El monstruo sagrado

  • 'Mi Gaudí espectral'. Rafael Argullol. Acantilado. Barcelona, 2015. 80 páginas. 9 euros.

En puridad, Mi Gaudí espectral no es un relato. Si bien acude a una larga progenie literaria que incluye a Cicerón, a Dante, a Shakespeare, a Tirso, a Quevedo, al Torres Villarroel de las Visiones y visitas..., el espectro tutelar que recorre estas páginas no es sino el ardid dramático con que se abre y se formula un breve y penetrante ensayo. Un ensayo biográfico, de fuerte matiz cultural, cuyo protagonista no es tanto Gaudí, su extraña y menesterosa efigie, cuanto las magnitudes en que su genio se despliega: la ciudad, la arquitectura, el problemático ámbito de lo sagrado.

Quiere decirse que el espectro de Gaudí es, en primer término, una sombra testimonial, cuya presencia, cuyo mudo asentimiento a las especulaciones del narrador, permiten la restitución de una compleja trama: la trama histórica, social y cultural desde donde la Sagrada Familia emerge y es posible. En este sentido, el componente autobiográfico de Mi Gaudí espectral no puede conceptuarse como secundario. Es la propia Barcelona de Argullol, y la memoria que el autor tiene de ella, la que va coagulándose alrededor de la arquitectura de Gaudí, como una suave retícula civil en torno a la figura magmática, pinacular, del templo. Una arquitectura, por otra parte, sustanciada aquí en el proyecto inconcluso, cuya incomprensión por parte de los barceloneses -y su época en general- actúa como el acicate último del libro, al preguntarse Argullol tanto por el severo misticismo de Gaudí, por el drama cósmico de la Creación representado en la Sagrada Familia, como por las razones de la burguesía condal para orillar al arquitecto -el arquitecto de Dios, le llamaron-, entre la conmiseración, el estupor y un respeto ambiguo e inconfeso.

El Gaudí espectral que aquí se representa lo es por tres motivos: por el espectro descomunal, denso, matérico, de su arquitectura, de imposible comunión con la ciudad circundante; por el propio recogimiento del artista, convertido en eremita hosco y mendicante, y por un espectro más vasto e inasible, que por entonces hacía su tránsito a otra orilla: el espectro de la religión, de la fe, de un concepto teológico del hombre, que a principios del XX comenzaba a disolverse, como en un vórtice nocivo, en la tempestuosa fascinación de las masas.

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