La música del amar

  • Conget publica 'La bella cubana', una obra que va dejando un poso de alegre tristeza, o de triste alegría, y que es probablemente su mejor novela.

La bella cubana. José María Conget. Pre-Textos. Valencia, 2015. 204 páginas. 20 euros.

Rubén Salas es un hombre maduro, que se dedica en la Nueva York anterior a la caída de las Torres Gemelas a ser eso tan difuso, un gestor cultural en la capital del mundo. Un señor que lo mismo debe buscar el espacio adecuado para la conferencia de un escritor plomizo representante de las viejas letras castellanas que organizar la visita de uno de nuestros muchos presidentes o consejeros autonómicos, seguidos de su numeroso séquito, tan rumbosos con el dinero público en los años previos a las vacas flacas. Rubén Salas fue uno de tantos escritores prometedores, convencidos de su genialidad, deseosos de comerse el mundo, a quien la vida fue dejando en eso, en promesa, y cuyo arte, si existió, no llegó a fraguar. Un escritor que conoció el amor y lo dejó ir, o lo sacrificó tal vez pensando en una obra literaria que, paradoja, se seca cuando el amor vuela, incapaz de dar voz al dolor que lo amarga. Un hombre que visita a su padre moribundo, con la cabeza medio ida, internado en una residencia próxima, con quien mantiene unos monólogos exteriores al más puro estilo Conget, un derroche de memoria, humor, historias acaecidas en la lejana Pamplona donde vivieron padres e hijo, un contarse uno mientras va contando.

Gustavo Sánchez y Lara Soria forman una joven pareja española que ha logrado un permiso de estancia en USA. Él es un prometedor escritor, con un libro recién editado por la taberna sevillana La Carbonería, que aún cree que se va a comer el mundo; ella, una bella joven tocada por el ángel del eterno femenino que a todos los hombres encandila y parece recordarles a alguien. Ella es quien ha conseguido el permiso, quien anima a su joven novio a casarse para vivir la experiencia americana. El encargado de los asuntos culturales, por entonces, del Instituto Cervantes de Nueva York, un tal José María Conget, a quien han acudido en busca de algún trabajo o recomendación, los remite a Rubén Salas. Éste se prenda, como todos, de la joven Lara, que no es sólo una bella presencia sino una eficaz trabajadora, como comprobará, pues le consigue trabajo. Y también a su joven marido, como profesor de español en un colegio de Nueva Jersey. Allí el joven que se cree un genio va cayendo en las redes un tanto sádicas de su directora, una argentina fatale con antiguas heridas políticas que le va descubriendo mundos que su querida Lara no conoce y que, ay, lo van alejando del amor que sentía por ella.

En torno a estos tres personajes se teje la nueva novela de Conget, tres voces que, con sus respectivas primeras personas, nos van contando sus historias. La voz predominante la lleva Salas, en sus visitas a su moribundo padre, en sus sucesivos encuentros con la bella Lara, que parecen incoar la expectativa amorosa, o el simple affaire, sabiamente dejado por el autor en eso: expectativa, no consumación (Lara es de esas mujeres que tienen amores, no amantes). Esta voz no opaca las voces de los jóvenes Gustavo y Lara, que a su vez van contando sus peripecias, en monólogos sucesivos. El estilo trabajadamente coloquial de Conget encauza las tres voces, tan distintas, sirviéndose entre ellas como contrapunto, así como las breves intervenciones de los reales José María Conget y su esposa, Maribel Cruzado, "amigos" de Salas, y de su superior en la cosa diplomática, el desopilante Don Fátimo Fabiolo, sirven como contrapunto narrativo para cerrar una trama bien hilvanada, y que guarda alguna sorpresa.

Contrapuntos. La bella cubana hace honor a la pieza de la música cubana de la que toma el título y rebosa musicalidad, no sólo en la cuidada y exacta prosa de Conget sino en una construcción donde las sucesivas intervenciones de sus personajes se equilibran. Y, como en la bonita melodía de José White, tan versionada, la prosa sabe transmitir a la vez la alegría de las historias amorosas y su tristeza, cuando acaban o van desgastándose, contar la constante torpeza del hombre para tropezar en la misma piedra, generación tras generación, y no saber estar a la altura del amor cuando, a veces, aparece (como sí suelen estarlo las Laras). Hay páginas memorables sobre el amor, el dolor, la muerte, en esta novela (pocos autores vivos pueden firmar hoy día las veinte que siguen a la 123).

Conget ha escrito probablemente su mejor novela. Quizá su mejor libro. Una novela honda, llena de su celebrado humor, de una musicalidad que impregna su prosa y su argumento, en el sentido que el personaje Salas da a la música, como vía de expresión casi única del dolor (también del arte, cuando merece este nombre). Un libro que va dejando un poso de alegre tristeza, de triste alegría, con Nueva York al fondo. Que acompaña después, mucho después de haber doblado su última página. Si la crítica tiene aún alguna misión, es no dejar escapar libros como éste. Avisar a los lectores. Que lo lean y luego lo cuenten, lo canten.

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