afirma que, junto a Hazlitt o Nietzsche, más le han influido. Más allá de su desinterés por el rumbo de la crítica académica, de la ya cansina polémica a propósito del canon occidental o de sus trifulcas con los partidarios de los estudios culturales, al obstinado profesor de Yale hay que agradecerle su defensa de la literatura frente a las interferencias de otras disciplinas que en los últimos tiempos han amenazado con desnaturalizar el sentido mismo de la tarea de leer, evaluar y relacionar las obras, en la que Bloom resume lo esencial de un oficio al que ha dedicado largas solitarias décadas.

"Para la crítica artística necesitamos personas que nos muestren el sinsentido de buscar ideas en la obra de arte", le escribía Tolstói a su amigo Nikolái Strájov, y no puede sorprender que Bloom haya recurrido a esas palabras para encabezar su último libro o "canto del cisne", Anatomía de la influencia (Taurus). Desde el propio título, que homenajea a Robert Burton, Bloom retoma un concepto clave de su obra al que dedicó uno de sus primeros y más difundidos ensayos críticos, La ansiedad (o angustia) de la influencia (1973), y de nuevo se acoge a la sombra benéfica de sus dos gigantes de cabecera: Shakespeare, "el Fundador", y Walt Whitman. "La crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es en primer lugar literaria, es decir, personal y apasionada. No es filosofía, política ni religión institucionalizada". Hay mucho, sin embargo, de religioso en su concepción sacralizada de la literatura, a la manera romántica que llega hasta el esteticismo de su también admirado Wilde. La aparición de esta Anatomía, no en vano subtitulada La literatura como modo de vida, coincide en España con la del anterior Novelas y novelistas (Páginas de Espuma), con el que se completa una serie -formada además por Cuentos y cuentistas (2009) y Ensayistas y profetas (2010), publicados por la misma editorial- donde Bloom reunió sus artículos, semblanzas y reseñas críticas a propósito de los autores predilectos. No es necesario compartir todos sus gustos, manías, fidelidades o animadversiones para apreciar en lo que vale su raro magisterio.

"La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Hispanoamérica". Lo afirma el colombiano Darío Jaramillo Agudelo al frente de su Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara), que prueba a un tiempo la creciente demanda de historias reales y la indudable vitalidad del género en el continente. Herederos de Carlos Monsiváis, García Márquez, Tomás Eloy Martínez o Elena Poniatowska, clásicos reconocidos y celebrados dentro y fuera de Latinoamérica, los autores representados en la antología -entre los que figuran nombres conocidos como Juan Villoro o Martín Caparrós, pero también muchos otros menos o apenas divulgados entre nosotros- practican lo que Darío Jaramillo llama "la crónica como arte" o el arte de la crónica, en páginas vivísimas que desmienten el remoto e irónico vaticinio de Gutiérrez Nájera: "La crónica, señores y señoritas, es, en los días que corren, un anacronismo". Un libro repleto de historias desgarradas, chocantes, asombrosas o conmovedoras, que ofrece además de buena escritura un excelente reflejo de la vasta y multiforme realidad latinoamericana.

Miembro del consejo editorial de Letras libres y biógrafo de fray Servando Teresa de Mier -el cura apóstol del independentismo novohispano-, autor de una Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989) y de un Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005), Christopher Domínguez Michael es uno de los críticos literarios más prestigiosos de su país y un experto conocedor de la literatura mexicana contemporánea, pero los ensayos recogidos en El XIX en el XXI (Sexto Piso) vuelven la mirada a la Europa del siglo antepasado. Escritos a lo largo de dos décadas y parcialmente reunidos en volúmenes como La utopía de la hospitalidad (1993) o Toda suerte de ensayos paganos (2001), los textos se presentan agrupados en cuatro secciones referidas a Románticos, Reformadores, Decadentes y Casi contemporáneos, pero del título general se desprende que esto último puede aplicarse a todos ellos. Chateaubriand -cuyo Atala, por cierto, tradujo fray Servando- o Huysmans; De Quincey o Mary Shelley, Tolstói o Chéjov, Galdós o Valera -más alguna incursión en Melville o Henry James. El autor muestra una admirable familiaridad con las literaturas europeas, pero también el don de la síntesis reveladora y, no menos importante, grandes dosis de amenidad y entusiasmo.

Es muy de agradecer, en los duros tiempos que corren, que una pequeña editorial de provincias -aunque en nuestro mundo globalizado, para bien o para mal, esto último ya no quiere decir nada- mantenga una intensa actividad que se traduce en decenas de títulos valiosos de los que no tienen, por desgracia, gran visibilidad en los escaparates, aunque hayan ampliado gracias a internet su radio de influencia. De ello hace tiempo que dan ejemplo editores como Abelardo Linares, que publica en Renacimiento un número sorprendentemente alto de nuevos y viejos títulos todos los años, pero a los veteranos se han sumado sellos jóvenes como -para no salirnos del ámbito andaluz ni tampoco de la edición literaria- La isla de Siltolá, que dirige el gaditano Javier Sánchez Menéndez. En una de sus colecciones, bautizada con el tolkieniano o lewisiano título de Inklinks, han dado a conocer sus últimos libros los poetas José María Jurado y José Luis García Martín, a los que se añaden ahora los Nuevos ensayos en libertad de Antonio Colinas, autor de quien Siltolá ya había publicado el memorable poema La tumba negra acompañado de un estudio crítico de Francisco Aroca. Sobre el olivo o Pompeya o poetas como Leopardi, Rilke, JRJ y Pablo García Baena hablan algunos de los elegantes ensayos recogidos en el volumen, que contiene una hermosa y aleccionadora Carta a un joven lector de poesía.

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